jueves, 21 de abril de 2011

Una de políticos de mentira

Después del artículo de ayer de Beatriz Sarlo, no queda otro remedio que volver a las fealdades de la vida cotidiana en la Argentina, según las cuales un Estado de un signo político y el gobierno de una ciudad del signo opuesto utilizan todo tipo de tribuna para arrojarse munición pesada con la gente como rehén. Entonces, así fue la inauguración de la 37ma. edición de la Feria del Libro de Buenos Aires, de acuerdo con la crónica de Horacio Bilbao y Marcela Mazzei, para Ñ digital.

Poca literatura y duros discursos políticos
en la apertura de la Feria

Menos mal que Mario Vargas Llosa viene esquivando el tono polémico que presagiaba su visita a la 37 Feria del libro, porque la charla de apertura, que ya sabíamos no iba a ser la suya, fue una tribuna política abierta con muchos datos sobre la cultura y ningún ahorro de la chicanas de campaña. Atentos a los dardos de uno y otro lado hubo pocos escritores, entre los que estaban Vicente Batista, Mario Golobof, Elsa Osorio, María Rosa Lojo; editores, Daniel Divisnky, Carlos Díaz, Alberto Díaz, Augusto Di Marco; y una asistencia política dividida entre el Gobierno Nacional y el de la Ciudad con Telerman y Hermes Binner como actores extra al duelo Nación Ciudad.    

Los números dirán que hubo cuatro discursos y dos homenajes. Pero el contenido de esos discursos dice que estamos en un año electoral y que cualquier tribuna, incluso la de esta feria tendrá contenido político. Y lo había dicho Horacio González cuando criticó la invitación a Vargas Llosa: El acto de apertura es siempre un acto político. Y aunque referido al sector, este fue puramente político. Los escritores no tuvieron la palabra, como venía sucediendo desde 2001 hasta hoy.

Arrancó en el estrado el flamante presidente de la Fundación El libro Gustavo Canevaro, que debutaba en el cargo. Se montó rápido al efecto Frankfurt y elogió largamente el Programa sur de traducciones que impulsó la cancillería para la Feria alemana. Y se plantó una meta. “Los editores deben pensar en un mercado de 200 millones de lectores, en lugar de limitarse a los 40 millones de Argentina”. Elogió luego la tarea del ministerio de Educación de la Nación, “que adoptó un papel activo en la provisión de libros para las escuelas”. Criticó luego una supuesta asimetría fiscal que implica la imposibilidad de desgravar el IVA tanto en las editoriales como en las librerías y se quejó por el 5% de retenciones que pagan los libros exportados. Por fin ya sobre el final de su discurso mencionó los homenajes a María Elena Walsh y a David Viñas, que despertaron el primer aplauso en la sala, “autores que vivieron las épocas más autoritarias de la Argentina, signadas por la intolerancia y la falta de libertad”. Esa palabra, libertad, sería el eje del cruce que vendría en los discursos siguientes.

Subió rápido Rodolfo Hamawi, director de Industrias Culturales. Jugaba de local y se notaba. El mismo lo certificó de algún modo. “Durante años asistí como editor y luego como autoridad de la Cámara Argentina del Libro a las aperturas de nuestra querida Feria del Libro. Hoy me toca intervenir como funcionario...”, dijo. Y dio un discurso de funcionario después de saludar a todos y dedicarle un “querido amigo” a Canevaro, que le había dejado la mesa servida.  

Entonces nació otra batalla. La de los datos. Hamawi empezó contando que en 2002, nuestra industria editorial produjo 33.700.000 ejemplares reunidos en 9.500 títulos. Y saltó a 2010, llegando a 26.400, que representan casi 76 millones de ejemplares editados. Dio otro dato positivo, y habló de “la riesgosa apuesta de más de 500 pequeñas editoriales que hacen de la Argentina uno de los países con mayor bibliodiversidad del mundo”. Pero mostró la contra cara advirtiendo que “el 60 por ciento de la producción está en manos de tan solo 22 editoriales”.

