miércoles, 20 de septiembre de 2017

III Coloquio de Traducción y Literatura en la Universidad Austral de Chile, Valdivia


Una vez más, la bellísima ciudad de Valdivia, esta vez hundida en la bruma del fin del invierno, fue el escenario de actividades académicas vinculadas a la traducción.

Organizado por Amalia Ortiz de Zárate Fernández, Directora de la Escuela de Pedagogía en Comunicación en Lengua Inglesa de la Universidad Austral de Chile, los días 7 y 8 de septiembre pasados, tuvo lugar un III Coloquio de Traducción y Literatura, en el ámbito de la Universidad Austral de Chile..

Las reuniones tuvieron lugar en el campus de la Isla Teja, los días 7 y 8 de septiembre pasados, centrándose en tres ejes: la traducción de la poesía de Shakespeare, la  traducción de Madame Bovary, de Gustave Flaubert, y la traducción de la Divina Comedia, de Dante Alighieri. A todo ello se sumó la presentación de la antología The Other Tiger, compendio de poesía latinoamericana reciente, traducida al inglés por Richard Gwyn.

El programa completo se detalla a continuación.Se informa asimismo que las ponencias y participaciones estarán disponibles a la brevedad en youtube.

PROGRAMA


Jueves - 7 sept – Auditorio Edificio E. Huerta
9:50 -11:20
Presentación Coloquio (Amalia Ortiz de Zárate)
Conferencia –Andrés Ehrenhaus (traductor): "Traducir la poesía de Shakespeare".
Presenta y modera: Amalia Ortiz de Zárate

12:00 – 13:00
Mesa Redonda – "Traducir literatura desde y hacia la lengua madre",
Mesa: Richard Gwyn, Jorge Aulicino, Jorge Fondebrider, Pedro Araya
Presenta y modera: Carlos López Beltrán

15:50 – 16:50
Presentación y conversación: "Antología de poesía latinoamericana al inglés The Other Tiger de Richard Gwyn (traductor)"
Presenta y modera Marina Serrano

17:00-18:00
Lectura de poemas: poetas incluidos en la antología. 
Damsi Figueroa, Jorge Aulicino, Pedro Serrano
Lectura de los poemas en su traducción al inglés: alumnos de la Escuela de Pedagogía en Inglés:

18:00 Librería Q’Leo.
Lectura de poemas: otros poetas incluidos en la antología. 
Marina Serrano, Jorge Fondebrider, Carlos López Beltrán, Jaime Pino, Richard Gwyn.
Lectura de los poemas en su traducción al inglés: alumnos de la Escuela de Pedagogía en Inglés:
Conversación abierta entre el público y los escritores y participantes del Coloquio.

Viernes – 8 sept -Auditorio Edificio E. Huerta
9:50 -11:20
Exposición y diálogo: "Las anotaciones en la traducción de Madame Bovary", con Jorge Fondebrider (traductor) – Presenta y dialoga: Luis Bocaz.

12:00 – 13.:00
Exposición y diálogo: "La traducción de la Divina Comedia", con Jorge Aulicino (traductor) Presenta y dialoga: Roberto Matamala.



Algunos de los participantes del III Coloquio de Traducción y Literatura: de izquierda a derecha, Andrés Ehrenhaus, Pedro Serrano, Marina Serrano, Jorge Fondebrider, Damsi Figueroa, Jorge Aulicino, Verónica Zondek y Richard Gwyn. 

martes, 19 de septiembre de 2017

La poesía de Pedro Mairal traducida al francés

Publicada en En attendant Nadeau, la siguiente reseña a Supermarket Spring, volumen traducido al francés por Julia Azaretto, lleva la firma del traductor francés Paul Lequesne y se ofrece, en traducción de la española María José Furió/LIU, como complemento de la entrevista subida en el día de ayer.

Traducir a Pedro Mairal

Pedro Mairal, mascarón de proa de la nueva ola literaria argentina, es también uno de los representantes más singulares de la poesía sudamericana contemporánea, que maneja con igual acierto el humor, la desesperación y el endecasílabo, como demuestra su recopilación Supermarket Spring, publicado el pasado marzo por L’atelier du tilde.

Se trata de un precioso libro, la cubierta –papel gris beige, de grano rayado, tinta naranja— muestra una composición de inspiración curiosamente constructivista, como un cartel o el rótulo de una tienda, que reúne en un bloque vacilante una puntualización útil: «poesía argentina contemporánea», el nombre del autor: Pedro Mairal, el título: Supermarket Spring, y una particularidad del libro: edición bilingüe.

El nombre de la traductora figura en la cubierta trasera, en caracteres minúsculos: «Julia Azaretto». La primera solapa ofrece, afortunadamente, más información sobre ella. Así averiguamos que también es argentina y que traduce tanto al español como al francés. Basta con hojear la obra para constatar que es doble –la versión francesa y la versión española están separadas por una hoja de color naranja sin numerar.

Pedro Mairal, que cuenta 47 años en la actualidad, no puede ser calificado de «joven escritor» como hace el editor en la misma solapa. Propulsado en 1998 a la escena literaria argentina por su primera novela, Una noche con Sabrina Love, laureado con la primera edición del premio Clarín, cuyo jurado contaba entre sus miembros a leyendas de la literatura sudamericana como Adolfo Bioy Casares, Guillermo Cabrera Infante y Augusto Roa Bastos, hoy es un autor célebre, traducido a once idiomas –desde el inglés al yoruba--, autor de una obra coherente, que abarca diversos géneros como la novela, la poesía y el periodismo, y que ha cosechado con cada título un éxito de librería.

Bloguero sumamente activo, coautor junto con el dibujante Juan Sáenz Valiente de una sorprendente serie de televisión, Impreso en Argentina, donde cada episodio, construido como una ficción, describe y analiza una obra fundamental de la literatura hispanohablante so pretexto de adaptarla al cómic, Pedro Mairal, como subraya Julia Azaretto en su ejemplar introducción, juega con los géneros, con las palabras y las situaciones con una facilidad desconcertante, para construir lo que a fin de cuentas son historias trágicas teñidas de un humor devastador, y cuentos fantásticos de tonos singularmente premonitorios.

