viernes, 15 de diciembre de 2017

La traducción en Chile y sus traductores (V)

Quinta y última entrega de esta breve encuesta con traductores chilenos, a propósito de lo que traducen y la situación de la traducción en Chile. Se cierra con Enrique Winter (1982), poeta y traductor, magíster en escritura creativa por la Universidad de Nueva York y dirige el diplomado del área en la Universidad Católica de Valparaíso. Fue editor de Ediciones del Temple y abogado. Publicó los libros de poesía Atar las naves (Del Temple, Santiago, 2003; Manual, Rancagua y Valparaíso, 2009), Rascacielos (anticipo) (Ripio, Santiago, 2006), Rascacielos (Proyecto Literal, Ciudad de México, 2008; Funesiana, Buenos Aires, 2011), Skyscrapers (trad. Mary Ellen Stitt; Díaz Grey editores, Nueva York, 2013), Guía de despacho (Cuarto Propio, Santiago, 2010; Gigante, Paraná, 2014; Atarraya Cartonera, San Juan de Puerto Rico, 2015; Libros del Pez Espiral, Santiago, 2015), Primer movimiento (Sudaquia, Nueva York, 2013), Código civil (Ruido Blanco, Quito, 2014), Lengua de señas(Alquimia, Santiago, 2015), Sign Tongue (trad. David McLoghlin, Goodmorning Menagerie, Washington, 2015; Bokeh, Leiden, 2016), De ruidos para construcción y orquesta (Zindo & Gafuri, Buenos Aires, 2016) y Oben das Meer Unten der Himmel (trad. Sarah Otter, Johanna Schwering y Léonce Lupette, Luxbooks, Fráncfort, 2016). En narrativa publicó Las bolsas de basura (Alquimia, Santiago, 2015). Editó poemas musicalizados junto a Gonzalo Planet bajo el título Agua en polvo (Cápsula Discos, Santiago, 2012). Entre sus traducciones se cuentan Decepciones de Philip Larkin, junto con Bruno Cuneo y Cristóbal Joannon (Universidad de Valparaíso, 2013), Blanco inmóvil de Charles Bernstein (Fondo de Animal, Guayaquil, 2013; Kriller71, Barcelona, 2014), Abuso de sustancias de Charles Bernstein (Alquimia, 2014) y Grandes éxitos de Charles Bernstein (Mantis, Guadalajara, 2014).

–¿Desde cuándo y por qué traducís?
–Desde la Navidad de 2004, cuando pedí de regalo una antología de poetas de habla inglesa en la que varias versiones me parecieron pobres. –De pura rabia me puse a corregirlas y con “This Be the Verse” y “High Windows” comencé ese verano, que estuve de intercambio en Berkeley, la traducción de Philip Larkin publicada nueve años después.

–¿Cómo elegís a los autores que vas a traducir?
–Suelo elegir poesía que haya cambiado las condiciones expresivas del género, a través de innovaciones formales que puedan aportar a nuestra tradición. Disfruto encontrar posibilidades para textos cuya primera función en el original no era necesariamente el sentido, como en el caso de Charles Bernstein. Aun así, debe apasionarme el universo creado por el autor. Traduzco si me encanta el original y, a la vez, siento que es indispensable que exista en castellano, salvo las sanas excepciones cuando algún amigo me pide un favor. Al final todo se mezcla, como en la muestra de poetas birmanos que publiqué hace unos meses. Este año fue particular, porque traduje sólo libros por encargo. De la Universidad de Valparaíso recurrieron a mí para que coordinara la primera traducción chilena de Emily Dickinson, que afinamos estos días con Verónica Zondek y Rodrigo Olavarría, mientras que de Libros de Mentira me preguntaron si estaba dispuesto a traducir a Gilbert Keith Chesterton, lo que acepté gustoso. Me alegró que se tratara de clásicos cuyos procedimientos he estudiado, sin que en castellano me pareciera que se les hubiese hecho suficiente justicia. Es increíble que la madre de la poesía estadounidense no tenga una sola traducción que le respete las mayúsculas, los guiones y el sentido, prestándole alguna atención a la tonada métrica y rimada que vuelve árida y graciosa a la vez su densidad conceptual y espiritual. Presentaremos la antología a comienzos del próximo año. Los cuentos del británico los lanzaremos el sábado que viene en Valparaíso. Tres paradojas se llama el libro.

–¿Qué relación hay entre lo que traducís y tu propia tarea como poeta?
–Cada vez que traduzco siento que esta es la forma más profunda de leer, como si no hubiera leído de veras la literatura que no traduje. Es mi escritura la que expone al autor traducido en castellano y mis propios poemas son, por así decirlo, traducciones de mi experiencia en el mundo. Es inevitable, y ni siquiera intento oponerme, que aquello que traduzco impregne lo que escribo. Es un aprendizaje constante de formas distintas de decir que enriquecen mi caja de herramientas, sobre todo en un aspecto musical, el primero que suele abandonar la traducción y que para mí es el centro. Trato de pensar como los autores que traduzco, de ser ellos por un rato, y para entrar en ese trance es que trabajo sus textos por días completos y seguidos. Luego puedo pasar un año sin traducir un verso.

–¿Cuál es el panorama actual de la traducción literaria en Chile?
–Uno aún precario, de nicho, y también el mejor en décadas. Hubo prácticamente un vacío de treinta años entre generaciones de traductores y hoy nos encontramos en proyectos comunes que coinciden con un incipiente interés de los lectores hacia otras tradiciones. Hay cada vez más escritores que dominan idiomas, mayoritariamente el inglés, y menos prejuicios sobre cómo puede ser la literatura o quién está autorizado para hacerla. Autores más jóvenes suben desde cualquier provincia y de inmediato a internet sus versiones de poemas que van descubriendo.

