viernes, 20 de octubre de 2017

Juan Arabia habló de Rimbaud y de Pound en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

“La traducción como experiencia dialógica” fue el título elegido por el poeta y traductor Juan Arabia para su charla en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires, que tuvo lugar exactamente ayer. Previamente, él había planteado una serie de preguntas que fue contestando durante la velada; entre otras,  ¿por qué Rimbaud hablaba tanto de las flores? ¿Qué aportan a la lectura de Ezra Pound los trabajos de Ruthven, Stock o Sieburth? ¿De qué manera un texto arroja luz sobre otro texto? ¿Cómo funciona todo esto en el terreno de la traducción? 

A lo largo de casi una hora y media, nuestro invitado se refirió a estas cuestiones y a muchas otras que podrán verse y oírse en el video que se subirá próximamente.


Juan Arabia (Buenos Aires, 1983) es poeta, traductor y crítico literario, egresado de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, y actual director del sello editorial y revista Buenos Aires Poetry. Ha publicado los libros: John Fante. Entre la niebla y el polvo (Buenos Aires, El fin de la noche, 2011); PosData a la Generación Beat (Buenos Aires, Buenos Aires Poetry, 2014); El Enemigo de los Thirties (Buenos Aires, Buenos Aires Poetry, 2015); John Fante: Camino de los sueños diurnos(Buenos Aires, Buenos Aires Poetry, 2016); El Enemigo de los Thirties (Ril Valley / Chile – Los Leones, 2017), Il Nemico dei Thirties (Collana Scilla - Fana, Italia, Samuele Editore 2017).

jueves, 19 de octubre de 2017

En octubre, Julia Zaparart diserta en el SPET

En el próximo encuentro, que tendrá lugar el jueves 26 de octubre a las 18:30 en el Salón de Conferencias del IES en Lenguas Vivas (Carlos Pellegrini 1515), nuestra invitada Julia Zaparart disertará sobre ”Políticas editoriales en traducción literaria: los casos de Patrick Modiano y Michel Houellebecq”

Se trata de la tercera exposición en el marco del Ciclo II/2017: Programa Sur, carnaval, políticas editoriales y 1968: Cuatro investigaciones en torno al objeto traducción.

Julia Zaparart es Traductora de francés y Profesora en Letras (UNLP) y Magíster en Traducción Literaria (París 8). Actualmente realiza un Doctorado en Letras en la UNLP. Se desempeña como profesora titular de la cátedra de Literatura francesa contemporánea (UNLP) y Traducción Literaria II (IESLV Juan Ramón Fernández).

Lectura sugerida:
-Julia Zaparart: “Patrick Modiano en español: el caso de Rue des  boutiques obscures”, en El taco en la brea, núm. 5 (2017), pp. 359-370, disponible en línea.

Quienes tengan previsto solicitar un certificado de asistencia, por favor no olviden firmar después de la reunión en la lista disponible en Cooperadora.

miércoles, 18 de octubre de 2017

¡Marche una fainá para Spregelburd!

En su columna del diario Perfil, del 13 de octubre pasado, Rafael Spregelburd reflexiona brevemente sobre los dialectos y usa a Génova y a la fainá como excusa. O al revés. 

Como en casa

Uno de los factores que contribuyen a que Italia sea infinita radica en la riqueza de sus dialectos. Siempre ocurren dos cosas simultáneas: la lengua oficial y la otra, la de la trampa, la travesura. Sabemos cómo se dice pero elegimos decirlo de otro modo. Las instituciones utilizan una sola lengua para todos, pero la vida por afuera se expresa en otros sonidos y está hecha de otra cosa.

El genovés está curado en la sal del destino de los puertos. Como nos pasa a los porteños de todo el mundo. No sólo es evidente la influencia de la vecina Francia o de la otrora poderosísima España, esa a la que llegó Colombo a pedir ayuda en su empresita, sino que aquí llegaban además el árabe de Túnez o el inglés de los comerciantes y piratas: hay un dialecto técnico marítimo que usa mezcla de inglés con genovés. Del puerto, en plena Via Aurelia, se abrían las rutas montañosas para ingresar a la Europa del norte todos los productos. Pero la arquitectura debió lidiar por siglos con la estrecha franja de planicie que quiso ofrecerle la Liguria. Aun más que en Venecia, donde el plan fue directamente descabellado, aquí el diseño urbano es demoníaco. Pero en eso radica el encanto poco difundido de Génova, la ciudad desfachatada sobre el mar en la que el mar no se ve, la villa hecha de escaleras, de calles a alturas impensadas, de autopistas caraqueñas, la urbe construida bajo tierra. No es inusual descubrir que bajo las calles, bajo alcantarillas enrejadas, se ve una ciudad sumergida, una Atlántida inundable de columnas altísimas, desagües como camas marineras, o teatros que se escarbaron tierra adentro en lo más duro de la roca porque sí.

Sólo aquí, aquí y en Buenos Aires, se puede comer la farinata, delicia pobre hecha de harina de garbanzos que en dialecto genovés se dice fainá y que no se consigue por Italia. Sólo aquí, como en Buenos Aires, los pescadores venden su pesca sin comerla. Los demás italianos sostienen que es porque el genovés es agarrado y prefiere vender el pescado (que es más caro) y cocinar con los productos de la tierra, más baratos. Yo –en cambio–, que filmé una vez una película entre pescadores marplatenses, sé que la pesca es una cosa horrible y maloliente que quita toda gana de comer. En el barco en el que yo filmaba había parrilla para el asado en altamar y el pescado se almacenaba en hielo en la bodega, allí donde no hubiera que olerlo para nada.

Me enamoré de Génova desde el avión. Y no nos une el fainá, sino el espanto.

martes, 17 de octubre de 2017

Homenaje a Wenceslao Roces, traductor de Marx


En el diario La Jornada, de México, el pasado 19 de septiembre, Reyes Martínez Torrijos publicó un breve artículo en el que comenta el homenaje que la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) le realizara al historiador Wenceslao Roces, traductor de Karl Marx.


Recuerdan en UNAM al historiador Wenceslao Roces

En el coloquio Karl Marx: El capital, crítica de la economía política. Libro I, el proceso de producción del capital, 1867-2017, dedicado también a la memoria de Bolívar Echeverría, se hizo hincapié en la importancia de Roces por ser difusor de la cultura internacional en México.

Al inicio, David Moreno Soto, editor de Itaca, destacó que el jurista e integrante del exilio español fue el responsable de “la primera traducción científica completa al español de El capital, junto con muchas otras obras de Marx y Federico Engels. Y que recientemente, en 2014, se publicó una nueva versión que él hizo del primer tomo de ese texto. En estos días está por salir el tomo 2”.

Después, el investigador Andrés Barreda mencionó que Wencesleo Roces fue un “precoz erudito y excepcional jurista crítico; protector del acervo artístico del Museo del Prado durante los bombardeos de Madrid; y su trabajo docente por más de 50 años en la Facutlad de Filosofía y Letras; y como un comprometido militante comunista”, entre otras tareas asumidas.

En el acto, participaron también Jorge Linares Salgado, director de la FFyL, y los antiguos colaboradores del intelectual jurista e historiador asturiano Ricardo Campa y Ernesto A. Schettino.

lunes, 16 de octubre de 2017

Traducir la imaginación: V Taller sobre traducción y edicion de literatura infantil y juvenil



Encuentro intensivo del 22 al 25 de noviembre de 2017 en Buenos Aires, Argentina

Convocatoria abierta hasta el 23 de octubre de 2017

La Fundación TyPA y Looren América Latina convocan a traductores, editores y especialistas de literatura infantil y juvenil a reunirse en un nuevo encuentro intensivo en torno a la traducción. El espacio contará con la participación de profesionales invitados del país y del extranjero, y se realizará en cooperación con FILBITA, el festival de literatura infantil de Buenos Aires organizado por Fundación Filba. 

