miércoles, 28 de junio de 2017

Un espléndido Seferis publicado en Chile

Y hablando de editoriales chilenas, corresponde destacar la labor que está llevando adelante Tajamar Editores. A los volúmenes clásicos que ha ido integrando a su catálogo –una nueva edición de los Ensayos literarios, de Ezra Pound, traducidos por Tal Pinto y Julia J. de Latino; otra, de El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, en traducción de Óscar Luis Molina, etc.–, suma ahora un fundamental Seferis íntegro, que reúne la totalidad de la obra del poeta griego Giorgos Seferis (1900-1971), Premio Nóbel de Literatura en 1963.

La traducción del volumen estuvo a cargo de Miguel Castillo Didier, a quien también se debe el magnífico volumen que Tajamar Editores publicó años atrás dedicado a la obra completa de Constantino Kavafis.

martes, 27 de junio de 2017

La omisión de los traductores le resta seriedad a la editorial de la Universidad Diego Portales

Una parte del prestigio de la Universidad Diego Portales tiene que ver con su editorial. Pese a las muchas críticas que recibe esa editorial chilena por apostar siempre sobre seguro, por rozar el snobismo en la elección de los títulos contemporáneos, por los precios de los libros, etc., el tiempo va revelando un catálogo muchas veces interesante (cfr. http://ediciones.udp.cl/catalogo.pdf), al que vale la pena consultar. 

Con todo, al hacerlo, uno descubre que el nombre de los traductores brilla por su ausencia. Así, por caso, nos enteramos de la existencia entre las novedades de Biografías selectas, de Thomas de Quincey, o de Vidas de Spinoza, de Jean Colerus, Jean Maximilien Lucas y Pierre Bayle, pero nada sabemos de quiénes tradujeron esos libros que no existen en castellano porque así lo haya decidido ningún espíritu santo, sino porque hubo un traductor que pasó muchas horas de su vida, detrás de un escritorio, traduciéndolos. Omitir su nombre en un catálogo no es un detalle menor: habla de la mentalidad de quien edita y le resta seriedad al emprendimiento.

lunes, 26 de junio de 2017

Convocatoria de la Casa de Traductores Looren

Esto veía desde su ventana el Administrador de este blog el año pasado en Looren





Estimadas y estimados colegas, amigas y amigos de la Casa de Traductores Looren:

La Casa de Traductores Looren y el Ministerio de Cultura la República Argentina, con el apoyo de la fundación Avina Stiftung y el auspicio de la Embajada de Suiza en Argentina, convocan a 2 (dos) becas de residencia en la Casa de Traductores Looren(Suiza) para traductores literarios profesionales de nacionalidad argentina.

Cada beca contempla una estadía de un mes en la Casa de Traductores Looren, en Suiza, del 22 de enero al 21 de febrero de 2018 (las fechas son ligeramente flexibles), pasaje ida y vuelta y un subsidio de 1500 francos suizos. Las becas se dirigen a traductores literarios profesionales argentinos que estén traduciendo una obra literaria de cualquier idioma al español y que cuenten con un contrato editorial para la traducción.

La convocatoria estará abierta del 3 de julio al 31 de agosto de 2017.
La selección  se realizará de común acuerdo entre el Ministerio de Cultura de la Nación y la Casa de Traductores Looren. Se tomarán en cuenta, entre otros, los siguientes aspectos: el proyecto de traducción presentado, la trayectoria del postulante, su lugar de residencia y la valoración de la estancia en el exterior para su formación, desarrollo profesional y/o para una posible actividad de transferencia una vez de regreso en Argentina (charla, taller, participación en actividades de networking, capacitación profesional de traductores, etc.)


Agradecemos su ayuda en la difusión de esta convocatoria y saludamos cordialmente,

Carla Imbrogno
Coordinadora Looren América Latina
Übersetzerhaus Looren / Casa de Traductores Looren
Wernetshausen, Suiza

viernes, 23 de junio de 2017

Con lugares comunes, incorrecciones políticas y errores, Juan Cruz presenta a Aurora Bernárdez

“Un libro recopila textos de la mujer de Cortázar, junto a una larga entrevista con el músico y cineasta Philippe Fénelon. A la sombra del escritor, nunca publicó su obra”: así dice el copete de la nota que publicó en el pasquín El País, de Madrid, el pasado 15 de junio. el español Juan Cruz, un tipo dedicado a comentar chismes de la farándula literaria, que siempre se ocupa de relatarnos sus estados de ánimo (como si nos fueran a interesar) cuando se encuentra con tal o cual, informándonos de paso que trata por su nombre de pila o apodo al objeto de su artículo, para que sepamos que los conoce en la intimidad. Puede que para la lógica de consumo editorial haga falta gente así: petimetres que se dan aires y que viajan con salero de una feria literaria a otra como si tuvieran alguna importancia. Pero lo que no corresponde es que cometan errores u omisiones, como le han hecho saber al coso éste los lectores que comentaron su nota on line. Préstese especial atención a la eterna confusión entre los gentilicios “porteño” y “bonaerense”, algo en que no debería incurrir alguien que viene todos los años a Buenos Aires, y, sobre todo, al inteligente comentario de Paco Morillo. Algún día, Aurora Bernárdez también escapará de la estupidez.