––¿En qué medida la industria editorial chilena se hace cargo de los traductores chilenos?
–La respuesta hace unos años habría sido un rotundo “en ninguna medida”, pero la sola mención de las dos editoriales que pagaron los encargos de este año o de Overol, que lo hará en 2018 para mi traducción de Susan Howe —una poeta extraordinaria, cuyo trabajo me pidieron al leer una muestra que hice para Eterna Cadencia, da cuenta de su responsabilidad activa en el crecimiento de la escena. Esto se debe, en parte, a los fondos para traducción del Consejo del Libro y la Lectura, que es estatal y también financia traducciones de autores chilenos en el extranjero. Por concurso apoyaron Puste Spacie, la antología de mi poesía en polaco, por ejemplo. Y también traducimos críticamente estéticas actuales en revistas sin recursos, dentro de un espíritu colaborativo que renueva lo que puede leerse en el país.

jueves, 14 de diciembre de 2017

La traducción en Chile y sus traductores (IV)

Cuarta entrada del breve cuestionario respondido por varios traductores trasandinos. Hoy es el turno de Armando Roa (1966). Poeta, ensayista, traductor y antologadorha recibido el Premio de la Crítica (2001) y el premio Pablo Neruda (2002). A la fecha ha publicado Georg Trakl. Homenaje desde Chile. (Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2004), Elogio de la Melancolía (edición definitiva) (Santiago de Chile, Beuvedrais Editores, 2008), Cántico del Sol. Antología Poética de Ezra Pound. (edición definitiva)  (Santiago de Chile, Beuvedrais Editores, 2008), Robert Browning. Poesía Escogida. (edición definitiva). (Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2008), El Navegante. (edición definitiva) (Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2009),Ezra Pound. Homenaje desde Chile (en coautoría con Armando Uribe) (Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2010), El Cantar del Hierro: Beowulf y otras Lecturas Anglosajonas(Santiago de Chile, RIL, 2010), Ejercicios de Filiación (poesía completa 1998-2008, en edición revisada) (Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 2010), Covers. 36 poetas en lengua inglesa. (Santiago de Chile, Uqbar Editores, 2010), La Invención de Chile (en coautoría con Jorge Teillier) (Santiago de Chile, Fondo de Cultura Económica 2011), Tarde o temprano. Antología poética de Thomas Hardy. (Santiago de Chile, Pfeiffer Editores, 2012)Shakesperean Blues. Poemas. (Santiago de Chile, Uqbar editores. 2012).

En el principio eran los Beatles

–¿Desde cuándo y por qué traducís?
Traduzco desde la tardía adolescencia, cuando descubrí la música de los Beatles y me obsesioné por ellos. Sentía la necesidad de entender aquello que cantaban en inglés ya que por aquel entonces no había demasiados cancioneros disponibles con traducciones.

¿Cómo elegís a los autores que vas a traducir?
En la elección de los autores que he traducido el criterio ha sido siempre el entusiasmo, la simpatía  profunda con el universo afectivo y literario de los autores.

¿Qué relación hay entre lo que traducís y tu propia tarea como poeta?
Muchísima relación; para mí son dos ejercicios  indistinguibles, ya que la poesía es al final una sola, un mosaico polifónico en el que dialogan múltiples conciencias.

¿Cuál es el panorama actual de la traducción literaria en Chile? ¿En qué medida la industria editorial chilena se hace cargo de los traductores chilenos?
En los últimos años se aprecia un crecimiento de la labor traductoril, con trabajos destacados de autores de diversas generaciones, especialmente en  poesía y ensayo; tengo la impresión, además, que las editoriales están apostando más en esta línea; sí falta mucho a nivel de política cultural, ampliando la cantidad de fondos concursables y becas destinadas a la traducción.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

La traducción en Chile y sus traductores (III)

Tercera entrada del breve cuestionario respondido por varios traductores trasandinos. Hoy es el turno de Verónica Zondek (1953). Poeta, traductora y gestora cultural, se licenció en Historia del Arte en la Universidad Hebrea de Jerusalén.  Forma parte del Comité Editorial de LOM Ediciones y de algunas revistas en Chile y el extranjero. Es Asesora Externa del Dpto. de Coordinación de Extensión de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Austral de Chile de Valdivia.  Dirige y coordina talleres de lectura en la Corporación Municipal de Valdivia y en Centros Culturales. Ha participado en numerosos encuentros literarios, tanto en el país como en el extranjero y ha sido organizadora o co-organizadora de muchos.  Ha formado parte del jurado de concursos y ha obtenido dos veces la beca que otorga el Fondo del Libro para escribir y el 2007 la beca Fondart. El 2012 recibe el fondo CONARTE de la Municipalidad de Valdivia. Ha sido publicada en innumerables antologías y revistas tanto chilenas como extranjeras. Sus libros publicados a la fecha son: Entrecielo y entrelinea (Santiago de Chile, Ediciones Minga, 1984), La sombra tras el muro (Santiago de Chile, Ediciones Manieristas, 1985), El hueso de la memoria (Buenos Aires, Editorial Ultimo Reino, 1988 y 1995, y Santiago de Chile, Editorial Cuneta, 2011), Vagido (Museo Rayo, Roldadillo, Colombia, Ediciones Embalaje, 1990 y Buenos Aires, Editorial Ultimo Reino, 1991), Peregrina de mí (Santiago de Chile, Editorial Cuarto Propio, 1993), Membranza (Ottawa, Editorial  Cordillera/ Santiago de Chile, Editorial Cuarto Propio, 1995), Entre lagartas (Santiago de Chile, LOM Ediciones, 1999),  El libro de los valles (Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2003), Por gracia de hombre (Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2008), La raíz del viento (fotografía de Abel Lagos, Valdivia, Editorial Kultrún, 2008), Memoria sensible de la sinagoga de calle Serrano (fotografía de Pilar Cruz; Santiago, Chile, Ograma Impresores, 2009). La ciudad que habito (Valdivia, Editorial Kultrún, Valdivia, Chile, 2012). También ha realizado la muestra de poesía chilena Cartas al azar (en colaboración con María Teresa Adriasola; Santiago de Chile, Ediciones Ergo Sum, 1989). Sus trabajos ensayísticos e investigaciones  incluyen: El ojo atravesado - correspondencia entre Gabriela Mistral y los escritores uruguayos (epistolario), edición, selección, notas y comentarios de Verónica Zondek y Silvia Guerra (Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2005) y El ojo atravesado II - Gabriela Mistral entre los uruguayos,  edición, selección, notas y comentarios Verónica Zondek y Silvia Guerra (Santiago de Chile, LOM Ediciones, 2007).  Ha traducido a Derek Walcott, June Jordan,Gottfired Benn, Paula Meehan, Anne Sexton y Anne Carson, entre otros muchos poetas.