Para esta quinta edición aniversario llega especialmente a la Argentina la canadiense Patricia Aldana. Figura de larga trayectoria internacional en el terreno de la literatura infantil y juvenil, activa promotora de la lectura y de la traducción, Patricia Aldana preside actualmente el jurado del premio Hans Christian Andersen, el mayor galardón internacional en este campo, otorgado por IBBY (International Board on Books for Young People). Estarán presentes además la traductora francesa Anne Cohen-Beucher y en algunos módulos de trabajo autores invitados a FILBITA, como la dupla suiza de Germano Zullo y Albertine, que llegan a Buenos Aires con apoyo de la fundación suiza para la cultura Pro Helvetia.  

La participación es gratuita con selección previa. 


viernes, 13 de octubre de 2017

Planeta se fue de Barcelona. Las otras analizan...

Xavi Ayén, Josep Massot y Sergio Vila-San Juán firman la siguiente nota publicada en el día de ayer por La Vanguardia, de Barcelona. En ella se habla de las consecuencias de la incertidumbre política y se pronostica un terremoto en la industria del libro español.

La capitalidad editorial de Barcelona se tambalea

Barcelona vio tambalearse el martes, pocos minutos después del discurso de Carles Puigdemont, su capitalidad editorial en lengua castellana. Y con ella, el liderazgo de la primera industria cultural española, que representa el 1,3% del PIB. El grupo Planeta había anunciado que si la independencia de Catalunya era declarada en cualquier forma, trasladaría su domicilio social a Madrid. Y cumplió con ello.

La capitalidad editorial se mide por varios baremos, unos objetivos, otros de prestigio. El primer concepto clave es el de la facturación, y desde hace varios lustros la del Gremi d’Editors de Catalunya –muy mayoritariamente barceloneses– era superior a la del madrileño. Por no mucha diferencia, pero lo era. Según datos del Ministerio de Cultura del 2017, Catalunya representaba el 49,5 por ciento frente al 43,4 por ciento de los editores de Madrid.

El grupo Planeta constituye el principal conglomerado editorial hispanoamericano, con una facturación de 3.300 millones de euros anuales, de los que 1.815 corresponden a las divisiones de libros. Representa en torno a un 18% del mercado. Si su producción pasara del registro de editores barceloneses al de los madrileños, la facturación de estos superaría el 60% del total español, mientras que la de los catalanes descendería en torno al 30%. No está claro que esto ocurra. De momento, Planeta sólo traslada la sede social del grupo, pero las editoriales y los trabajadores siguen en Barcelona. Un destacado editor barcelonés señala, sin embargo, que “a la larga o a medio plazo un traslado de la sede fiscal acaba implicando traslados operativos o presencia de nuevos trabajadores”. Fuentes del sector explican que “se trata de una decisión más meditada de lo que se ha dicho, no sólo por una declaración concreta. Ellos llevan años pensándolo y prevén que la inestabilidad política va para largo”. Todas las fuentes consultadas coinciden en que cuando se toman decisiones de este calibre, “resulta difícil que las empresas vuelvan”.

Un segundo criterio es el del prestigio y la influencia. El grupo Planeta, propiedad de la familia Lara, cuenta con 47 editoriales (más las 13 del Grup 62 y una en Portugal), varias de inequívoca raigambre barcelonesa. Ahora, sellos como Seix Barral que proyectó al mundo Carlos Barral y lanzó el boom sudamericano; la editorial Destino –que con Josep Vergés al frente lanzó los premios Nadal y publicó la obra completa de Pla– o la propia Planeta, que creada por José Manuel Lara Hernández consiguió su primer best seller en 1953 con Los cipreses creen en Dios del catalán José María Gironella, pasan a tener su razón social en la calle Josefa Valcárcel de la capital del Estado. Allí se reunirá el consejo; las grandes decisiones de fondo sobre todos estos sellos pasan ya a tomarse en Madrid.

En el grupo Planeta se remiten a la rueda de prensa del próximo sábado con su presidente Josep Creuheras para aclaraciones ulteriores de su postura e implicaciones prácticas de la decisión. Junto a Planeta, el otro principal gran grupo que tiene su sede en Barcelona es Penguin Random House (PRH), que agrupa a 37 editoriales. PRH está participado en un 75% por la multinacional alemana Bertelsmann y en un 25% por la británica Pearson. En un comunicado el grupo aseguraba diplomáticamente que “seguimos de cerca la situación” y que “en caso de que haya cambios, evaluaremos la situación en consecuencia y tomaremos entonces todas las medidas necesarias para defender los intereses de autores, lectores y empleados”. Observadores del mundo editorial apuntan que en Gutersloh, donde tiene su sede central Bertelsmann, se han preparado para cualquier eventualidad, de modo “que si se produce un cambio de ­marco jurídico, marcharían rápidamente”.

Los responsables de Salamandra, la editorial de Harry Potter, uno de los sellos medianos españoles con más peso y amplia difusión al otro lado del Atlántico, afirman: “La base de nuestro negocio es la compra de derechos de traducción, que se otorgan en función del idioma oficial del lugar donde se editan los libros. En caso de independencia real, Salamandra se vería obligada a trasladar su actividad a otra ciudad fuera de Catalunya. Por el momento, estamos a la expec­tativa.”

Anagrama, por su parte, “no ha puesto sobre la mesa” la eventualidad de marcharse de Barcelona. Daniel Fernández, de Edhasa, dice: “Quiero continuar viviendo en Barcelona. Si no cambian las cosas dramáticamente, seguiremos”.

Patrici Tixis, presidente del Gremi d’Editors de Catalunya, señala que “las empresas lo que buscamos siempre es seguridad jurídica y que nuestros procesos de trabajo puedan desarrollarse con garantías. La situación actual genera incertidumbre y no es buena para nadie”.

Las consecuencias de una eventual independencia de Catalunya casi no afectarían a la venta de derechos, pues muy mayoritariamente se realizan por áreas lingüísticas (español, francés, etcétera). Los editores temen, en cambio, la doble imposición fiscal, es decir, los impuestos de más que pagaría un país de fuera de la Unión Europea para cualquier operación. Si Malcolm Otero (Malpaso) ve “terrorífico” salir de la UE, Luis Solano, de Libros del Asteroide, dice que “si se produjera, cosa imposible, es evidente que nosotros, al igual que la mayor parte de las empresas que tienen su negocio fuera de Catalunya (en mi caso, el resto de España y Latinoamérica supone el 80% de las ventas), deberemos tener la sede en un lugar en que se pueda operar con euros y exportar a Latinoamérica. Se hacen una tirada para todos los mercados y, lógicamente, no vas a hacerla en un país que tiene aranceles”.

Las agencias literarias –otro factor clave en la hegemonía catalana en el mundo del libro– también estudian la situación. Algunas están buscando oficina en Madrid, por si acaso. Otras, como Antonia Kerrigan, dicen: “No nos planteamos salir, aunque a lo mejor dentro de quince días tengo que responder otra cosa. El problema sería que, fuera de la UE, habría que negociar con cada país nuevos acuerdos de impuestos, de lo contrario a cada autor le descontarían cantidades enormes por sus ventas en el extranjero”.

En el caso de las editoriales en catalán no hay lugar a dudas. El Grup 62, pese a pertenecer a Planeta, se man­tiene en Catalunya. Albert Pèlach, director general del Grup Enciclopèdìa Catalana, dice: “Somos una empresa catalana y defenderemos la república catalana allá donde sea”. Respecto a su acuerdo con Planeta, Pèlach comenta: “Tenemos una empresa participada en común y respetamos lo que hace cada uno en su casa”. Montse Ayats, presidenta de la Associació d’Editors en Llengua Catalana, se muestra prudente. “Hasta el sábado no sabremos el detalle de la decisión de Planeta y las consecuencias del cambio de sede. Lo fundamental es que se conservan los puestos de trabajo directos e indirectos, es decir, diseñadores, maquetistas...”.