Las cuatro novelas de Pedro Mairal publicadas a día de hoy (en Francia por las editoriales Rivages, y Buchet-Castel la última de ellas) parecen responderse unas a otras: a la inundación inaugural de Una noche con Sabrina Love y su cruel retrato de una Argentina arruinada por la crisis económica suceden en primer lugar el desierto invasor de La intemperie, que, con unos años de antelación a la instauración del Estado Islámico, relata la inexorable regresión del mundo civilizado hasta la más atroz barbarie; luego el río de Salvatierra, objeto de un fresco inmenso, puzzle en sesenta cuadros y una pieza ausente, río que el protagonista de La Uruguaya se arriesga a cruzar en busca de un amor imposible y de una importante suma de dinero que debería permitirle saldar sus deudas y escribir un nuevo libro.

El río y los sesenta cuadros reaparecen en un quinto libro del autor, de un género algo diferente ya que se trata de una novela en sesenta sonetos, y otras tantas ilustraciones maravillosas: El gran Surubí. Este libro, al contrario de los otros, no tiene final feliz.

Las novelas de Pedro Mairal son novelas de formación en un mundo en deformación. Novelas de formación en diferentes épocas de la vida, desde la adolescencia a la vejez, de la búsqueda de sí mismo a través de universos en vía de descomposición avanzada. Sus héroes salen vivos pero no indemnes. El Daniel de Sabrina Love recibe una paliza, la heroína de La intemperie pierde una pierna, aunque el destino más doloroso es sin duda el del novelista de La uruguaya, víctima de una castración, ciertamente simbólica pero infinitamente dolorosa, bajo la mirada de la joven de la que está enamorado. 

El autor disfruta de este desmenuzamiento del mundo. Una noche con Sabrina Love arranca con un ejercicio de estilo en forma de zapping discursivo; La intemperie lo hace con una descripción minuciosa de la confección de una trenza. De manera que sus historias parecen siempre como la paciencia cosechando fragmentos desperdigados, una cosecha durante la cual los personajes se componen o recomponen, mejor o peor, teniendo como arma esencial el lenguaje.

La presencia del río, de la frontera, bien se extienda o se desvanezca, es esencial: «La narrativa es como una cancha de fútbol sin límite. Y la clave es siempre encontrar ese borde, el límite que marque lo que entra y lo que no».

Si El gran Surubí no tiene final feliz es porque su acción se desarrolla sobre el propio río, sobre la frontera donde todo, forzosamente, resulta difuso. También porque escapa al género novelesco para adentrarse en el campo poético, y porque la poesía de Pedro Mairal no pretende recomponer la realidad sino tal vez, sencillamente, dar cuenta de ella.

Fue por la puerta de la poesía como el escritor entró en la literatura, después de pasar por el taller de escritura de Félix della Paolera, amigo de Borges, poeta, traductor y periodista, al que presenta como «su maestro y su gurú». Este prologaba en 1996 su primera colección, Tigre como los pájaros, con estas palabras: «Basta con leer estos poemas que, sin necesidad de guías ni mediadores, evidencian: una lírica original; confianza en el ritmo como esencia de la versificación; desdén por la solemnidad y la tendencia al patetismo; celebración, a veces lúdica, de la vida, del amor, del diurno ensueño rural y de la ensimismada soledad del hombre urbano».

Desde entonces Pedro Mairal no ha dejado de cruzar esta puerta en ambos sentidos. Primero, en 1998, después del éxito inesperado de su primera novela: «Es verdad, ya no era un pendejo, tenía 28 años, pero estaba muy crudo para todo eso. Fue tal el nivel de exposición que me refugié en la poesía, y después muy de a poco volví a los cuentos» – y el resultado de este retiro fue la publicación en 2003 de Supermarket Spring (Consumidor final, el título original de la recopilación en español). Siguieron tres libros extraordinarios: Pornosonetos, publicados con el pseudónimo de Ramón Paz, y El gran Surubí, como si el autor después de cada éxito en novela necesitase volver a su primer amor.

Después del desmenuzamiento, de la dispersión en medio de los cuales se construyen sus historias, la poesía parece entonces para Pedro Mairal una cuestión de recentramiento, de recogimiento, de concentración. La forma exigente del soneto a la que recurre de manera casi exclusiva en los últimos años, obedeciendo a una métrica implacable (el endecasílabo, o sobre todo el pentámetro más clásico, heredado de la Edad de Oro y más concretamente de Quevedo), sería para él la manera de reordenar y de consolidar el universo que de otro lado disfruta dinamitando, la manera de acotar el campo infinito de la narración. «Los sonetos me pusieron un borde, me permitieron no tener que explicarlo todo», dice.

A primera vista, no parece que Supermarket Spring obedezca al mismo rigor formal. Pero es porque los poemas que lo componen son el espejo de una realidad extraordinariamente agitada: la de la crisis que sacudió Argentina a principios de este siglo y cuyas consecuencias el país continúa padeciendo. «Vivimos en un surrealismo violento que solo la poesía puede digerir», decía entonces el autor.

El libro reúne dos recopilaciones de importancia equivalente, escritas en fechas diferentes: Todos los días (1997-1999) y Consumidor final (2000-2002).

Como reubicación, el poema que abre la recopilación se coloca ahí: «Los ojos reencontrados/ al fondo de la taza, / los bolsillos, / los platos, la vergüenza». Está dedicado al despertar de la «gente llena de sueño, de silencio,/ con miedo a despertar la historia mal dormida, / gente usando el idioma como un cuchillo oscuro, / un cuchillo gastado, pelando una manzana». Es el despertar del poeta, minúsculo y solo en la ciudad inmensa. Pero es también el primer momento de su activación progresiva.