Una batalla continua y difícil

–¿Desde cuándo y por qué traducís?
Traduzco desde hace mucho, aunque cuando comencé no pensé que esto sería una de mis pasiones. Comencé en Jerusalén el año del nacimiento de mi primer hijo (1978), traduciendo lo que cayera en mis manos porque eso me permitía combinar la maternidad con el trabajo y me daba una cierta autonomía. Hoy, cuando traduzco, sólo traduzco poesía o lenguaje poético. Y, además, me doy el lujo de traducir sólo aquello que me gusta, me enreda, me obsesiona de alguna manera. Eso deriva necesariamente en que traduzco poesía que quiero leer con mayor profundidad y detención ya sea porque me intriga o porque las traducciones que encuentro no me satisfacen y pienso que es necesario un puente más para que otros puedan acceder.

¿Cómo elegís a los autores que vas a traducir?
Elijo lo que me embruja de algún modo.  Eso que al echarle una primera leída me atrapa o me sorprende o me provoca.  Y entonces pienso que a esos autores deberían leerlos otros que no tienen acceso como yo a la lengua original.  Y, me embarco, previa búsqueda de un modo de financiarlo. Soy muy demorona y obsesiva por lo que siempre necesito tiempo.

¿Qué relación hay entre lo que traducís y tu propia tarea como poeta?
Mucha. La traducción es una lectura atentísima y por lo mismo hay una relación de compromiso y mutuo traspaso tanto del lenguaje como del sentido entre la obra traducida y la propia escritura. No creo que sea posible traducir obviando lo que uno hace con lo propio.  Eso forma parte de una y por lo mismo, desde ahí se dispara.  En todo caso mi intención siempre es la de traspasar al castellano al menos el sentido y el ritmo (aunque sea otro) del poema original.  Pero cada traducción es una lectura de ese poema y no puede abarcarla todas.  Por eso las traducciones se complementan y no son perfectas.  Bueno, somos humanos y nada de perfectos.

¿Cuál es el panorama actual de la traducción literaria en Chile?
Me parece que en la actualidad hay cada vez más escritores que se abocan a la traducción.  Pienso que esto se debe por un lado a que hay hoy un mayor manejo de lenguas distintas al castellano a la vez que una apertura a literaturas distintas a la nacional más extensa que otrora.  Por otro lado hay también fondos concursables para financiar al traductor, pero eso es algo que sólo lleva un par de años funcionando por lo que no creo que sea la causa del aumento de interés en traducir, pero sí un apoyo.

¿En qué medida la industria editorial chilena se hace cargo de los traductores chilenos?

Poco, es una batalla continua y difícil debido a que la poesía y más aún la poesía en otra lengua, no constituye un producto comercial.  Por lo mismo hay que encontrar una editorial dispuesta a tomar el riesgo o definitivamente una editorial que esté dispuesta a invertir sin esperar rédito.  Esto mejora un poco con la creación del fondo concursable que mencioné.  Es muy pequeño aún pero puede significar una apertura.  Quién sabe.  Estas cosas a veces tienen un inicio interesante y luego se apagan.  Esperemos que no.

martes, 12 de diciembre de 2017

La traducción en Chile y sus traductores (II)

Segunda entrada del breve cuestionario respondido por varios traductores trasandinos. Hoy es el turno de Kurt Folch (1970). Como poeta ha publicado Viaje nocturno (Stratis, 1996), Thera (Libros la Calabaza del Diablo, 2002), Paisaje lunar (Libros la Calabaza del Diablo, 2010), Líquenes (Libros la Calabaza del Diablo, 2014). Como traductor ha publicado: Las alegres casadas de Windsor de William Shakespeare (Norma, 2002), Secciones eternas de Tom Raworth (Ediciones Tácitas), George Oppen, poesía ensayo y entrevistas (UDP, 2012), Chomei e Toyama de Basil Bunting (Lecturas Ediciones, 2017). Ejerce como profesor de literatura en la Universidad Diego Portales. 

Somos un país pequeño y los lectores no abundan

–¿Desde cuándo y por qué traducís?
En pregrado traduje algunas cosas de Graham Greene y Anthony Burgess, un par de poemas de Marianne Moore y un poema de Browning. Intenté hacer mi versión del “Prufrock”. No lo terminé, creo que fueron las tres primeras estrofas. comencé a traducir para ver si podía poner en castellano lo que creía entender. Le agarré gusto a encontrar de pronto formas que calzaban con lo que pensaba. Es decir, traduciendo uno puede apreciar la pequeña gran diferencia entre pensamiento y palabra. 

–¿Cómo elegís a los autores que vas a traducir?
Los que me gustan, tanto como para intentar una versión de alguno de sus poemas. Como para no olvidar alguna idea que surge leyendolos. Poco a poco se acumulan y de pronto algo se puede hacer con eso. La excepción fue Shakespeare, que me lo solicitó Marcelo Cohen. Esa obra (Las alegras casadas de Windsor) fue la última en tener traductor. Las importantes estaban todas asignadas. Lo tomé como trabajo, pagaban bien. Pero al final le tomé mucho cariño a esa comedia. Y fue lo que realmente me introdujo a Shakespeare. 

–¿Qué relación hay entre lo que traducís y tu propia tarea como poeta?
Como se trata de autores que me gustan son influencias directas. A partir de la traducción he sacado varios poemas. Casi siempre ayuda para destrabar algo, o comenzar. Pero lo que sale de ahí para mi propio uso no es más importante que mi vida cotidiana. El proceso particular de ir traduciendo a Oppen y Raworth, por ejemplo, concidieron con mi matrimonio, un hijo, etc. Es decir, una vida familiar en la que se transformaron en personajes familiares incluso para mi esposa e hijo. Y de esa poesía se desprende, por así decir, una óptica, una manera de traducirse (a uno) a su vez.