La edición en catalán se ha visto favorecida por las ventajas que les da contar con un rico tejido industrial. Otra cosa es si una huida masiva de editoriales en castellano pudiera dar un vuelco y la cultura editorial dominante pasara a ser entonces la catalana y primara sobre la castellana.

Un riesgo que no pasa inadvertido a los responsables de editoriales con colecciones en catalán es la reacción de los escritores independentistas que podrían plantearse cambiar de editorial.

 

jueves, 12 de octubre de 2017

"Mercado Libre no es, como Amazon, un depredador”

Publicado el 27 de septiembre pasado en el diario La Nación, el siguiente artículo de Daniel Gigena da cuenta del funcionamiento de la célebre plataforma de ventas argentina. Según la bajada, “En un escenario de caída de las ventas, libreros y editores aumentaron su facturación gracias a la plataforma; las diferencias con Amazon”.

Mercado Libre, un aliado estratégico  para las librerías en tiempos de crisis

Consagrada desde hace años como una herramienta de venta y difusión para el ecosistema del libro en la Argentina, Mercado Libre es hasta ahora un aliado de librerías y editoriales. El mes pasado, en la sede de la Cámara Argentina del Libro (CAL), representantes de esa empresa de comercio electrónico se reunieron con más de ciento veinte editores y libreros para sumar catálogos a la base de datos de Mercado Libre. “Cada vez son más las personas que confían en el comercio electrónico para comprar sus libros –dice Hernán Pérez Stoisa, director de Marketplace de Mercado Libre Argentina–. Los consumidores valoran las herramientas que les ofrece nuestro canal a la hora de buscar, comprar y pagar sus productos en cualquier momento del día y desde cualquier lugar del país.” Destaca además la amplia oferta de la categoría Libros, Revistas y Cómics de Mercado Libre, que aumenta sin parar. “Tanto es así que durante los primeros meses de 2017, el volumen de facturación creció un 60% y la cantidad de publicaciones, un 120% comparado con el mismo período de 2016.” Aun durante un prolongado lapso de caída en ventas en librerías, como ocurrió durante todo 2016 y varios meses de este año y que rozó el 35%, las compras por Mercado Libre se mantuvieron constantes.

“La integración con Mercado Libre permite que altas y bajas de títulos se reflejen en la base de datos”, comenta Ecequiel Leder Kremer, responsable de la librería Hernández. En el último tiempo, Mercado Libre ha incorporado como “tiendas oficiales” a grandes librerías y editoriales referentes de la industria, como Tematika, Cúspide, Distal Libros y Grupo Planeta. A cambio de una comisión del 11% por cada transacción, ofrece a libreros y editores una visibilidad importante de los libros, además de facilidades para que realicen envíos por Correo Argentino. La logística encarece las compras. Si un cliente adquiere un libro de 300 pesos, deberá añadir un gasto de envío no menor a otros 100. “Si el costo de logística no fuera tan elevado, las ventas serían mucho más altas”, indican varios editores.
“La mayoría de libreros y editores dice que aumentó sus ventas gracias a Mercado Libre”, indica Diana Segovia, gerenta de la CAL. Esa plataforma de comercio electrónico es una referencia para los nuevos consumidores, que optan por efectuar transacciones online. En Hernández, las ventas por medio de ese canal representan el 6% del total. Segovia y Leder Kremer coinciden en que Mercado Libre acerca a las librerías un universo de clientes que no suelen frecuentar esos espacios. “Vemos cada vez con mayor frecuencia editoriales que eligen Mercado Libre como un socio estratégico para publicar y vender a través del e–commerce a todo el país –apunta Pérez Stoisa–. Las librerías y editoriales incorporan este nuevo canal que complementa su estrategia de ventas y, al mismo tiempo, brinda a los clientes los beneficios del ecosistema de Mercado Libre.”

Socios contra la piratería
¿Cuál es entonces el riesgo ante un panorama tan grato? “El que señaló Roger Chartier hace varios años: que las librerías se conviertan en depósitos de libros”, responde Leder Kremer. Por ahora, la realidad parece contradecir al intelectual francés, debido a que muchos de los clientes que pasan a retirar los libros por los puntos de venta aprovechan la visita para recorrer las librerías y elegir algún otro título para llevarse a casa.

Pero si un día la empresa decidiera aumentar el costo por cada transacción (que no es bajo) o vender libros en forma directa, como hace Amazon, la convivencia entre partes dejaría quizá de ser idílica. Desde la empresa aportan cifras: “Según el relevamiento de la Cámara Argentina de Comercio Electrónico, en la primera mitad del año los sitios de comercio electrónico recibieron 1407 millones de visitas, un 14% más que el mismo período de 2016 y un 55% del total del año pasado. Hay una gran oportunidad para las librerías y editoriales de sumarse a esta tendencia que día tras día se hace más evidente”.

“Aunque no me gustan las concentraciones de poder, Mercado Libre no es, como Amazon, un depredador”, dice Leder Kremer. La empresa argentina creada en 1999 no sólo respeta la ley del precio fijo del libro, sino que además, en colaboración con la CAL, da pelea contra la venta ilegal de libros digitales. “Por un convenio con la CAL, en 48 horas Mercado Libre da de baja libros digitalizados de manera ilegal”, destaca Segovia. Casi el 80% de los libros digitales que se ofrecen en esa plataforma son ilegales e infringen derechos de autor. Una vez que las editoriales realizan la denuncia, Mercado Libre los retira de la plataforma y califica negativamente al vendedor.

Como se sabe, la “bibliodiversidad” atiende en especial en ciudades como Buenos Aires, La Plata, Rosario, Córdoba y Tucumán. En muchas regiones del país, las librerías son casi inexistentes. Allí es donde entra en acción Mercado Libre, que provee a los lectores de un catálogo de catálogos. Darío del Río, de la librería porteña Tres Deseos, que vende libros usados, no titubea. “Mercado Libre no es un enemigo de las librerías, de hecho es un gran amigo”.

“Con el objetivo de democratizar el comercio electrónico y colaborar con los emprendedores argentinos, apoyamos a las librerías que, si bien antes podían abastecer la demanda en la zona donde se encontraba su comercio, ahora pueden llegar a un público mayor en todo el territorio nacional”, dice Pérez Stoisa. Del Río también reconoce que los gastos de envío de libros a las provincias encarecen el precio final de la compra. Ese costo lo pagan los lectores.

miércoles, 11 de octubre de 2017

Roland Barthes traducido por Matías Battistón

La editorial Godot, de Buenos Aires, acaba de publicar, en traducción de Matías Battistón, Un mensaje sin código, recopilación de los textos completos de Roland Barthes, en la revista Communications.