Y esta idea incita a reconsiderar la portada del libro, los colores del cartel, cuyos diferentes bloques de texto podrían leerse en definitiva como el plano esquemático de una ciudad: cuatro barrios ordenados alrededor de una calle central: el título, extendido como una cinta, como un río.

Enseguida descubrimos que, de página en página, el autor parece redactar la crónica inestable de un amor frágil, con sus accidentes, sus rupturas, su reanudarse. De un encuentro en una biblioteca («Celos clásicos») a una especie de reconciliación muda (En las buenas) construida como un plano secuencia, lento trávelling sobre los relieves de una comida, un limón cortado, una rueda de bicicleta, un árbol, un fuego que se apaga, un gato con una mirada cargada de reproche.

Entre ambos habremos pasado por las crisis («Ella es así»: «la cosa es que ella llora con coraje, / con dientes, con espasmos, / ella vive llorando en las ventanas»), los trayectos por los suburbios («Ruta nacional»: «La gran velocidad / es una lentitud de balsa que se fuga / con música y tristeza.»), el tedio de la vida cotidiana («Preguntas a Piazzolla»: «¿Cómo alzar en el aire de un acorde / el peso de las seis pasadas ya,  / la fuga de la gente volviéndose a su casa? […] El libro de tu fuelle se abre lento / y se vuelve a cerrar / sin responderme»).

Todo ello entreverado de rayos de luz muy intensa y alegre, como en «Andante cantabile», gozosa celebración de los senos de las mujeres que termina con un alejandrino perfecto: «Verlas pasar, nomás, y deslumbrarse, / quedarse para siempre cantando en este mundo». No hay, sin embargo, nada intimista en esta historia. Constantemente, un simple gesto esbozado enseguida es sustituido en una red de correspondencias espaciales y temporales: cuando una mujer se inclina o se anuda un pañuelo alrededor de la cabeza, el gesto se convierte en una oración a un dios inmutable.

El libro prosigue ampliando esta relación entre lo infinitamente pequeño y lo infinitamente grande. «Al principio de la recopilación, escribe acertadamente Julia Azaretto en su presentación, la mirada del poeta se posa en su vida cotidiana, luego abre el foco hasta incluir el escenario de un país trastornado. La poesía desciende a la plaza pública

Y es verdad que la poesía está en la calle. Se muestra donde no se la espera, no es ni eslogan ni canción, sino en el corazón de la trivialidad cotidiana, en la mirada de un cliente fija en una pantalla de televisión por encima del mostrador de un banco. Desciende a la plaza pública, pero desciende también de la planta doce de un edificio, tomando el ascensor.

Desde el primer poema («Un durazno»), el tono está dado: un simple durazno comprado en el supermercado brinda al autor la oportunidad de describir en cincuenta versos el conjunto del sistema agrícola argentino, sistema mortífero que solo produce sueño: «y a pesar de la química, de la distancia muerta, […] / me encontré allá en el fondo de su sueño amarillo / con esa flor primera que perfumaba el viento

En «Fauna embalsamada» el poeta plantea explícitamente el problema: «¿esto es un poema?  / ¿estar a oscuras sin dormir/ puede ser un poema? / ¿si no hay nada […] /  puede haber un poema?». Y termina: «cambio sistema solar/  por dos palabras ciertas / que consigan decir toda mi sombra».

Y va de uno a otro sin cesar, del triste suceso a la contemplación del universo, del anónimo ciudadano a los animales misteriosos o gigantescos que aún habitan los mares, del niño por nacer, Jonás en el vientre materno, a las ballenas del Gran Sur. Al hilo de la lectura, sin embargo, el tono se hace más travieso, la lengua más familiar, y la constatación más homicida, desvelando al consumador por debajo del consumidor: «en el supermercado la cajera / con su uniforme rojo me pregunta  / ¿consumidor final? / yo contesto que sí / y pienso ese soy yo».

Terminamos la lectura de Supermarket Spring, y pese a todo el mismo libro queda por descubrir, esta vez en español, por poco que entendamos algo el idioma. La misma composición, texto en cursiva, como si no fuese más que cita, notas al final del libro confirmando y explicando la belleza de lo que acabamos de leer. Y por poco curioso y juguetón que sea el lector, aún le espera una tercera lectura: la de esta página de color naranja que separa los dos textos, y que el editor no ha logrado numerar.

No lo ha logrado porque era una página demasiado extensa, demasiado densa: representa todo el trabajo de traducción, encierra el misterio entero de cientos de horas de duda, de reflexión, de elecciones imposibles y de conteo inconsciente de sílabas. Entretenerse en esta página es intentar reconstruir el camino que va de un texto al otro: es esforzarse en medir la distancia, es aceptar plantearse preguntas para las que no necesariamente encontraremos respuesta.

Por una vez, es fácil calcular la distancia entre las versiones francesa y española: mide exactamente 46 páginas. Mide un libro entero. Porque no se traduce una recopilación de poemas igual que se traduce un poema, no se traduce un libro como se traduce una página. Nos quedaríamos sin aliento. Aunque, precisamente mirando con más atención, observamos un detalle que se le había escapado al ojo pero que se impone tan pronto empezamos a leer en voz alta, porque nos gustaría oír si el francés de la traductora suena como el español de Pedro Mairal: estos poemas se leen de un tirón, a menudo consisten en una sola frase, e incluso cuando hay un punto no está ahí para que la voz calle, sino más bien para que otra voz la interrumpa.

Los poemas de Supermarket Spring brotan naturalmente: como los senos de las mujeres que deslumbran al paseante, tienen la forma del agua. Este descubrimiento hidrológico permite franquear de una vez la página naranja y observar el extraordinario y minucioso trabajo de traducción que resume: comprender por qué, después de haber brotado a borbotones la frase se anima y toma un ritmo de cascada, convierte series de diez y luego once sílabas coléricas, testarudas, o erupción del alejandrino..