–¿Cuál es el panorama actual de la traducción literaria en Chile?
Hay varios poetas traduciendo. Desde hace algunos años que hay varias de las llamadas editoriales independientes que publican traducciones. No podría hacer una lista detallada de traductores y sus editoriales. Los poetas traductores que recuerdo ahora son Cristobal Romero (Tácitas), Leonardo Sanhueza (Tácitas), Alejandra del Río, Carlos Soto Román (Das Kapital, Libros del pez espiral), Carlos Almonte (Descontexto), Rodrigo Olavarria (UDP, Anagrama), Soledad Marambio (Cuadro de Tiza), Natalia Figueroa (Cuadro de Tiza), Cristobal Joannon (Tácitas, Ediciones Universidad de Valparaiso), Adán Mendez (UDP), Armando Roa (Ed. Universitaria), Enrique Winter (Alquimia, Ediciones Universidad de Valparaiso), Marcelo Pellegrini (Ed. Universitaria), Diego Maqueira (Ed. Universitaria), Braulio Fernandez Biggs (Ed. Universitaria), Verónica Zondek (Calabaza del Diablo, LOM), Andrés Claro (Tácitas), Andrés Anwandter, (Hueders), Sergo Coddou (UDP), Luz María Astudillo (Cuadro de Tiza) y se me deben olvidar unos cuantos… Traductores de prosa y ensayo/filosofía, puedo mencionar a Mauricio Electorat (para UDP), Carla Cordua y Roberto Torreti (filosofía para Tácitas y UDP). Ahora, si nos ponemos a ver quién traduce qué, Editorial Universitaria ha publicado las versiones de Armando Roa, Marcelo Pellegrini, Braulio Fernandez-Biggs (Pound, Browning, Shakespeare…), Tácitas ha publicado a Romero (Horacio), Sanhueza (Catulo), Joannon (Davenport y  mis versiones de Raworth). La UDP también ha publicado a Adán Méndez (Pessoa), a  Rodrigo Olavarría (Ginsberg), a Sergio Coddou (Lowell) y mi traducción de Oppen. Luego, Cuadro de Tiza ha publicado traducciones de teoría y filosofía hechas por Felipe Alarcón, Nicolas Trujillo, Soledad Marambio. Por su parte,  Ediciones Universidad de Valparaíso publicó una antología de Philip Larkin, de Enrique Winter, Cristobal, Joannon y Bruno Cuneo. Y la Editorial Alquimia publicó una antología de Charles Bernstein, de Enrique Winter. En caunto a Das Kapital y Pez Espiral, han publicado plaquettes de Carlos Soto Roman (Ron Silliman, Aram Saroyan, Derek Beaulieu). Anuncio que la Editorial Garceta publicará el próximo año una antología de Tom Raworth, que estoy preparando. 

–¿En qué medida la industria editorial chilena se hace cargo de los traductores chilenos?
No hay eso que uno podría imaginar como "industria editorial". Somos un país pequeño y los lectores no abundan.  Sí ha comenzado a funcionar una beca de traducción que ofrece el estado a través del Fondo del Libro. Sirve para pagar derechos y la publicación, y algo para el traductor. Debo añadir que, en general, la mayoría de los traductores mencionados se relacionan con las editoriales que nombré de manera para nada comercial y más bien desde el entusiasmo y la amistad.  

lunes, 11 de diciembre de 2017

La traducción en Chile y sus traductores (I)

Con la idea de presentar un panorama de la traducción en Chile, a lo largo de esta semana el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires va a subir un breve cuestionario respondido por varios traductores trasandinos. El primero de ellos es Pedro Ignacio Vicuña (1956), poeta, traductor, actor y director teatral. A la fecha, ha traducido al castellano la obra de Odysseas Elytis, Georgios Seferis y de varios otros poetas griegos y chipriotas. Como poeta y escritor, ha publicado Fataj, Estatuto del Amor, Peix ton Teikhon, Notas de Viaje, Fragmenta Memoriae, Famagusta y Bitácora del Otro Mar.

     “No es tema, ni para las editoriales ni para el Estado” 

–¿Desde cuándo y por qué traducís?
–Comencé a traducir a mis 18 años, cuando conocí la poesía de OdysseasElytis. Mi primera traducción fue su poema “Aniversario”, que de tanto repetirlo en griego (lo aprendía de memoria para rendir exámenes de ingreso a la Escuela de Arte dramático del Teatro Nacional de Atenas), de pronto comenzó, solo, a salir en castellano, en una extraña mezcla en la que se “colaban”, entre los versos griegos otros que espontáneamente sonaban en castellano.  Entonces me di cuenta de que otros, como mis padres, por ejemplo, podrían gozar de una poesía que me cautivó y me abrió otros mundos; como ellos no hablaban griego, me propuse traducir esa poesía que me había sorprendidocon su serenidad y profunda osadía lírica. La razón para traducir, me he dicho a mí mismo muchas veces, sin que eso corresponda, necesariamente, a la verdad porque quizás la razón verdadera sea un misterio insondable, fue la de intentar probar cómo sonaba esa poesía en mi lengua materna. Me pareció que el intento fue exitoso y entonces seguí traduciendo. Hoy en día, he seguido haciéndolo porque me parece que desde el punto de vista de la creación literaria, la historia social tiene momentos que podrían ser muy similares o paralelos  –al menos entre Grecia y Chile que es lo que yo conozco– que se han afrontado desde la palabra y su interpretación del mundo desde lugares opuestos y quizás, en la poesía griega, pienso, haya alguna clave que nos permita mirar nuestra historia de manera distinta y más esclarecedora.

–¿Cómo elegís a los autores que vas a traducir?
–A veces tengo la impresión de que se eligen solos, ellos a sí mismos, en la medida que me resuenan en alguna parte del universo sensitivo. A veces la razón es, simplemente, cuando entiendo que proponen una mirada que me abre un nuevo entendimiento, que me produce algún descubrimiento que quisiera compartir con otros, con gente que quiero y que me importa.

–¿Qué relación hay entre lo que traducís y tu propia tarea como poeta?
–Es una relación ambivalente, porque para poder verter una lengua a otra debe producirse, en mi caso al menos, una reelaboración que pasa por la apropiación del poema del otro, recreando imaginariamente –en realidad imaginando– el estado de espíritu, de alma, el peso sensitivo que ha producido el determinado poema o verso. En ese sentido, siempre el poeta traducido mete una cuña en mi visión y percepción sensitiva del mundo, muchas veces proponiendo, en el inconsciente, formas o soluciones poéticas que quizás no hubiese encontrado con anterioridad. A veces la influencia se hace notoria y, entonces, instala una suerte de barrera autocrítica que frena la propia palabra y se instala un período de sequía que puede acompañarme por tiempos largos o en una suerte de gusano que se pregunta de manera persistente si lo que sale de la mano o de la boca es propio mío o es el otro que se apropia de mi cuerpo y mi voz para seguir hablando, ahora, en el nuevo idioma que ha encontrado.