El volumen incluye cinco artículos hasta ahora inéditos en castellano: J. Marcus Steiff, Les Études de motivation (reseña, 1961); La civilización de la imagen (reseña, 1961); La vedette: ¿encuestas al público? (1963); La civiltà dell’immagine (reseña, 1964) y Presentación (1964)

Como se señala en el sitio de Godot, “Roland Barthes nació el 12 de noviembre de 1915 en Cherburgo, Francia. Un año después, su padre falleció en un combate naval. En Roland Barthes por Roland Barthes define su infancia: “Ni padre que matar, ni familia que odiar, ni medio que rechazar: ¡gran frustración edipiana!”. El pequeño Barthes recibió una pensión por parte del Estado para costear sus estudios. En 1939, se licenció en Letras Clásicas y cuatro años después en Gramática y Filología. A los 19 años sufrió un primer ataque tuberculoso. Obligado a descansar, se recluyó en los Pirineos. La tuberculosis lo acecharía el resto de su vida.A los 45 años fue nombrado Jefe de trabajos de la sexta sección de la Escuela Práctica de Altos Estudios en Ciencias Económicas y Sociales. Tan solo dos años después asumió como director de estudios de Sociología de los signos, los símbolos y las representaciones. Durante dieciocho años llevó adelante su cargo hasta ser electo por el Collège de France para presidir la cátedra de Semiología Literaria. Murió en la primavera de 1980, a los 64 años, luego de ser atropellado por una camioneta de lavandería en la calle les Écoles, frente al Collège de France, donde dictaba clases”.



martes, 10 de octubre de 2017

La James Joyce Foundation y Looren asociados

Florence Widmer, de la Uebersetzerhaus Looren nos envía la siguiente información que atañe, fundamentalmente, a los traductores de la obra de James Joyce.

Joyce Scholarship and Looren Residency 2018

Dear translators and association members,

The Zurich James Joyce Foundation and Translation House Looren would like to inform you that the application deadline for a Joyce Scholarship and Looren Residency 2018 has been extended to October 30th, 2017. Translators with an ongoing translation of a Joyce text are invited to apply, all target languages are eligible. The Scholarship/Residency includes a one-month stay at Looren to work at the Zurich James Joyce Foundation.

For more information and details, please refer to the call for applications attached to this email, or visit our websites 
www.looren.net and www.joycefoundation.ch.

with best regards,

Florence Widmer
Translation House Looren
CH-8342 Wernetshausen
+41 (0)43 843 12 43

Call for applications:

lunes, 9 de octubre de 2017

Ay, la grandísima cultura

El 29 de septiembre pasado, en su columna del diario Perfil, Rafael Spregelburd se refirió a una pieza teatral que vio en Francia y que, en muchos aspectos, se toca con la traducción. Es, entonces, una buena manera de empezar una nueva semana.

Mirar como loco

Sólo puedo alegar en mi favor que el espectáculo es raro. Pero todo era un poco raro, incluso antes. El jet lag, el idioma, el vuelo, la despedida previa, la búsqueda infame de wi-fi, el tranvía normando que se paga sólo con tarjeta y que por algún motivo no acepta la mía, en fin, estoy a expensas de todo. Así que cuando comienza la obra no me doy cuenta de que la espectadora que se sienta al lado mío está loca de atar.

Los actores nos reparten vino, la obra empieza así. Algunos lo beben. A mí no me gusta el vino y no sé para qué sirve. Primer gran error de la noche. La espectadora insiste, con una persistencia molesta, en que comparta su copa. Yo me niego en francés de alguna manera que juzgo educada pero a lo mejor le dije: “El orto trina aquí por Baco”, ya que el francés está hecho de pedacitos irreconocibles de otras palabras que quieren decir cualquier cosa, siempre diferente de lo que uno dice, y “decente” y “descenso” suenan 95% idénticas y –si bien deben provenir de una misma raíz que las ata para siempre– ahora ya deberían estar desatadas y el francés bien podría desplegar alguna técnica cartesiana para diferenciar las cosas simples. Pero no.

Así que si bien no bebo, ella insiste en que me quede con su copa medio llena. Y cada diez minutos me dice algo en francés o en un inglés selenita que ella cree que yo entenderé mejor. Es evidente que es parte de la obra. Yo me hago el que me concentro; actúo de espectador. Pero me sale pésimo. No entiendo a los actores en francés y a los italianos y portugueses apenas a gatas. Luego me enteraré –ya muy tarde– de que el texto ha sido construido por los pícaros directores de Transquinquennal como un espeso cadáver exquisito intercultural. Como la experiencia de L’Ecole des Maîtres es diferente cada año, el colectivo belga (al que conozco bien y quiero con locura) ha decidido experimentar con el fracaso: hacen todo lo que está destinado a fracasar en el teatro. La pseudoceremonia religiosa para el escándalo del devoto (que va poco al teatro), el desnudo artístico o no (la diferencia ya no existe), la violencia entre actores (para ver si el público los frena), la aceptación del desacuerdo (el público es interpelado). La propuesta es inquietante porque se matiza con noticias “reales” (entre ellas, una fiesta millonaria de Macron en Las Vegas para financiar su campaña entre empresarios) y yo celebro que en vez de presentar “energía joven” los directores hayan preferido presentar “joven intelecto”, pero las cosas se tornarán aún más inquietantes porque mi nueva amiga, la del vino, alza la mano para hablar. Les dice a los actores cosas lindas, por ejemplo, que le gustaría poder llorar, acompañarlos en la melancolía, pero que no puede porque lo que hacen es demasiado abstracto. Lo dice en un francés que es de otra parte y, negra como la noche, es tan extranjera como yo, o muchísimo más; sospecho que bajó de la alta luna nueva hace media hora. Todo lo que les dice es tan cierto que doy por descontado que se trata de una actriz mezclada entre el público. Es otro de los clichés del viejo nuevo teatro. Así que decido no obstaculizar nada y la miro en silencio cuando me habla. Los espectadores nos miran. Ella me pregunta si vine en auto. Muevo la cabeza de un lado al otro; en todos los planetas eso es no. Ah, qué bueno, porque quiere saber qué tranvía la devolverá a su casa. Yo no lo sé y mi tranvía no acepta tarjeta argentina. Ella no entiende cuál de todos los idiomas hablo. Yo tampoco. Me habla sin parar y me pregunta si ya terminó a cada rato. Cuando al fin ocurre, espero que salude junto a sus colegas. Su actuación me pareció obvia, exagerada. Pero no sube al escenario.  Recupera la copa de mi mano y sus dedos, nigérrimos, tocan los míos y la copa. Me dice un nombre que no entiendo, me agradece con un apretón de manos por haberla acompañado en el teatro. No está ni triste ni contenta. Ha ido a ver una obra y ahora toca volver a alguna parte.

El mundo se destruye. No era teatro. No había plan. Sus textos no habían sido escritos. Y allí estaba yo, presente, para no entender nada.

Nuestra capacidad de mirar está formada y deformada por la grandísima cultura.


viernes, 6 de octubre de 2017

Las editoriales Independientes llegan a Mendoza

Raúl Andrés Cuello un joven y emprendedor poeta mendocino (que es también enólogo/biotecnólogo) ha tenido la buena idea de organizar el encuentro que se detalla a continuación.

Feria de Editoriales Independientes y Autogestivas

En el marco de la Feria del Libro de Mendoza, se llevará a cabo la feria de Editoriales Independientes y Autogestivas. La misma cuenta con el apoyo de la Secretaría de Cultura de la provincia y tiene como objetivo acercar al público al fenómeno creciente de las editoriales independientes, sellos que están sabiendo leer los signos del presente, con propuestas rupturistas y con libros de gran calidad material y de contenido.

Se ha propuesto para dicho evento un ciclo de charlas-debate con referentes del sector en las jornadas que van del viernes 6 al domingo 8 de Octubre.

La primera jornada, cuyo leitmotiv es “La traducción en el marco de las editoriales independientes”, contará con la participación del escritor y traductor Jorge Fondebrider.

En la jornada del sábado se dialogará acerca de los errores más comunes al momento de abordar un proyecto editorial y contará con la participación de Víctor Malumián, uno de los editores de la editorial Godot.

Por último y para cerrar el círculo, el día domingo Emilio García de El Cuenco de Plata, disertará sobre aspectos asociados a la comercialización y distribución de las editoriales independientes en el panorama de edición actual.