Porque Pedro Mairal, siempre en busca de nuevas formas, ha adoptado para esta recopilación la forma primigenia de la respiración.



Pedro Mairal, Supermarket Spring. Traducido del español (Argentina) por Julia Azaretto. Edición bilingüe. L’atelier du tilde, col. «Lolita Valdez», 110 págs., 16 €  

lunes, 18 de septiembre de 2017

"Traducir al francés era para mí una forma de provocación"

Traductor francés del ruso, Paul Lequesne ha entrevistado recientemente a la traductora argentina Julia Azaretto, quien tradujo al francés a Pedro Mairal. La entrevista, así como la crítica a esa traducción –que se publicará en la entrada de mañana–, fueron incluidas en la publicación digital En attendant Nadeau, que amablemente traduce para este blog la traductora española María José Furió/Liu.

Una entrevista con Julia Azaretto

Julia Azaretto, la joven traductora de Supermarket Spring, de Pedro Mairal, estuvo el pasado mes de junio de paso en París. Aprovechamos entonces para preguntarle por su vida, su obra y sus íntimos desplazamientos entre el español y el francés. Ese día hablamos también de Julio Cortázar, del cerebro de los traductores y de las ediciones bilingües.  

¿Cuándo decidiste traducir Supermarket Spring al francés?
–Empecé la traducción de Supermarket Spring en 2006. Y este primer trabajo dio lugar a una publicación, con pseudónimo. Adopté el de Agnès Azar, ¡pues ni siquiera me atrevía a firmar con mi propio nombre! La reelaboré luego, en Arles, con la Fábrica de Traductores, ya que debía presentar un proyecto. Pero como no había firmado el texto ya publicado, hubo sospechas de que mi dossier era un plagio. La situación se complicaba: yo me encontraba a la vez entre dos idiomas y entre dos nombres. Pero en definitiva, la parte más significativa de la traducción la hice en Arles, en 2011, especialmente con Claude Bleton, que era uno de nuestros tutores. Luego lo dejé en reposo y lo recuperé cuando L’atelier du tilde aceptó publicar el texto.

Tengo entendido que empezaste a traducir al francés cuando llevabas seis años instalada en Francia, ¿es así?
–Sí, en 2006 hacía seis años. Al principio, no quería. Es raro, es cierto, que un traductor se arriesgue a traducir en un idioma distinto del suyo. ¿A quién puedo citar? ¿A Bernard Hoepffner en inglés? Pero no creo que viviera de ello. Silvia Baron Supervielle, Luba Jurgenson al ruso... Fue mi hermano mayor, que es compositor, quien me animó. Me habló de Beckett y de unos cuantos locos y grandes figuras de la literatura, y me dijo que también se trataba de eso, de intentarlo o de fracasar “mejor”. Ya sabes, Beckett dijo eso en Rumbo a peor: «Fracasa otra vez. Fracasa mejor».

¿El hecho de traducir del español hacia el francés cambia tu manera de traducir del francés al español?
–Sí, creo que sí. Pero no estoy segura de que sea el hecho de traducir hacia el francés. Creo que es, sobre todo, el haber hecho, en cierto momento de mi vida, esta elección, radical, de dejar mi país y mi idioma. Y encontrarme de pronto en un estado de alerta permanente. De descubrir, por ejemplo, que se puede soñar en un idioma extranjero sin hablarlo correctamente, al contrario de lo que habitualmente se cree. Se puede soñar en otro idioma sencillamente porque una pasa el tiempo pensando en ese otro idioma. Es esta experiencia, el hecho de poder romper muchos tópicos, en el sentido de doxa, lo que ha cambiado mi deseo, mi visión de la traducción.

Hay un cita de Cortázar, reproducida por Silvia Baron Supervielle en un texto poco conocido, El cambio de lengua para un escritor, que empieza diciendo «El jazz es mi patria» y continúa así: «el exiliado son dos personas en una sola. Y no hay un solo gran poema que no haya nacido de la desorientación». ¿Estás de acuerdo?
–¡Ah, qué bonito! ¡Me anima a releer a Cortázar! Pero no sé si estoy completamente de acuerdo. No, me gusta mucho la imagen, y hay una parte de verdad en lo que dice, pues está muy presente ese sentimiento de dilema, de fracasar en cierto momento en los dos idiomas, de fracasar o de tropezar constantemente, como un gran títere torpe. Pero al mismo tiempo, una particularidad de la condición de exiliado es que, pese a todo, uno sigue siendo la misma y única persona. El cerebro se ve de pronto moldeado por la llegada de este nuevo idioma, y moldeado de tal forma que la misma lengua materna no resulta indemne. Es una experiencia a la vez desconcertante y bastante embriagadora, pues va a la contra del tópico de la lengua materna como algo inmutable, como una adquisición definitiva. Y está claro que eso es falso, cosa que puede hacer que tiemble la tierra bajo tus pies cuando te das cuenta. Pero si somos un poco funámbulos es bastante bonito descubrir que la lengua materna también se transforma, aunque continúe anclada en nosotros de manera indefectible. Esto remite a algo más general que concierne a la vida: ¡no hay nada fijo, las experiencias nos transforman, y eso ocurre sin que nos demos cuenta!
La verdad, en cualquier caso, es que al principio traducir al francés era para mí una forma de provocación, de intentar que se tambaleen las certidumbres del otro. Quiero decir del francés, ¡lo extranjero para mí! Había también una voluntad muy fuerte de proponer en francés autores que me parecían importantes. Además, forzosamente tengo un oído para el idioma original que un francés no tiene. Estoy pensando, por ejemplo, en un poema de Mairal del que estábamos hablando, «Andante cantabile»: me di cuenta de que ningún francés con el que me crucé había comprendido de entrada, en su primera lectura, que Mairal estaba hablando de los pechos de las mujeres, ¡mientras que para mí era evidente!
Si hablas español, ni siquiera te lo preguntas. Desde el primer verso habla de «la forma del agua» y de «debajo del verano». Ahí ya piensas en la mujer encinta, en las curvas, aguzamos el oído. Y luego: «curvando con su paso el mediodía», es alguien con tantas redondeces que llega a curvar el mediodía. Y luego, un poco más abajo no queda ninguna duda: «una alegría en el temblor moreno». «Una alegría» tiene una connotación muy sexual en Argentina. Cuando dices de una mujer o de un hombre: «nunca una alegría», ¡quiere decir que tienen una vida sexual muy pobre!
Me parecía que algunas traducciones no reproducían la oralidad a la que soy muy sensible y, sobre todo, que yo oigo. Cuando lo oigo y veo que en francés se adopta un registro más elevado, se vuelve muy envarado cuando en español son expresiones muy habituales, no termina de convencerme. Pienso no, no es eso: estamos traduciendo más de lo que hemos leído. Estamos traduciendo una idea que tenemos del otro. ¡No quiero decir que eso no me ocurra nunca a mí!
Por eso me parece interesante trabajar entre varios. Las lecturas de unos y de otros pueden completarse y enriquecerse. El trabajo de traducir no debería ser solitario.