–¿Cuál es el panorama actual de la traducción literaria en Chile?
–En verdad no sabría qué responder, cualquier cosa que se diga va a ser siempre una visión sesgada porque no hay un interés sistemático por la traducción que provenga, por ejemplo de las editoriales más formalmente establecidas. En mi caso personal, me toca lidiar con un hecho de suyo dificultoso: la literatura griega, en general, aparte de Cavafy (o Kavafis) no es ni muy difundida ni se perfila en el horizonte como algo que presente, a priori, algún interés, como si ocurre con el caso de las lenguas de la Europa occidental. Sin embargo, las editoriales más nuevas que han surgido desde la periferia del establishment editorial, muchas de ellas poniendo énfasis en la poesía, han comenzado a abrir una puerta importante para las traducciones. Por ejemplo Descontexto, con las traducciones de Juan Carlos Villavicencio y de Armando Roa, por citar a algunos; lo que hace Das Kapital, que incorpora a su catálogo traducciones de poesía, Ernesto Pfeiffer, etc. Creo que la cosa está empezando a cambiar gracias a las iniciativas de la edición independiente y, como siempre, se espera que el interés por las traducciones crezca todavía más. Creo que es muy importante que se desarrolle un gran movimiento de la traducción en Chile porque me parece una muy mala idea depender de las traducciones españolas que no siempre son muy felices.
                       
–¿En qué medida la industria editorial chilena se hace cargo de los traductores chilenos?

–No lo tengo muy claro, de hecho me llama la atención el que nuestro Consejo Nacional del Libro y la Lectura no promueva la traducción de obras extranjeras a nuestra lengua y se vea más bien interesado en la traducción de nuestras obras a otras lenguas, lo cual por cierto no está para nada mal, pero es insuficiente. Tengo la sensación de que esto se da porque no se entiende que la traducción literaria es un acto de creación, de recreación literaria que enriquece el panorama de la creación nacional y que se la entiende como algo de orden utilitario, un mero acto de decodificación cuyo nicho industrial ya ha sido ocupado por editoriales de otros países hispanohablantes. Me parece que, en realidad, la traducción como actividad no es tema, ni para las editoriales ni para el estado de Chile. 

viernes, 8 de diciembre de 2017

"Los libros no desaparecerán porque sencillamente son bellos. Y los libros electrónicos son feos"

Guillermo Piro, en su columna semanal del diario Perfil, publicó el pasado 4 de diciembre la siguiente reflexión sobre las razones por las que los libros físicos no van a desaparecer. 
Las fotos que ilustran  esta entrada son todas del fotógrafo británico Simon Brown.


El peso imposible de la belleza

Además de las que los viejos libros cuentan en sus páginas, los libros viejos tienen sus propias historias. Simon Brown es un fotógrafo londinense que retrata esos libros. Uno de sus trabajos se titula “The Weight of Knowledge” (El peso del conocimiento); la serie se está exponiendo por ahí desde hace años, pero recién ahora di con algunas fotografías en la web. Al parecer el hijo adolescente del fotógrafo se encontraba sumergido en el estudio por un examen para el General Certificate of Secondary Education (GCSE), una serie de pruebas que los estudiantes británicos tienen que rendir a los 16 años. Brown tuvo una idea para levantarle el ánimo: apiló algunos libros sobre un banco y sacó una foto. “Llamé a la foto “El peso imposible del conocimiento”, aludiendo a lo difícil que puede resultar aprender”, explicó Brown; “mi hijo tiene un carácter complicado y dijo que la ocurrencia había sido buena”.

Después de ese episodio, Brown se puso a fotografiar otros libros que fuesen especiales, que tuvieran alguna carga histórica, y cuyo aspecto exterior lo diera a entender. Algunos de estos libros provienen de su biblioteca, otros los encontró mientras viajaba por Gran Bretaña, Irlanda y Francia, ocupado en otros proyectos. La foto “Libros salvados del fuego”, por ejemplo, la sacó mientras estaba haciendo fotografías en un castillo francés para el libro Romantic French Homes. “Otra fotografía la saqué en una gran casa de campo inglesa. Estaba en la biblioteca y tomé un montón de libros sin prestar mucha atención, los acomodé, saqué la foto y los volví a acomodar como estaban”, dijo. “Lo que no había entendido era que algunos de esos libros eran del siglo XVI y XVII y tenían un valor inestimable. Hubiese podido meterme en problemas de haber roto uno”.

En los casos en que lo que rodea a los libros es tan bello como los libros mismos, Brown lo fotografía, capturando estantes de bibliotecas antiquísimas y salones fantásticos. Otras veces hace primeros o primerísimos planos, concentrándose en las texturas y los colores. Las fotografías de Brown están sacadas siempre con luz natural, porque con esa luz, como pasa con los libros mismos, siempre “hay alguna cosita que no va”. Apila los libros unos sobre otros, en equilibrio, lo que a fin de cuentas pone un poco nervioso al espectador –a mí, al menos. Para ser precisos: vi todas las fotos disponibles muchas veces y nunca dejo de tener la impresión de que de un momento a otro todo puede caerse –y no tengo dudas de que esta impresión es aplicable a cualquier otro observador. Derrumbe inminente que lleva a preguntarse sobre el futuro de los libros en general en el mundo digital. Muchos otros, yo y hasta el mismo Brown se hicieron la misma pregunta, pero después de haber pasado tanto tiempo con objetos tan viejos y tan resistentes lo que uno llega a concluir es que es imposible que los libros desaparezcan. Dice Brown: “Con el desarrollo de la era digital se esperaba que los libros desaparecieran, pero no lo harán. De algún modo se reinventaron. Tienen una belleza propia, una persistencia propia en el tiempo. Están aquí para permanecer”.