La entrada es libre y gratuita y el horario de cita es a las 20hs para las tres jornadas.

Asimismo y en simultáneo tendremos en el Stand 6 a Julia Enríquez (Danke), Daiana Henderson (Neutrinos), Juan Crasci (Añosluz) y Nicolás Ruíz (Kala), editores de diversos puntos del país que van a estar presentando sus libros.

¡Los esperamos a todos!

jueves, 5 de octubre de 2017

Dylan Thomas en castellano: "Una empresa temeraria. Acosada de peligros"

Ingrid Pelicori es una de las más sólidas e inteligentes actrices argentinas de la actualidad. No sólo elige bien sus proyectos, sino que lo hace sin permitirse concesiones. Por lo tanto, no es de extrañarse que haya participado en la ambiciosa puesta de Under Milk Wood (Bajo el bosque de leche), pieza para voces que el poeta galés Dylan Thomas estrenó personalmente el 14 de mayo de 1953, a pocos meses de su muerte, en 1953. Desde entonces, la pieza tuvo varias resurrecciones radofónicas, hasta llegar a la adaptación cinematográfica de Andrew Sinclair, de 1972, con un lujoso elenco encabezado por Peter O’Toole, Richard Burton y Elizabeth Taylor. En la Argentina, la pieza –juzgada como “intraducible”, como buena parte de la obra de Thomas– fue traducida por Victoria Ocampo y Féliz Della Paolera y publicada por la editorial Sur en 1959 (hay una versión española titulada Bajo el bosque lácteo que la editorial Fontamara, de Barcelona, publicó en 1979 y que difunta DVD, volvió a publicar en 1999, en traducción introducción y notas de Ramón Andrés). Llevada varias veces al teatro, hay ahora una nueva versión, actualmente en artel, debia a Pelicori. Consciente de la dificultad del texto, ella escribió las siguientes líneas para la revsita del Teatro Municipal "General San Martín". Las reproducimos con su autorización. 

Traducir a Dylan Thomas

Traducir a Dylan Thomas es una empresa temeraria, y condenada en buena medida al fracaso. Si alguna dosis de éxito es posible, esta deriva de la capacidad de decidir con buen tino qué sacrificar. Y qué no.

Para mí, lo primero que no se podía resignar era la comprensión. Por supuesto que intentando no reducir la complejidad de la obra, ni su carácter poético. Dylan Thomas escribió alguna vez: “me gustan las cosas que son difíciles de escribir y difíciles de comprender, me gusta redimir los contrarios con imágenes secretas”. Pero también, cuando en ocasiones fue tildado de “oscuro e incomprensible”, negó los cargos y afirmó que “cada línea pretende ser comprendida”.

En este trabajo de traducción de Under Milk Wood, tuve siempre presente que se trataba de una versión para la oralidad, para ser dicha en un espectáculo teatral a representarse hoy y acá, frente a un espectador que se sienta en su butaca y escucha el texto una sola vez. Entonces, ningún juego de la lengua, ningún intento de asimilar procedimientos podía hacerse a expensas de lo inteligible. Desde ya es imposible traducirlo literalmente: los juegos de palabras, las torsiones sintácticas, las asociaciones basadas en los sonidos, la formación de palabras, los dobles y triples sentidos, además de las referencias culturales galesas, resultarían incomprensibles. Ser fiel, en el sentido de ser literal, iría contra el mismo sentido.

De modo que el primer objetivo fue que la traducción resultara comprensible. Pero también que el lenguaje no sonara envejecido. Y que pudiera “entrar” en la boca del actor, y resonar en su cuerpo y en su afectividad. Por estas razones no podíamos tomar traducciones anteriores. El traductor no tiene más remedio que traducir con su propio lenguaje y su propio criterio de belleza, que indefectiblemente se transforma con el tiempo. Se ha dicho ya que las traducciones suelen envejecer. (Walter Benjamin escribió: “La mejor traducción está destinada a diluirse una y otra vez en el desarrollo de su propia lengua y a perecer como consecuencia de esta evolución). Podría ocurrir que la traducción exacta de ciertas palabras o frases hoy nos sonara arcaica.  Y no se haría justicia a un poeta tan innovador - que significó una ruptura en la manera de escribir poesía- con una traducción que tuviera un sabor anticuado.

Dylan Thomas ha dicho “Quería escribir poesía porque me había enamorado de las palabras”. Por cierto un amor correspondido y feliz. Con las palabras él crea mundos, hace música, juega irónicamente, dispara múltiples sentidos, penetra en los corazones. En Under Milk Wood, un trabajo de madurez amasado durante diez años, el lenguaje es riquísimo, muy sonoro, con asociaciones e imágenes sumamente originales, y con una fuerte unión del significado y la sonoridad. Él dijo en su manifiesto poético: “No son las palabras las que expresan lo que quiero expresar: las palabras son las únicas que encuentro que se acercan para expresar solo la mitad”. En su obra, el ritmo y la musicalidad de las palabras, son parte del sentido, del contenido. Hay algo más que se dice en esas sonoridades. Algo queda palpitando allí. Algo misterioso a veces. Algo gracioso en otros casos. Una mirada irónica. O un tono sentimental. Algo que acompaña y termina de construir el sentido. La peculiar mirada de Dylan Thomas también se cuenta en ese impulso, esa música, esa respiración, esos ritmos. En aquello que es más que comunicación.

El desafío de la traducción fue intentar encontrar o crear alguna equivalencia de esos procedimientos en nuestra lengua. A pérdida, desde ya. En primer término por la grandeza incomparable del poeta. Se ha dicho que traducir es decir de otro modo. Y la genialidad de Dylan Thomas consiste en decir a su modo. Por otra parte, el idioma castellano carece de la flexibilidad y la liviandad del inglés. Las palabras en nuestra lengua son largas, pesadas, con muchas vocales, de modo que los efectos rítmicos se vuelven demasiado evidentes, las rimas son más previsibles, más duras, los juegos de palabras resultan más forzados, y los neologismos suenan afectados.

Entonces, lo que me propuse fue imaginar el efecto que se buscaba en el original a partir de estos procedimientos, y procurar generar algo semejante. Oír la intención. (Meschonnic ha dicho: “Más que lo que dice un texto es lo que hace lo que hay que traducir”).

En este sentido me pareció fundamental atender en la versión castellana al tratamiento sonoro, es decir producir cierta musicalidad, a partir de ritmos, de rimas y aliteraciones, pero de un modo sutil, para que no perdiera la liviandad que tienen en inglés esos procedimientos. Aunque sin resignar el tratamiento lúdico de los sonidos. En esta musicalidad se despliega el hálito poético de la obra. Pero también el humor, que tiene un rol muy importante, y que se juega no solo en el contenido, sino también en la composición de los sonidos.

Diría entonces que lo que quise no sacrificar fue el carácter poético, la musicalidad, el procedimiento lúdico y el humor.  Procurando que el lenguaje contribuyera a crear los sucesivos climas y tonos tan cambiantes de la obra, desde el lirismo a la ironía, desde el humor más desenfadado a la más delicada sensibilidad, desde el fondo sexual que atraviesa toda la obra, a la sutil y profunda emoción existencial.

El método de trabajo incluyó por supuesto leer otras traducciones, trabajar con el diccionario, pedir ayuda para las zonas más oscuras y, sobre todo, leer los otros textos de Dylan Thomas para poder captar su particular visión del mundo. Y luego intentar ser fiel a la actitud que impregna su obra.