¿Te has fijado en que Contra las bestias era la continuación de Supermarket Spring? «El último testigo de la hecatombe final, el que se come a los demás…»
–¡No, no lo había relacionado! Es cosa del azar. He llevado durante mucho tiempo el proyecto de Supermarket Spring, pero Contre les bêtes (Contra las bestias) fue un encargo. Me encantó traducirlo, pues era un reencuentro con el español. Ahora tengo ganas de que el texto sea publicado, difundido, que el espectáculo gire, pero no fui yo quien lo descubrió.

Pedro Mairal repite a menudo en sus entrevistas que desde el principio poseía un «bagaje formal importante» en poesía. Declara haber escrito muchos de los poemas de Tigre como los pájaros en endecasílabos y en heptasílabos. Cuando uno observa al detalle Supermarket Spring, se da cuenta de que a menudo vuelve a esos versos de once sílabas, al pentámetro de hecho, y a los versos de siete sílabas, pero que los disfraza, de algún modo, añadiendo una palabra, por ejemplo, para que el verso suene de manera menos exacta. ¿Lo has tenido en cuenta y, en tal caso, de qué manera?
–Cuando conocí a Pedro Mairal, en 2006, me dio a entender que era muy importante el ritmo, la métrica. Pero en esa época quizá yo no estaba en condiciones de entenderlo. Más adelante, en la Fábrica, resulta que Claude Bleton no abordaba el problema por ese lado, y sin embargo me parecía que siempre daba con la imagen justa, con el ritmo necesario, y entonces pensé que no lo necesitaba, a pesar de que el autor me había dado una información importante. Por lo tanto, no, no le presté una atención específica, no quise romper versos de 11 o de 7 sílabas. Presté más atención a la respiración, a la oralidad, es decir, a esa voz que oía, y por eso a veces soy más directa, más sintética.

Me parece que Pedro Mairal en Supermarket Spring buscaba otra forma, que no fuese rígida, aunque luego vuelva al soneto.
–Más que la búsqueda de una forma es el deseo de derribar un pedestal, una idea de la poesía. Entonces, sí, para eso se necesita pese a todo una forma, pues hay oralidad ahí, y Mairal no transcribe la forma de hablar de la gente, él la escribe. Pero esta alternancia de versos de 11 y 7 sílabas no sé si la ha elegido conscientemente, como el medio más seguro de restituir la oralidad del español.

¿No crees que más bien es una reminiscencia de la poesía clásica? No es algo que se observe sistemáticamente. Hay versos de cuatro, de cinco sílabas, y luego de pronto un grupo de endecasílabos, y se advierte que lo ha hecho adrede, o bien que el autor respira el idioma así.
 –No, yo he visto a Pedro contar las sílabas para que caiga justo. Luego, es juguetón, y es posible que haya querido romper la forma misma que él había creado.
Cuando leemos los Pornosonetos no reconocemos la forma del soneto, de tan cómodo como está. En los Pornosonetos lleva su proyecto más lejos todavía: la forma del soneto se hace invisible, cuando es muy restrictiva. Quizá su proyecto entero, su búsqueda de la forma consista precisamente en escamotearla.

¿Habrías traducido de forma diferente si los textos hubiesen estado página contra página?
–Si los textos hubiesen estado página contra página no habría querido que la traducción se publicase con este editor. Cuando tienes entre manos una edición bilingüe, o bien no entiendes nada de la lengua extranjera y solo miras la versión francesa, de manera que la versión original no te sirve estrictamente de nada y te estorba; o bien, y es el caso más frecuente entre los lectores de poesía, sientes cierta curiosidad, quieres leerla, tienes algunas nociones de español, puedes seguir, miras, pero en este caso incurres en una lectura híbrida, escolar, que mantiene la ilusión de la correspondencia unívoca entre los idiomas, y yo quería evitar eso.
Porque para mí es una trampa: cada lengua comporta un universo fantástico de sonoridades, de escritores (y por lo tanto, de voces en la lengua), de argots, de gestos, de maneras… En este sentido me parece que Cortázar tiene razón, el exiliado es una persona doble, porque no somos del todo el mismo según los idiomas que hablamos. Los idiomas aumentan nuestro ser, y eso me parece fascinante. La regla del juego cambia con la lengua. La edición bilingüe página contra página es muy interesante para proyectos muy concretos. Pero no es este el formato más apropiado en mi opinión para conseguir que el lector francés oiga el trabajo de Mairal sobre el habla de Argentina.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Pedro Serrano presentó, junto con Lori Saint-Martin, el centro de traducción de BANFF

El Centro Internacional de Traducción Literaria de Banff (CITLB), en Canadá, ofrece a los traductores literarios una residencia de tres semanas en la que pueden trabajar en su proyecto en curso y, en algunos casos, junto con el autor al que están traduciendo. Es, asimismo, un sitio de intercambio internacional para consultar y estrechar vínculos con colegas traductores y autores. A todo ello se refirió Pedro Serrano, su actual director, en la charla brindada en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, el pasado 13 de septiembre. Lo hizo acompañado de la escritora y traductora canadiense Lori Saint-Martín, asesora y tutora de traductores de la institución.