Nada me aburre más que la gente que se pone a enumerar los placeres del papel: subrayar con lápiz, las dedicatorias escritas a mano, el gesto de pasar las páginas, el olor, etc. Me suena como si alguien dijera que es mejor hablar con un teléfono fijo para poder enrollarse el cable en forma de resorte entre los dedos. Los libros no desaparecerán porque sencillamente son bellos. Y los libros electrónicos son feos. Muy feos. Lo que salva a los libros es el peso imposible de la belleza.

jueves, 7 de diciembre de 2017

“Mi educación se vio interrumpida por mis años escolares”

Benito Taibo (México, 1960) es novelista, poeta, periodista y ferviente promotor de la lectura. Además de ser uno de los tipos más culto que uno pueda encontrarse, es increíblemente divertido y francamente generoso. Inició su producción literaria como poeta joven con  Siete primeros poemas (1976), Vivos y suicidas (1978), Recetas para el desastre (1987) y De la función social de las gitanas (2002). Como novelista publicó con Polvo (2010), Persona normal (2011), Querido Escorpión (2013), Desde mi muro (2014), Cómplices (2015) y, en coautoría con Francisco Martín Moreno, Alejandro Rosas y Eugenio Aguirre, Las vergüenzas de México (2014) y Tiempo de héroes y villanos (2016). De paso por Buenos Aires, conversó con la periodista Silvina Friera, quien publicó la correspondiente entrevista en el diario Página 12, del 6 de diciembre pasado.

Defender la lectura por puro placer

El hombre que intenta convertir lo ordinario en extraordinario está convencido de que “leer es resistir”. El novelista, poeta y periodista mexicano Benito Taibo vino a Buenos Aires a presentar Corazonadas (Planeta), novela en la que aparece por segunda vez una dupla de personajes entrañables para los jóvenes que siguen la saga que empezó con Persona normal: el tío Paco, un lector empedernido que tiene que hacerse cargo de su sobrino Sebastián, un niño que a los doce años quedó huérfano. “Qué manía tenemos los seres humanos de dejar nuestra impronta en la tierra, perpetuar nuestras hazañas, esperar con ansia que al final de la vida haya monumentos y calles con nuestro nombre impreso. Sembrar libros, escribir hijos, tener árboles”, reflexiona el tío Paco; manía que tendrá su correspondencia en una experiencia que cuenta Taibo en la entrevista con Página12, cuando con un grupo de amigos decidieron plantar Cien años de soledad en un parque.

–¿Por qué el narrador de Corazonadas dice que “a los niños no hay que educarlos, hay que quererlos”?
–Esa frase es de mi propio padre. Mi padre la repetía como una suerte de mantra laico para que funcione la lógica de la educación sentimental. El mundo sería distinto si no nos empeñáramos en educarlos y en transmitirles valores entre comillas y esas cosas horribles que solo son camisas de fuerza para coartar libertades. 

–La novela es muy crítica con el sistema educativo, aunque no queda más remedio que formarse en él, ¿no?
–Hay una frase de Mark Twain que ha sido una punta de lanza en mi vida: “Mi educación se vio interrumpida por mis años escolares”. Las formas de educar a los alumnos están erradas en el fomento a la lectura. Yo estuve a punto de no ser un lector por la obligatoriedad de leer ciertos textos. A los doce años había leído el Cantar de mío Cid, Guerra y paz, La Ilíada y La Odisea, y no había entendido nada. Odiábamos la lectura porque el libro era una suerte de peso sobre nuestras espaldas. Nadie nos dijo nunca que los libros contienen el universo y la mejor de todas las posibilidades de la otredad: tú entras al libro y te conviertes en ese personaje y vives en su piel y sientes agolparse su sangre en tu cuerpo. Esto solo puede ser transmitido por alguien que esté apasionado por la lectura. Si un maestro no es un lector, difícilmente podrá ser un promotor de la lectura. Sí, estoy en contra de los sistemas escolarizados.

–¿La escuela hace mucho daño a la lectura?
–Sí, especialmente a la lectura por placer. Yo estoy convencido de que el mejor sistema de fomento de la lectura que puede haber es que los libros estén cerca de los posibles lectores. Que los precios de los libros sean accesibles, que haya bibliotecas en lugares remotos y que los autores se atrevan a ir a esos lugares remotos para contar esas historias. No voy a decir que la literatura crea mejores personas, porque un asesino serial no será mejor persona si lee Rayuela. Pero la literatura sirve para que las almas extraviadas se encuentren. 

–En los debates sobre el fomento de la lectura se suele esquivar un tema crucial: que los libros en muchos países de América latina suelen ser caros...
–Yo no lo esquivo: los libros son caros. Estuve en una librería recomendando libros para jovencitos, y tomé por casualidad Soy leyenda, de Richard Matheson, uno de los textos más espectaculares de fantasía. “¡Chicos, tienen que leer Soy leyenda!”, les dije y fui hasta el aparatito donde se chequean los precios. No lo va a creer: costaba 829 pesos, un libro de poco más de 150 páginas. Casi me caigo al suelo: es una bar-ba-ri-dad... Es imposible que alguien lo compre. En algún momento tuvimos un subsecretario de Hacienda que, en la peor tradición neoliberal, dijo esta frase, que debería estar con letras de oro en el museo de la ignominia nacional, a un grupo de escritores que estábamos intentando que no se gravara con el IVA al libro: “Señores, ustedes no se dan cuenta de que un libro es un objeto igual a un zapato”. Mi hermano, que estaba ahí, le preguntó: “¿Cuántos zapatos ha leído usted?”. No había leído ningún zapato. La posibilidad de que el libro esté en manos de todos tiene que venir aparejada con un proceso de cambio social. Primero necesitamos que las sociedades de nuestro continente tengan servicios básicos de salud, de vivienda, de trabajo digno, de transporte. Sin todos estos condicionantes previos, no sirve de nada que tengas un país de lectores. El acceso a los libros es una de las patas de la democracia, pero necesitamos las otras patas para que la mesa de la democracia no se nos desmadre y se caiga al suelo.