Y no era nada con lo que vendría después. Habló Hamawi de la creación del Consejo Nacional de Lectura. Anunció que este año estarán los resultados de la Encuesta Nacional de Hábitos de Lectura, que proporcionará datos cuantitativos y cualitativos sobre cómo se lee hoy en el país y sobre cómo estimular nuevos lectores y anunció que la región del Noreste sería la primera en recibir un conjunto de libros para todos los niños nacidos en los hospitales públicos. La novedad que siguió, fue tal vez la más atractiva: una Plataforma del Libro Universitario Argentino para conectar en red toda la producción editorial de las universidades.
Cuando terminó con los anuncios, Hamawi le contestó a Canevaro diciendo que en la Argentina el libro no paga IVA y de alguna manera también le contestó Vargas Llosa sin nombrarlo, cuando dijo que el “gobierno es respetuoso de los disensos y no esconde los conflictos”. Entonces sí, saludó que la ciudad de Buenos Aires haya sido designada capital mundial del libro por la UNESCO.

El aire seguía pesado cuando subió el Ministro de Cultura porteño, Hernán Lombardi, que aprovechó el envión para exaltar la designación de la UNESCO. Entre los motivos por los que Buenos Aires fue elegida este 2011 como Capital Mundial del Libro mencionó el bicentenario del nacimiento de Domingo Faustino Sarmiento, el bicentenario del fallecimiento de Mariano Moreno y los 100 años del natalicio de Ernesto Sabato. Y entonces sí trajo una definición política cuando arriesgó que “Buenos Aires es una ciudad de cultura y libertad, de pluralismo y diversidad que hace un orgulloso homenaje a David Viñas y hace un orgulloso homenaje a Mario Vargas Llosa”. Viñas y Vargas Llosa, dos extremos en esta, que a la postre, sería la única mención del nombre del Premio Nobel que nos visita en esta Feria. Ya subido al fuego cruzado siguió con una cita que traería respuestas y aplausos de la barra bullanguera que acompañaba a Lombardi en la Feria. 


“Una ciudad abierta al mundo de los libros es una ciudad abierta a las libertades, ya que el libro es una manifestación de libertad, de un encuentro de libertades: la del escritor que expresa su pensar  y la del lector de construir su propia libertad a partir de lo que lee. Falta grave y merecedora de la mayor condena social y política, será toda intromisión que impida que estos encuentros se produzcan. Tarea absurda, vana, peligrosa, constituye tomar de antemano las opiniones propias como absolutos en detrimento de las de los otros…”, disparó y volvió a despertar aplausos de un auditorio dividido ya en dos bandos.


El ministro de Educación Alberto Sileoni tuvo a cargo el cierre, y estuvo en sintonía con sus antecesores. Disparó munición gruesa. Rápido le respondió a Lombardi, que ya no podría defenderse, “nosotros luchamos por la libertad, pero no cualquier libertad. Nosotros luchamos por la libertad que protege a los más débiles frente a los poderosos”, dijo. Y siguió con los datos, marcando diferencias de gestión. Dijo que el ministerio llevaba comprados 45 millones de libros para las escuelas. Y subido al mote de las cifras abundó en datos como en un acto de campaña: Ley de medios, Matrimonio igualitario, Plan de vivienda, Asignación universal por hijo, Plan nacer y otros etcétera.

A esta altura se notaba que solo el duelo de barras y de las citas de las que se valieron los oradores mostrarían cierta paridad. Lombardi mencionó a Tomás Eloy Martínez, a John Stuart Mill, a Mariano Moreno y a Federico García Lorca. Todos celebraron los nombres de los homenajeados, pero el homenaje que quedó chiquito frente a la gigantez de Viñas y María Elena Walsh y frente a la temperatura de los discursos. A Viñas le hubiera gustado semejante debate y, tal vez, hasta el homenaje, aunque fuera en la sala Jorge Luis Borges. Preguntas sin respuesta, claro, que se suman a otras que bien podrían ser: ¿Cuándo vuelven los escritores a la apertura de la feria?

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