En los próximos días se subirá el correspondiente video.


Pedro Serrano nació en Quebec, en 1957, en el seno de una familia mexicana, es poeta, ensayista, profesor universitario y traductor. En la actualidad dirige el Periódico de Poesía, publicación on linede la UNAM, donde también enseña. Publicó los libros de poemas El miedo (1986), Ignorancia (1994), Turba (2005), Desplazamientos (2006, que reune poemas de los tres libros, anteriores), Nueces (2009). En 2000 publicó con Carlos López Beltrán La generación del cordero. Antología de la poesía actual en las Islas Británicas y No tire piedras a este letrero de Matthew Sweeney, Rey Juan, de William Shakespeare (2003). También en 2000 se estrenó en Francia y México la ópera Les marimbas del éxil, con libreto suyo y música de Luc Le Masne. La editorial chilena LOM acaba de publicar una voluminosa antología de la poesía mexicana realizada por Serrano y López Beltrán.

Lori St. Martin ha publicado una novela, dos volúmenes de cuentos y un libro de microficciones. Profesora de la Université du Québec en Montréal, ha traducido al francés más de 90 novelas, libros de cuentos y obras de no ficción de Margaret Atwood, Carol Shields, Mordecai Richler, Naomi Klein, Louise Penny, Maya Angelou, Gil Adamson, Miriam Toews, Alistair McLeod, Ann-Marie McDonald, David Homel, Neil Smith, Neil Bissondath y Lori Lansens, entre otros autores de habla inglesa. Del castellano ha traducido a Gustavo Nielsen, Leila Guerriero, María Jesús Álvarez, Marta Chicote, Alejandro Crotto y Sandro Barella. En 2004, 2006 y 2008 recibió el prestigioso Premio a la Traducción de la Québec Writers’ Federation. En 2000, 2007 y 2015 obtuvo el Governor General’s Award, máxima distinción literaria que otorga Canadá, por la traducción de dos obras de Ann-Marie MacDonald y una obra de Mordecai Richler, respectivamente.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Presentación de Lori Saint Martin en castellano

La editorial Milena Paris & la Librería Norte
tienen el agrado de invitar a los lectores del blog del
Club de Traductores Literarios de Buenos Aires a la presentación de



Matemáticas íntimas, de la escritora canadiense 
Lori Saint-Martin
con traducción de Jorge Fondebrider


Primer libro de la colección Montmirail

Jueves 14 de septiembre 2017 a las 19hrs
en Librería Norte (Av. Gral. Las Heras 2225)

Charla - Lectura - Firma de ejemplares - Brindis

martes, 12 de septiembre de 2017

"En realidad soy y quiero continuar siendo una lectora amateur"

La editorial Hueders acaba de distribuir en México el libro Lecturas no obligatorias, de la poeta polaca Wisława Szymborska. El 13 de agosto pasado, el periodista mexicano Juan Carlos Talavera publicó en el diario Excelsior una entrevista que le hizo a Manel Bellmunt Serrano, el traductor español de la Premio Nobel de Literatura 1996, que se reproducimos a continuación.

Wisława Szymborska; El diario literario de una poeta

Dicen que el testamento literario de Wisława Szymborska (Kórnik, 1923-Cracovia, 2012) está en su prosa, en esas breves piezas con cara de reseña que escribió entre los años 80 y 90 del siglo pasado, que circulan en México por primera vez bajo el título de Lecturas no obligatorias.

La traducción estuvo a cargo de Manel Bellmunt Serrano, quien muestra esta selección de 94 “artefactos de ficción”, cubiertos de ironía, donde la poeta que obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 1996 explora un montón de libros olvidados que le sirvieron para hablar sobre historia, arqueología, biología, psiquiatría, geología y biología.

La propia Szymborska adelanta sus intenciones en una nota introductoria: La idea de escribir Lecturas no obligatorias, dice, surgió de la columna que normalmente aparece en todas las revistas literarias con el nombre de Libros recibidos; y reconoce que se solía otorgar preferencia a las bellas letras y a los artículos sobre política actual, mientras que las memorias y las reediciones de los clásicos gozaban de una menor importancia. “Prácticamente ninguna (importancia) se concedía a las monografías, las antologías y los diccionarios. Y ninguna en absoluta a los libros de divulgación científica o a cualquier tipo de guía. Pero las cosas se veían de otra manera en las librerías…”.

Y añade: “Al principio pensaba que escribiría verdaderas reseñas, es decir, que determinaría en cada caso la naturaleza del libro, lo colocaría en una determinada corriente y daría a entender cuál de ellos es mejor o peor. Pronto me di cuenta de que no era capaz de escribir reseñas y que ni siquiera tenía ganas de hacerlo. Que en realidad soy y quiero continuar siendo una lectora amateur, sobre la cual no recaiga el apremiante peso de la constante evaluación”, apunta.

Wisława reconoce que en muchos de estos textos el libro es el tema central, pero en otras ocasiones sólo el pretexto para entretejer libres asociaciones. “Aquel que califique estas “lecturas” de folletinescas estará en lo cierto. Quien se empecine en que son “reseñas” se llevará un desengaño. Y, una cosa más, lo digo de corazón: soy una persona anticuada que cree que leer libros es el pasatiempo más hermoso que la humanidad ha creado”.

Y aunque Szymborska no resta importancia a otras actividades, como bailar, cantar, realizar gestos significativos, organizar fiestas y refinadas ceremonias, porque sin estas diversiones la vida humana pasaría sumida en una monotonía inimaginable. “Sin embargo, son actividades en grupo sobre las que se eleva un mayor o menor tufillo de instrucción colectiva. El homo ludens con un libro es libre”, indica.