Sí, traducir a Dylan Thomas es una empresa temeraria. Acosada de peligros. Pero también llena de la felicidad de sumergirse una y otra vez en sus palabras, dejarse atravesar por sus imágenes, sus sonidos, y convivir con esa profundísima belleza. Para después intentar despertar algún eco, retener algo de su ley y, en el mejor de los casos, poder compartir su secreto.


miércoles, 4 de octubre de 2017

En el Teatro Municipal General "San Martín", se acaba de estrenar "Bajo el bosque de leche", de Dylan Thomas, en traducción de Ingrid Pelicori

Con versión escénica de Mariano Stolkiner y Gustavo García Mendy, sobre una nueva esplendida traducción, realizada por Ingrid Pelicori, acaba de estrenarse en el Teatro Municipal "General San Martín", la pieza Bajo el bosque de leche (Under the Milkwood), del poeta galés Dylan Thomas.

El elenco está compuesto por Ingrid Pelicori, Luis Campos, Belén Pasqualini, Iván Espeche, Alejandra Perlusky, Ariel Staltari, Picky Paino y Abril Piterbarg. A ellos se suman los músicos Gustavo García Mendy, Martín Keledjian y Miguel Rausch.

Las funciones se ofrecerán de miércoles a domingos a las 20 hs.

NOTA:
Las funciones del viernes 6 y el sábado 7 de octubre tendrán lugar en el marco del FIBA (consultar horarios en la programación del Festival).

El sábado 7 de octubre se realizará la última función, ya que el teatro será sede del FIBA (Festival Internacional de Buenos Aires). Posteriormente, las funciones se reanudarán el sábado 28 de octubre, hasta el 17 de diciembre.

Platea $140.- Miércoles y jueves (día popular): $70.-






martes, 3 de octubre de 2017

Roger Chartier por dos (II)

Alejandra Varela realizó la segunda entrevista con Roger Chartier. Lo entrevistó para el diario Clarín, según puede leerse en el siguiente texto, aparecido el 29 de septiembre pasado.

¿Existe el manuscrito en el mundo digital?

El libro era considerado como una criatura humana en la España del Siglo de Oro, dotado de una materialidad y un alma. Si esta idea tuviera alguna permanencia en la actualidad, Roger Chartier la encontraría en el lector, como el ser capaz de darle existencia a un texto. Porque la lectura no es para el historiador francés una zona mansa, él se pregunta por los modos de acercarse a un escrito que ya no existe, de “escuchar a los muertos con los ojos”, como señala el título de uno de sus libros. Entonces en la memoria aparece el registro de una práctica que cambia todo el tiempo y opera como el dato de una época.

En la dupla compuesta por un personaje enfermo por la lectura como era el Quijote y en su amigo Sancho, analfabeto, que capturaba los textos de la lectura en voz alta, encuentra Chartier la síntesis entre un hombre que se vuelve autor al apropiarse de una forma de leer que lo obliga a la aventura, y otro que hace de la lectura una práctica posible en la comunidad, donde la oralidad facilitaba una escritura socializada.

El autor que vino a la Argentina invitado por el Centro Franco Argentino de la Universidad de Buenos Aires entiende que el lector es quien une los caminos inmensos, cruzados y disímiles de un libro, que se sostienen en él como una experiencia irrepetible.

En Escribir las prácticas usted piensa el concepto de representación y recurre a una imagen de Blas Pascal cuando mencionaba el ornamento de jueces y médicos como modo de crear una noción de saber en los otros, del mismo modo que el rey construía una imagen de sí mismo para remitir a esa violencia primera que estaba ausente. ¿Cómo pensar la representación hoy con una cultura de la videopolítica, ligada a la imposición de una imagen de sí mismo por parte del poder?
–En esta imagen de Pascal la idea es que la representación representa algo inexistente, un vacío. No representa materialmente el saber de los médicos ni de los jueces, sino que este saber no existe y que la representación solamente es una trampa. Lo opone a los soldados que no se disfrazan de esta manera porque la evidencia de la fuerza brutal es inmediata. El otro sentido, que retoma Pierre Bourdieu, es que un individuo o una clase social está definido por condiciones objetivas, recursos sociales y por lo que quiere que se reciba de su condición en el intercambio con los otros. Bourdieu recurría a la sociología de Erving Goffman que consideraba cada situación social como teatral, en la cual hay un intercambio entre lo que uno dice y lo que el otro cree, entre lo que se quiere hacer reconocer y lo que se reconoce por parte del otro. Me parece que el concepto permite asociar las representaciones mentales –que son como categorías de percepción, de clasificación del mundo social– y las representaciones en el sentido de Pascal como “lo que se muestra” a través del vestir, del hablar. Los comportamientos más conscientes, las representaciones como exhibición, son tanto organizados, conscientemente producidos por los individuos y, al mismo tiempo, totalmente inconscientes. Lo interesante es que esta identidad social o política que se da a mostrar, a creer, se delega en los representantes. La fuerza cognitiva de la noción de representación está en la vinculación entre lo mental, lo exhibido y lo delegado.

–Esto se une a la noción de creencia, que estaría más ligada a la percepción que al contenido. Un mecanismo que permanece en las formas políticas actuales.
–La creencia es un elemento del funcionamiento de la dominación simbólica que repite y reproduce una relación social donde las víctimas aceptan como legítimos los criterios que aseguran esta dominación. Lo esencial en la creencia es hacer aparecer como natural lo que es socialmente construido, hasta el momento en que se fisura esta creencia y permite espacios nuevos de comportamiento y de pensamiento. Sería la figura de la perpetuación de un mecanismo de dominación simbólica que supone la alienación, en el sentido de una aspiración que es explícita, contraria a los intereses de los individuos. El engaño de sí mismo, a través del reconocimiento o de la creencia de la legitimidad de diferencias sociales y de formas de dominación. Si se piensa en la dominación colonial, la forma de dominación económica de los países desarrollados en relación con los otros es una nueva versión de esta dominación en su definición más tradicional. En el terreno político la creencia en los mecanismos de la democracia es el fundamento de las sociedades modernas. En este caso, es la democracia misma la que parece como un engaño.

–En relación con la lectura, en su obra aparecen similitudes entre el manuscrito anterior a la invención de la imprenta y el texto digital. En ambos casos se puede escribir sobre el texto original en un registro similar. En el papiro se daba una lectura miscelánea como puede ocurrir hoy en la pantalla. ¿Podríamos pensar el texto digital como un nuevo manuscrito?
–Mi opinión es sí y no. Tal vez el no es más fuerte que el sí. La aparición de la literatura en el siglo XVIII supone una individualización del autor cuya obra debe ser original y debe considerarse siempre idéntica a sí misma, incluso si se modifica su forma de publicación, porque es la condición para establecer una propiedad. El mundo digital potencialmente permite una creación colectiva. En esta movilidad es posible que desaparezca el concepto de propiedad y se discutan las concepciones de originalidad. En las novelas del siglo XVII en Francia, en la Inglaterra de Shakespeare, había una práctica muy fuerte de la escritura en colaboración. La idea era manifestar cierta inventiva dentro de la imitación, lo que explica que las historias no son originales, son reempleadas en los lugares comunes que hoy se consideran como lo que se debe evitar en los discursos. En esa época eran las formas que se debían reutilizar porque tenían una dimensión de verdad universal. El propietario de la obra era el librero o el editor, no el autor. En el mundo anterior al XVIII, podemos encontrar características que definen una parte pero no la totalidad del mundo digital porque, cuando se habla de una edición digital, se trata de imponer las categorías de textos que son definidos por el copyright. Se pierden las potencialidades subversivas de las experimentaciones de nuevos objetos simbólicos que cruzan sonidos, música, imágenes y textos, que dan al lector un lugar donde puede volverse un coautor. El mundo manuscrito puede reforzar esta comparación porque en este caso la movilidad de los textos de una copia a otra puede ser considerada como más fuerte que la movilidad de los textos de una edición a otra. Pero en el libro impreso hay una asociación indestructible entre una obra particular y un objeto específico y esto tiene muchas consecuencias. La primera es que los objetos de leer no son generalmente los objetos de escribir: se puede escribir en un libro pero el libro no está a la espera de la escritura de su lector. La totalidad, la identidad que define una obra se da inmediatamente a partir de la forma material y, si se fragmentaba, que era una práctica de lectura fuerte en el tiempo del humanismo, se extraía a partir de la percepción de una totalidad que obligaba a ubicar el fragmento en su momento porque aparecía en una argumentación. Todo eso no existe en el mundo digital porque las pantallas no están vinculadas con un texto particular, porque son a la vez objeto de escritura y de lectura. Los que piensan, y creo que tienen razón, que el mundo digital introduce posibilidades inauditas, lo hacen destruyendo estas categorías y pueden imaginar un mundo en el cual la palabra “fragmento” perdería su sentido porque supone una totalidad. Aquí la idea es de unidades autónomas.