–Tío y sobrino intentan vivir sus propias aventuras hacia el final de la novela. El poder de los lectores de vivir tantas vidas como libros lea también tiene una deficiencia en términos de experiencia personal, ¿no?
–A los doce años yo sabía dónde estaba Java, Borneo y Sumatra gracias a Emilio Salgari, que nunca salió de Turín. En algún momento de mi vida me dije: tengo que ir a esos lugares para verlos con mis propios ojos”... Todavía no hice ese viaje, pero sé que en algún momento lo haré... Después de haber leído Cien años de soledad un grupo de amigos nos volvimos locos y dijimos: “Tenemos que hacer algo”. No sólo recomendar el libro, que nos había cambiado la vida, sino un acto físico que demostrara la impronta que había dejado en nosotros. Bebimos muchas cervezas y nos fuimos a las dos de la mañana a un parque y plantamos Cien años de soledad porque estábamos convencidos de que muchos años después daría un árbol multicolor, lleno de gitanos y de mujeres que se elevarían y de mariposas amarillas. Veinticinco años después fuimos a buscar el árbol y en el lugar donde plantamos el libro encontramos unos baños públicos. Cuando se lo conté a García Márquez me dijo: “Benito, lo plantaron al revés”. La literatura nos transforma y nos lleva a hacer cosas extraordinarias en tiempos tristes, violentos y ordinarios.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Laura Wittner se dio el gusto y nosotros, también

Laura Wittner (1967) es, además de traductora, poeta. Y en estos días la editorial Gog & Magog acaba de publicar Lugares donde una no está (Poemas 1996-2016), suerte de poesía reunida, que se cierra con una serie de traducciones (de Patrizia Cavalli, Nicole Sealy, Frank O'Hara, Lydia Davis, Billy Collins, Giusi Quarenghi, Giorgio Vasta, Dylan Thomas y Raymond Carver) y con tres breves ensayos, el último de los cuales se reproduce a continuación. 

El volumen se presentará, conjuntamente con Viaje sentimental, de Sandro Barella, también publicado por la misma editorial, en la Casa de la Lectura, Lavalleja 924 (Villa Crespo), el próximo jueves 14 de diciembre, a las 19 hs.

Una locomotora llamada melopeia

(Publicado originalmente en La música de la poesía, de Ediciones Del Dock, en 2012).

¿Por qué me tira tanto la temática ferroviaria? ¿De dónde me viene esa constante inclinación a usar imágenes relacionadas con el tren? Porque me tira, me tira... ¿O será que en realidad tira de mí, igual que la locomotora da tracción a los vagones que la siguen? Tal vez es eso: un motor que impulsa mi escritura y mis lecturas. Delante va el motor y detrás los vagones, dejándose llevar. Pero dejándose llevar con cierta musiquita: ta-tán, ta-tán, quetrén, quetrén... Sí; es posible que me identifique con los trenes porque, como yo, tienen locomotora: la que los mueve y les propone un ritmo. Y a mí se ve que tienen que moverme, y moverme con ritmo.
           
La poesía que me gusta tiene tracción a música. Está hecha de versos que se pueden canturrear. Guardo en la memoria (entre tantas otras cositas sueltas) una colección de partes de poemas que sé que me gustaron o me gustan pero que no recuerdo palabra por palabra. Lo que recuerdo es su música, y ciertas características sonoras que vuelven a desplegarse en su totalidad cada vez que los releo. Y son muchas las veces que el impulso de releerlos lo provoca la aparición espontánea de su musiquita, como desde un almacén mental de larga data que se autoactiva en random en los momentos más inesperados –en la calle, caminando, bajo influencia de unos mazazos contra la pared o invocados por el traqueteo del carrito de bebé sobre diferentes modelos de baldosas–  y me ofrece pintorescos popurrís. (De larga data, aclaro, porque los elementos incorporados en la infancia y la adolescencia no sólo no se borran, sino que suelen ser los primeros en aparecer).
           
Para armar un ejemplo:*

Wanted, wanted: Dolores Haze.
Hair: brown. Lips: scarlet.
Age: five thousand three hundred days.
Profession: none, or "starlet".

Brillan las moreras y los carolinos,
se hinchan los sarmientos de las viñas prietas,
y hay en los caminos
y en las ríspidas sierras violetas
una triste alegría pagana
que es oro en la tarde y oro en la mañana.

Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.

Rage, rage, against the dying of the light.

allá va
allá va
un satélite en el cielo...

Rage, rage, against the dying of the light.

Y ya que lo cité: igual que Dylan Thomas, me enamoré primero del sonido de las palabras. También a mí me sedujeron, al principio, las formas sonoras de las rimas infantiles más que las peripecias de sus personajes. Y poco a poco pude ver que esas formas sonoras entraban en contacto produciendo toda clase de música. No sólo la agradablemente melodiosa, la de métrica regular y rima exacta, la equipada con acentos internos que vuelven a un poema “poema cantable” (como el cantabilísimoWanted, wanted de Nabokov). También la musical rispidez con que ciertas palabras se miden entre sí, se entrechocan o se suben una encima de otra:

What are the roots that clutch, what branches grow...

O esas líneas sueltas que se nos instalan como si fueran estribillos, resurgen una y otra vez convocadas por ¿qué? Nunca se sabe: una idea que se mueve por el mismo camino sonoro, la intención de decir alguna cosa con iguales altibajos... la intención, incluso, de moverse con iguales altibajos:

El pasto, el sábado, surcado por las huellas...

A esta hora dignísima de la noche...

La tuairrequietudine mi fa pensare
agliuccelli di passocheurtanoaifari
nelleseretempestose...**

¡“Nelleseretempestose”! Acá Montale, sin duda por medio de la alquimia, logra una música tan  breve y tan exacta que repetir esta sucesión de tres palabras es casi como comer un caramelo. Y no es sólo el sonido (hay frases donde sí); me parece que interviene, además, otra cuestión, que es la musicalidad surgida del feliz alineamiento de una idea con la manera en que es expuesta (cuando forma + contenido = música). Comparar una sensación de inquietud con pájaros que se chocan contra los faros en las noches de tormenta es ya, en mi opinión, una forma de composición musical. Decirlo con las palabras de Montale es lograr que esa composición ofrezca no sólo placer intelectual y auditivo, sino también una cierta voluptuosidad gustativa.