En entrevista con Excélsior, Bellmunt Serrano explica que Szymborska es más conocida como poeta, aunque también tuvo una producción amplia de textos en prosa que integran una especie de diario literario de la autora polaca, que publicó en el semanario Życie Literackie y en la revista Pismo u Odra, entre los años 80 y 90, a partir de esos libros que estaban fuera del radar de la crítica literaria, los cuales utilizó para hablar sobre temas poco convencionales.

Es importante decir que el punto de partida de estas prosas está en la poesía. Muchos de los temas que trata en estas piezas en prosa ya los había abordado en su poesía. Por lo tanto, podemos decir que existe una relación entre los temas tratados en su prosa y en sus poemas”, agrega Serrano vía telefónica.

“Pero también hay que decir que estos textos en prosa no se prestan a preámbulos, sino que ella directamente va al tema principal. Ella no quería extenderse en excesos. Y, aunque alguna vez Szymborska expresó que no se sentía muy cómoda en la prosa, eso no es verdad, añade.”

Cuando la leemos, observamos que ella se maneja con maestría también en la prosa, donde el eje que une a estos textos es el ser humano. Ésa es la esencia, el eje vertebrador de casi todos los textos”, señala.

FILOSOFÍA COTIDIANA
En Lecturas no obligatorias, Szymborska escribe lo mismo sobre horticultura, moda y la felicidad que sobre la caza de brujas, el turista de a pie, la caza de animales y las divas de la ópera. Se detiene en Dostoievski, en el Cid Campeador y el periodismo de Lucjan Wolanowski; pero también nos hace reír con los calendarios de pared y las enfermedades de los perros.

¿Cómo definiría a este conjunto de prosas?, se le pregunta a Bellmunt Serrano. “Lo he pensado y creo que se asemejan a un diario literario. Hay varios tipos de diarios en la literatura, como aquel que una persona escribe sin pensar en su publicación posterior, otros que se ocupaban de cosas literarias y no literarias con una voluntad artística en cuanto a la reflexión, o aquellos que tienen una intención clara y literaria para publicarse, como sucedió con Witold Gombrowicz. No sé si ella quería hacer algo híbrido o jugar entre ambas cosas”, asegura.

“Los textos de Szymborska tienen al mismo tiempo una espontaneidad, un valor humano y ese tono casi confesional que ella adopta al escribir. Así que al final encontramos eso: un género un poco híbrido parecido a un diario literario que, al mismo tiempo, quiere dialogar con el lector”, narra.

¿Qué problemas enfrentó en la traducción? “De tipo lingüístico. Ella es heredera de una de las corrientes principales de poesía lingüística de Polonia. Quizá en su prosa no se ve tan claramente como en la poesía, pero en muchas ocasiones ella retuerce un poco el lenguaje para formar palabras nuevas o utilizar un significado extra, que difícilmente se traslada a otros idiomas. No podemos decir que la traducción haya sido imposible o demasiado difícil, pero en ocasiones sí planteaba retos importantes”, confiesa.

¿Por qué ella utiliza la frase homo ludens? “Es un concepto que utiliza en muchas ocasiones para referir a lo que nos distingue de los demás seres, lo que nos hace únicos y que le sirve a ella para celebrar, en cierta forma, el hecho extraordinario de que estemos aquí y de que tengamos la capacidad de inteligencia. Es una idea que ella retomó de Blaise Pascal”, indica.

Pero cuando Wisława habla de filosofía en su prosa o en su poesía… lo hace de una manera en que podamos entender lo que nos dice. Digamos que la poesía permite al poeta meditar a través de la poesía, así que hay una unidad entre poesía y filosofía; pero la filosofía de Szymborska es más accesible, porque ella no se preocupa de las cuestiones que ocupaban a los grandes filósofos, sino que ella elabora una filosofía del día a día, lo que podríamos llamar una filosofía más cotidiana”, destaca.

¿Quedan prosas pendientes de traducirse al español? “Aún quedan varios textos pendientes de traducir. Esperemos que en el futuro lo podamos retomar. Lo cierto es que en otros idiomas hay menos textos de los que podemos gozar en español”, concluye.


lunes, 11 de septiembre de 2017

"¿Y por qué no?"

Daniel Gigena es uno de los mejores periodistas culturales argentinos de la actualidad. En la siguiente columna, publicada en el diario La Nación, de Buenos Aires, el 22 de agosto pasado, se hace una pregunta, acaso complementaria de la columna firmada por Guillermo Piro, publicada en este blog en el día de ayer.

¿Por qué leemos?

Cuando mi madre me preguntó una tarde por que leía tantas novelas no supe qué responderle. Estaba sentado arriba de la escalera, donde daba un poco de sol a esa hora de la siesta, mientras ella removía la tierra de un cantero. Como mi dormitorio era enorme, mandó construir una biblioteca muy funcional, con estantes de madera terciada pintados de blanco. Se podían hacer dos filas de libros por estante. Mi padre ya había muerto y quedaban las colecciones de libros que había comprado en su no tan larga vida. Policiales, biografías y novelas y volúmenes de cuentos en ediciones bien encuadernadas. Algunas tapas imitaban el color del cuero y otras tenían los títulos impresos en letras doradas o (en el caso de los policiales) letras negras sobre fondo rojo.

Esa pregunta volvió unos años después, mientras daba clases en una escuela secundaria de Villa Madero. "¿Pero por qué leemos esto?", preguntaban los chicos. "Esto" eran cuentos de Borges, de Cortázar, de Silvina Ocampo (mi preferida) y de Haroldo Conti. Muchos ya habían leído con la profesora titular relatos de Horacio Quiroga y de Manuel Mujica Lainez. Les daría clases hasta finales de ese año y tenía que convencerlos. ¿De qué? Ellos no sabían que antes de que nacieran ahí había quintas de portugueses y que por el lugar donde estaba el patio escolar corría el agua de las acequias.