–Immanuel Kant manifestaba que el sueño de la ilustración era que cualquier persona pudiera hacer un uso público y crítico de la lectura y escritura. La experiencia digital abre esta posibilidad aunque los resultados no siempre responden a este objetivo.
–En el mundo digital se han multiplicado las formas del compartir las lecturas, sea a partir del intercambio y circulación de las notas o bien en el soporte de las redes sociales con la posibilidad de escribir leyendo. Para compartir una lectura en el mundo impreso se debe estar en el mismo lugar. A partir de este momento, el concepto de comunidad se transforma. Pienso que un aspecto un poco escondido del mundo digital es la redefinición de la noción de amistad e identidad con los mismos conceptos pero con nuevos sentidos. La identidad puede ser multiplicada, exhibida, escondida más fácilmente y con un impacto mucho más fuerte que en la escritura tradicional. Una definición más tradicional supone que los individuos, en el mismo espacio, intercambian algo de lo político de la ciudad antigua que era la forma de sociabilidad alrededor del libro. Esto no es equivalente en la comunicación electrónica. La fuerza particular del encuentro con el otro, la posibilidad de una forma de pensamiento colectivo, era el principio de la ciudad griega. No debemos pensar que hay una equivalencia. El mundo digital tiene lógica propia y cuando se empieza a pensar que es una nueva forma de lo que existía antes, estamos frente a lo que considero un error que puede contribuir a la desaparición de las librerías, de las ediciones impresas de los diarios y revistas, a la destrucción de las colecciones en las bibliotecas porque existen en la forma digital. A un mundo en el cual la comunicación se fundamente sobre la soledad y el aislamiento. La lección general es que se debería borrar la idea de equivalencia. Se puede ayudar a los individuos a pensar que existe el riesgo de perder algo o de dar una radical transformación a las categorías. No es una cuestión de nostalgia. Con el libro como objeto, el concepto de libro es inmediatamente visible y esto no le pasa a los nuevos lectores.

lunes, 2 de octubre de 2017

Roger Chartier por dos (I)

Roger Chartier  (Lyon, Francia, 1945) es director de estudios en L‘ École des Hautes Estudes en Sciences Sociales de París y profesor invitado de la Universidad de Pennsylvania. Su trabajo se ha centrado en la Historia de la Edad Moderna Europea y el estudio de las prácticas de escritura y lectura, en los modos de producción de lo escrito y en la apropiación de significados por parte de los lectores en diferentes épocas. 
Entre sus títulos más destacados se encuentran El mundo como representaciónEscuchar a los muertos con los ojosEl presente del pasado. Escritura de la historia, historia de lo escritoLa mano del autor y el espíritu del impresor. Frecuente visitante de la Argentina, en la oportunidad llegó invitado por Centro Franco Argentino de la Universidad de Buenos Aires. Y, como cada vez que viene Chartier a la Argentina, constituye un verdadero festín para los periodistas culturales. Así, de las varias entrevistas realizadas durante su estadía, este blog elige dos, que serán publicadas en días subsiguientes. La primera, con firma de Natalia Gelósfue publicada por el diario La Nación, de Buenos Aires, el pasado 24 de septiembre.


"Proteger las huellas del pasado en el presente es político"


Sobre la mesa están esos objetos que viajan con él: el peluche algo maltrecho por los viajes y los años, y el diccionario que recuerda la década de 1980, cuando fue a España a realizar un curso de verano y se reencontró con el idioma que había estudiado de chico. Roger Chartier es un referente de la historia de la lectura y de la investigación en edición, y vino al país invitado por el Instituto Francés. Algunas de sus muchas obras son La historia o la lectura del tiempo y Libros, lecturas y lectores en la Edad Moderna. La Universidad Nacional de Rosario le otorgó hace unos días el título de doctor honoris causa. Es director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales (Ehess) y da clases en varias universidades de prestigio, como las de Montreal, Yale, Berkeley y Harvard.

Descansa sus manos sobre los apuntes de la charla que preparó para dar en la Alianza Francesa y sobre un libro bien cuidado que lo acompaña para la ocasión: Vidas imaginarias, de Marcel Schwob. Cuenta que le sirve para pensar en la literatura y la historia en relación con el pasado.

–¿Cómo lee? ¿Marca los libros?
–Tengo un respeto excesivo por la composición tipográfica. Los puedo subrayar o indicar, pero no los escribo. Hoy, cuando estamos frente al mundo digital, las prácticas de escribir y leer se entrecruzan. En inglés ya está la palabra reater (to read y to write). Yo prefiero escribir sobre papeles o al final hago un índice personal, con páginas que me parecen sintomáticas; algo que se hacía desde el siglo XVI. En cierta tradición, el libro era un objeto que tenía su identidad, que se debía respetar, encuadernar, cuidar. Eso va en contra de otra práctica del siglo XVI, que consistía en una técnica de lectura que se apoderaba del texto: se hacía una mención en el margen del tema, de la frase o del párrafo y luego eso se pasaba a un cuaderno personal para hacer un nuevo uso del texto. Se llamaba "la técnica de los lugares comunes". Hoy eso es algo que se debe evitar, pero en el Renacimiento los lugares comunes se debían identificar porque eran una verdad universal.

–Una de las charlas que dio en la Argentina gira en torno a los modos en los que se construye hoy la historia y cómo se ubica ahí la literatura. ¿Qué pasa con ese cruce en la actualidad?
–Los historiadores han descubierto, tal vez con tristeza, que no tienen el monopolio sobre la presencia del pasado en el presente; que hay otras formas que son más poderosas que los libros de los historiadores en general. Por un lado, la memoria, la de los individuos, o la memoria institucionalizada de monumentos y lugares y, por el otro lado, la literatura, el cine y la televisión, que dan una presencia del pasado desde la ficción y tienen una fuerza particular. La pregunta para los historiadores es qué papel deben tener en relación con esas otras formas de presencia del pasado que no corresponden necesariamente a los criterios de la investigación científica.

–¿Es una cuestión de legitimidad?
–Los historiadores afirman que la producción en torno del pasado, verídica y controlada, debería ser dominante porque da una presencia de realidad. Hemos visto que muchas veces a través de la historia de la literatura de ficción, las novelas reivindican una relación con el pasado más comprometida y enérgica que los textos inertes de los historiadores. Puede ser una forma de competencia, como ocurre con la memoria, que muchas veces reivindica una relación con el pasado más comprometida, más vinculada con historias colectivas, que el texto histórico. Es una configuración que puede abrir una reflexión sobre el lugar particular de cada una de estas formas de presencia del pasado. En los países de América Latina hay situaciones que adquieren una fuerza muy particular.