Y hablando de ponerse frases en la boca, pienso que existen incluso palabras que funcionan como microcanciones. Cada uno tiene, según su gusto, una serie de palabras que disfruta pronunciar, como quien canta o tararea. Sílabas incluso o, para oídos sutiles, sonidos sueltos. Cuando se escribe siempre están ahí a mano, como recurso para impregnar el entorno con su posibilidad musical, para impulsar la frase (quetrén-quetrén) o para dar la nota.

Esta muy breve reflexión me llevó del poema a la estrofa, de la estrofa al verso suelto, y de ahí a la frase aislada, a la palabra tentadora, al fonema solitario y sin embargo cantor. Sólo me queda incluir el silencio, que arma y desarma melodías a un lado y otro de la barrera de mutismo. Silencio músico que gira entre las ruedas del
                        quetrén...   
                                             quetrén...
                                            enlenteciéndolas, cuando vamos llegando a la estación,

cuando volvemos a arrancar.                    



*Se puede imaginar, entre fragmento y fragmento, el chillido de la púa sobre el vinilo cuando el disc-jockey lo mueve hacia atrás y hacia delante.

** (Los versos que cité pertenecen –en orden– a Vladimir Nabokov, Alfredo R. Bufano, Jorge Teillier, Dylan Thomas, Leónidas Lamborghini, T. S. Eliot, Jorge Aulicino, Rodolfo Edwards y Eugenio Montale).

martes, 5 de diciembre de 2017

Los mentecatos de la RAE maquillan su diccionario para verse políticamente correctos, pero todos se dieron cuenta de que no es así

Con firma de Pedro Badahmondes Ch., La Tercera, de Chile, publicó el siguiente artículo el pasado 29 de noviembre. Trata sobre la curiosa idea que tiene de lo que es actualizarse la precámbrica Real Academia Española, anacrónica y risible institución que, como bien decía Jorge Luis Borges, debe asimilarse a superstición española.

Redefiniciones en la RAE:
expresión “Sexo débil” será considerada como “despectiva”

Hasta hace algunos años era usual leer u oír expresiones como “sexo débil” o “sexo fuerte” en medios de comunicación, publicidad e incluso en la literatura, para referirse coloquialmente a los universos femenino y masculino, respectivamente. Llama la atención, sin embargo, que la mismísima Real Academia Española (RAE), institución que pretende velar por el correcto uso del idioma en los tiempos que corren, aún conserve en su Diccionario de la Lengua las definiciones de “Conjunto de las mujeres” para la primera, y “Conjunto de los hombres” para la segunda.

Pero todo esto, según han dicho, cambiará a contar de diciembre.

Ya lo había anunciado la misma Academia en marzo pasado: cuando entre en vigencia la nueva versión de su diccionario, la expresión “sexo débil” –acuñada por primera vez en 1790– tendrá una marca de uso que indicará que ésta se utiliza “con intención despectiva o discriminatoria”, mas no será excluida, “dado que su uso está documentado”, han explicado desde la RAE. Algo similar ocurrirá con “sexo fuerte”, 30 años mayor que la anterior, y que dentro de pocos días aparecerá con la indicación de que se emplea “en sentido irónico”.

No es primera vez que la institución española debe añadir matices a su diccionario: en 2014, la palabra “gitano” aparecía asociada a “trapacero”, persona que “con astucias, falsedades y mentiras procura engañar a alguien en un asunto”, se lee en el mismo. Desde entonces, a “trapacero” le sigue la nota: “Usado como ofensivo o discriminatorio”. Esta vez, sin embargo, la discusión en torno al uso específico de “sexo débil” ha traspasado los límites de lo lingüístico, convirtiéndola incluso en una de género.

En febrero pasado, la española Sara Flores, de 19 años y estudiante de segundo año de Marketing e Investigación de Mercados y Turismo en la Universidad de Cádiz, inició una campaña a través de internet, en la plataforma change.org. Bajo el lema #Yonosoyelsexodébil, la petición encabezada por la joven oriunda de Huelva pasó de las 73 mil firmas en marzo pasado, a las 159 mil durante los últimos días.

Ante la reacción y decisión de la Academia, sin embargo, la joven escribió en el mismo sitio web: “La RAE ha dado una respuesta que no es la esperada. Por eso quiero que juntos sigamos compartiendo y haciendo que esto no pare. Como mujer que soy, es normal que me sienta ofendida y también pienso que es una gran ofensa para todas las mujeres y para todas las que han luchado por que hoy en día tengamos derechos”.

Los ecos de la polémica en España se han vuelto tema de sobremesa y debate incluso entre los miembros de la Academia Chilena de la Lengua. “¿Qué es lo que pretende la RAE, hacer una compensación histórica?”, ironiza la poeta y miembro de la Generación del 50, Delia Domínguez. “Yo estoy absolutamente de acuerdo con quienes dicen que hasta cuándo con eso del ‘sexo débil’. Es una expresión machista y anticuada. De todas formas, yo he notado que se está usando menos aquí en Chile, no sé allá, pero es bueno que ambas estén de capa caída. Yo nunca las he usado, por cierto. Al final se trata de la mujer y el hombre, para qué darse tanta vuelta. Como dicen en el pueblo, la galla y el gallo”, agrega.

Distinto piensa el también poeta y Premio Nacional 2004, Armando Uribe: “No son las academias ni los supuestos especialistas los que deben regular el uso que se hace en el lenguaje de las expresiones y giros vividos por quienes hablan el idioma castellano”, opina. “El uso de la expresión ‘sexo fuerte’, por ejemplo, es antiguo y forma parte de los conocimientos básicos del idioma castellano, como un refrán, y los refranes no son cosa de la voluntad de los académicos sino de lo vivido por el pueblo que habla el idioma en cuestión. El calificar de ironía lo que no lo fue según su uso real desde hace siglos, es una broma de mal gusto realizada por académicos que no merecen ser escritores. Y el ‘sexo débil’ también está firmada por generaciones, y de ninguna forma es peyorativa, sino más bien protectora y auspiciadora del valor real de las seres humanos mujeres en nuestra lengua”, concluye.

NOTA:
Por si no quedó claro, "mentecato" significa "necio,tonto,falto de juicio o entendimiento". Puede usarse tanto como adjetivo o sustantivo.