Tenía preparada una respuesta para esa ocasión: "¿Y por qué no?". ¿Qué podíamos hacer si no leer los mejores cuentos y al menos tres buenas novelas de escritores argentinos? No por nada le habían puesto a la materia "Literatura argentina". Otros antes de nosotros se habían dedicado a imaginar mundos o posibilidades del mundo con elementos (eso hay que reconocerlo) de este propio mundo. Algunos incluso lo hacían mientras nosotros estábamos en una escuela del conurbano a las diez de la mañana.

Resultó más efectiva esa respuesta que una explicación histórica o didáctica, ¡que también tenía preparada! Ese par entraría de puntillas más tarde, a la hora de dar clases, preparar un cuestionario o detallar el plan de lecturas complementarias.

Leer literatura era no intentar ser útil por un rato, ni en un primer momento explicar nada ni levantar monumentos verbales sobre los autores (pocos de los que figuraban en el programa ministerial vivían en ese entonces). Las cuestiones prácticas durante la lectura quedaban reservadas para cuando, si no se entendía una palabra, teníamos que usar el diccionario. Les decía una frase que llegaba desde mi propia experiencia como alumno: "Consulten el diccionario si no entienden una palabra".

Reconozco que al principio me fastidiaban aunque, con el tiempo, empecé a agradecer las preguntas sobre el sentido que podía tener la lectura tanto como a desconfiar de las respuestas rimbombantes y elevadas sobre los propósitos. Leer una novela puede servir para amortiguar los efectos de un duelo o, como el caso ficticio de don Quijote, para convertirse en un héroe anacrónico. No sé si cada vez que leemos una novela nueva o un libro de cuentos que nos regalaron es para encontrar por fin la respuesta a esa pregunta que otros nos hicieron hace mucho y que nosotros no olvidamos.

viernes, 8 de septiembre de 2017

¿Leen los poderosos? Trump, por caso, no


Guillermo Piro –¿quién si no?– reflexiona en la siguiente columna sobre la relación que existe entre el libro y los poderosos. Lo hace en su columna dominical del diario Perfil, publicada el 13 de agosto pasado.

El libro como atributo del poder

En un artículo publicado el martes pasado en Le Monde, Guillemette Faure se pregunta cuál es hoy el rol del libro –entendido como objeto de papel– en el momento en que las personas poderosas –políticos o grandes empresarios– deciden comunicar sus gustos y aptitudes intelectuales. En un tiempo era importante dedicarle un tiempo, cada mañana, a leer la mayor cantidad de diarios y revistas posible. Con la llegada de internet, ese rito en gran medida desapareció: hoy es más normal leer artículos a lo largo del día, en los momentos libres, en la tablet o en el smartphone. Pero la foto de un político mirando su iPhone no comunica lo mismo que otro inmerso en la lectura del Wall Street Journal, y es por eso que el libro se volvió un objeto que, en palabras de Faure, “encarna la capacidad de resistir a las distracciones inmediatas, de permanecer concentrados en algo por más de dos horas. Es la antidispersión”.

En su retrato oficial, Emmanuel Macron tiene sobre el escritorio un ejemplar abierto a la mitad de las Memorias de guerra, de Charles De Gaulle, y dos libros más –cerrados– con obras de Stendhal y André Gide. Pero en la misma foto se ven dos smartphones, como si el realizador de la puesta en escena –ni el fotógrafo ni el propio Macron: alguien más– hubiese querido que la imagen tradicional e intelectual de los libros estuviera ligada a algo más contemporáneo. Hablando de sus hábitos de lectura, Barack Obama, refiriéndose a la profundización y la concentración necesarias para leer un libro, le dijo al New York Times que no le gustan las cosas superficiales. Al igual que muchos políticos –que todos, podríamos decir–, dijo que ama leer biografías, porque lo ayudan a recordar que la época en que vivimos no es tan complicada, después de todo. Pero también le gustan las novelas, porque estimulan una parte del cerebro que el trabajo de presidente suele relegar. Le divirtió leer la novela El problema de los tres cuerpos, de Liu Cixin, acerca del destino del universo, porque sus problemas en el Congreso, comparados con los que tenían lugar en el libro, le parecían “frívolos, algo de lo que no valía la pena preocuparse”.

Bill Gates es uno de los empresarios más conocidos por su pasión por los libros: cada verano se toma el trabajo de explicar cuáles, de los que leyó en el año, le gustaron más. En 2015, Mark Zuckerberg dijo que se había planteado la meta de leer un libro cada 15 días, creando una página de Facebook en donde los usuarios discutían acerca de los libros que él leía. Timothy Ferriss, autor de un libro de entrevistas a 250 personas exitosas, dijo que dejó de preguntarles cuáles eran sus libros preferidos porque por lo general respondían citando el libro que acababan de leer, o uno que habían leído cuando eran jóvenes. Descubrió que era más interesante preguntarles qué libro recomendaban más.


El primer ministro francés, Edouard Philippe, dice: “Marguerite Yourcenar me acompaña en las tomas de decisiones de presupuesto” (no lo dice, pero debe de estar leyendo Memorias de Adriano). Philippe, que lee, critica a los políticos que no lo hacen, como Nicolas Sarkozy, que una vez confesó haber leído el 70% de Guerra y paz, de Tolstoi, y François Hollande, que más de una vez admitió no leer y no sentirse avergonzado por eso. “Esperamos que los políticos tengan una visión del mundo. ¿Dónde la encuentran? ¿En la cotidianeidad?”. Eso se pregunta Tony Schwartz, autor de la más famosa biografía de Donald Trump, aparecida en 1987, El arte de vender. El año pasado, Schwartz le contó al New Yorker que en los 18 meses que pasó trabajando con Trump nunca lo vio abrir un libro. Según Schwartz, “Trump nunca leyó un libro en toda su vida adulta”.