–¿Cuáles serían?
–Cito a Alejandro Katz: "Una sociedad fuera de la historia es también una sociedad que está fuera de la política, que ha perdido la política como el recurso fundamental para la resolución de los conflictos". Los años setenta y ochenta han dejado una huella que no puede desaparecer. Inclusive si algunas veces existe la intención de intentarlo. Me parece que aquí está el núcleo. Hay una voluntad ideológica de reescribir una historia que se fundamenta sobre datos que aseguran un saber más adecuado del pasado tal como fue. Es una tensión que existe de manera fuerte, por ejemplo, en las columnas de muchos periodistas que intentan reconstruir una historia de esos años en la cual no se hace hincapié en la dictadura como tal sino en la condición histórica, explicando esta situación. La mayoría de los historiadores afirman, en contra de muchos periodistas, que hay una especificidad irreductible de la tiranía y la crueldad de la dictadura. Por un lado, hay una condena moral de lo que pasó; por otro, la tentación de reescribir esa historia para hacer menos violenta a la dictadura, tratando de entenderla como respuesta a los movimientos revolucionarios. Es una ilustración perfecta de esa disputa de ese pasado todavía presente y de cómo debemos considerarlo.

–¿Ocurre algo comparable en Francia?
–Sí. En Francia el equivalente sería la manera de incorporar a la historia nacional el período de Vichy, el período de colaboración. Allí se llegó al punto extremo de la negación del Holocausto. La manera de reincorporar esta historia depende de la configuración política de cada país luego de la caída de la dictadura.

–Si en el mundo digital el libro pierde cierta rigidez, ¿el modo de pensar la historia puede adquirir rasgos similares?
–Eso se puede responder pensando en las dos identidades del libro, como objeto material y como discurso. Como objeto material, la apuesta es que con la digitalización de los textos hay una tentación de olvidar los libros que han llegado a emitir estos textos en el pasado. Una ambivalencia. El texto digital es un extraordinario recurso, por un lado, para leer textos que no se podría encontrar de otra forma, pero esa moneda tiene su revés: se lee en un dispositivo que no tiene nada que ver con las formas en las cuales los lectores del pasado han leído estos textos y los pensadores han escrito. Si la tentación de la digitalización lleva a la destrucción de los objetos impresos, se produce una pérdida del pasado en el presente. Hay bibliotecas que, porque tenían el microfilm como sustituto, han pensado que podían dejar lo material. La biblioteca es el lugar en el que se puede mantener el vínculo con el pasado, con la obra en su forma material, con las lecturas a través del tiempo.
¿Cómo puede pensarse eso en términos políticos?
Pensar la protección de estas huellas del pasado en el presente supone decisiones políticas. Políticas de bibliotecas públicas, que pueden ser las defensoras de los libros de hoy; políticas para defender la edición. Y esto se vincula con la segunda definición del libro, la de los discursos: la obra que llamamos libro. Para mí hay una tensión esencial, porque la lectura frente a la pantalla es fragmentada, segmentada, hipertextual y la concepción de los textos va a adquirir una identidad segmentada. El fragmento se autonomiza y la relación con el objeto desaparece. Ahí hay una segunda forma de ruptura con el pasado, que pensaba una obra como totalidad. Nadie estaba obligado a leer todas las páginas, pero la forma impresa del libro o el diario implican una percepción de una totalidad. Cuando estamos frente a la realidad digital, el fragmento no se refiere a ella. Sin la necesidad o el deseo de entrar en la totalidad, el concepto de libro obra podría perderse. Es una posibilidad magnífica para inventar una nueva forma de cultura escrita, pero la pérdida con la relación del pasado aparece cuando eso se aplica a una novela del siglo XVII o un diario del día de hoy. La biblioteca, la librería mantienen la presencia de esos objetos. Hay dos maneras de leer. Ambas tienen su necesidad, pero son muy diferentes. La clásica está vinculada al concepto de espacio y el lector viaja. La lógica del mundo digital pasa por la temática: una palabra, un tema. Se entra directamente en la unidad textual de la que se quiere apoderar. No es tanto un viaje o, si lo es, es un viaje hipertextual.

–¿Cómo se va resolviendo esa tensión?
–Cada técnica tiene sentido a través de sus usos, ya lo mostró Benjamin. No hay un inexorable determinismo. Por un lado, hay discursos que intentan convencer de que se debe preservar una relación con el pasado como entendimiento de nuestras propias herencias y a la vez se debe pensar el provecho de que por primera vez conviven tres formas de escritura: manuscrita, tipográfica y digital. Frente a esto, existen prácticas inmediatas que se hacen sin pensar, que hacemos todos en cada momento del día. Ahí la tendencia fundamental es la digitalización de las relaciones sociales. Se ha transformado nuestra relación con las administraciones, con el mercado, entre los individuos: las redes sociales implican usos inmediatos y la redefinición de las categorías más tradicionales de amistad, identidad, privacidad. Yo no creo que se deba menospreciar eso. Esto no pasó con la invención de la imprenta. El mundo entero puede volverse digital. Me parece una pregunta para la cual nadie tiene una respuesta.

–¿Dónde se empieza a buscar esa respuesta?
–Tal vez entre las generaciones que entraron al mundo digital a partir de una experiencia previa en el mundo impreso y manuscrito, que pueden tener conciencia de que son universos diferentes, o en la famosa generación de los nativos digitales que ya han entrado en el mundo de la cultura escrita a partir de la experiencia inmediata de lo digital, y que están menos atravesados por una definición desde la diferencia.

–¿Cuáles fueron las profecías no cumplidas del mundo digital?
–Que paradójicamente no se han movilizado los recursos digitales con la fuerza que podrían tener. Si se piensa en obras, el mundo digital puede proponer posibilidades de invención absolutamente fuertes, multimedia, que podrían explotar en nuevas formas de ficción. Esto hasta ahora es experimental.

–¿Por qué cree que no termina de explotar ese universo de posibilidades narrativas?
–El mundo digital permite textos abiertos, móviles, maleables y que reconocen la participación del lector en el proceso creativo hasta la desaparición de la identidad autoral, pero el mundo electrónico se piensa a través del mundo impreso. Hay una diferencia morfológica pero hay una voluntad de imponer los mismos criterios: nombre de autor, propiedad literaria, que inmoviliza textos móviles, que le impide al lector entrar en la obra porque, sino, ¿cómo se justificaría la propiedad del autor? Se utiliza al libro electrónico dentro de las categorías heredadas y se menosprecia su capacidad de inventiva.

–En algún momento habló de los lectores virtuosos. ¿Quiénes serían?
–Cuando a la gente le preguntan sobre su vida como lector hay dos relatos. Uno es el de los virtuosos, la gente que nació en un mundo donde los libros eran omnipresentes y no recuerdan cuándo empezaron a leer porque leyeron desde siempre. En ese relato se acumulan los libros citados y la escuela no desempeña un papel particular. Es más, las lecturas escolares les parecen impuestas, aburridas y desde ahí se construye la descripción de las lecturas robadas, excitantes, prohibidas.

–¿Cuál sería el otro modelo de lector?
–No me gusta hablar de mí, pero yo sería más este segundo modelo: gente que nace en un mundo donde hay pocos libros, donde hay textos impresos que no son libros: diarios y revistas. La narrativa se transforma completamente porque el acceso al libro es una conquista y la escuela desempeña un papel esencial porque es el lugar donde hay libros, menciones de obras, y desde ese momento las experiencias de lectura más intensas no son contra o antes de las lecturas escolares sino que derivan de la escuela. En este caso, los libros deseados de una manera u otra se vinculan con la escuela. Estos lectores han conquistado la relación con la biblioteca, con los libros, con lo escrito a partir de una experiencia anterior en la cual los libros no eran objetos comunes. Esas dos narrativas remiten a condiciones sociales diferentes que son traducibles en una sociedad de la lectura. Podríamos hablar de herederos y conquistadores.