Aurora Bernárdez escapa del silencio

Aurora Bernárdez (Buenos Aires, 1920-París, 2014) era como de papel, frágil, y era de una potencia increíble, dotada de una memoria implacable. Ese fue su espíritu de traductora: ni una palabra ni un dato fuera de lugar. Ella decía que estaba hecha “de papel”, pero era también de hierro. Descendiente de emigrantes gallegos, en 1952 conoció a Julio Cortázar, un joven larguirucho de aspecto adolescente con el que hablaba de libros y de gente en el London bonaerense. Se casaron un año más tarde y se separaron en 1968, pero regresó a su lado y hasta su último suspiro vivió junto a él.

Aurora Bernárdez acompañó a Julio Cortázar en excursiones profesionales –eran traductores de la ONU– por todo el mundo y fue su musa. No fue La Maga de Rayuela; La Maga, en realidad, parece que fue mucha gente. Pero sí fue, por ejemplo, la mujer que le dijo en la India que hay escaleras que solo sirven para bajar, y esa ocurrencia dio de sí el relato Instrucciones para subir una escalera, incluido en Historias de cronopios y de famas. En 1968, ella volvió a Buenos Aires, pero regresó pronto a París, su centro del mundo. Volvió junto al escritor cuando este cayó enfermo y se quedó solo –había muerto el último amor del autor de Rayuela, la escritora y fotógrafa Carol Dunlop–. Lo acompañó en ese dolor final. Era 1984. Luego se convirtió en su albacea.

Aurora nunca habló en público, ni de Cortázar ni de nada que sintiera que era secreto. Acudía a homenajes al escritor bonaerense –como el que se celebró para relanzar su obra en la Fundación March de Madrid en 1993– y permanecía silenciosa, como una efigie. En privado, era un torrente de memoria y datos. Hizo una excepción a aquel silencio público: mantuvo una larga conversación con su amigo Philippe Fénelon, músico y cineasta, su amigo desde principios de los años ochenta.

La casa de París
Ella conocía el trabajo de Fénelon. La admiración por lo que este había hecho, en el cine y en la música, la llevaron a ponerse ante la cámara para una charla insólita que se realizó entre 2004 y 2005 y que ahora forma el núcleo de El libro de Aurora, que publica Alfaguara, editado por Fénelon y por Julia Saltzmann, la editora argentina que durante años ha sido la responsable de la edición de las obras de Cortázar.

El cineasta encontró suficiente material que ahora junta en la casa parisiense de Aurora, la misma en la que Cortázar escribió Rayuela. Ahí había, también, “una especie de diario que ella había empezado en los años cincuenta; estaba escrito en distintos cuadernos, algunos de escritura casi inexistente porque ella había utilizado unos lápices verdes que se fueron difuminando con el paso del tiempo”.

Esa casa, histórica también por haber sido vivienda de Rayuela, sufrió un gran desorden, dice Fénelon, en la década previa a la muerte de Aurora, en 2014 en París. “Y fue muy complicado recomponer las decenas de versiones que había sobre un mismo texto”.

Al final, ha recuperado para El libro de Aurora esos escritos descompuestos, las poesías –“que no están nada mal”– y los diarios, algunos de los cuales se refieren a vivencias con Cortázar o a discusiones que suscitaba la personalidad del autor.

“Escribía sus sueños, sus lecturas y sus agendas diarias”. Destruyó agendas anteriores al año 1979. ¿Por qué? “Por la misma razón por la que destruyó las cartas de Julio cuando se separaron: eran 60 cartas. Luego se arrepintió”.

Al final, volvieron juntos en circunstancias dramáticas para Cortázar. “En realidad, nunca hubo una separación oficial; ella regresó a Buenos Aires y se reinstaló con una relación previa, que siguió sin funcionar. Y volvió. Como trabajaba en la Unesco, como Julio, se seguían viendo”, señala Fénelon.

Tras una conversación en la que ella está con Octavio Paz y otras personas relacionadas con la cultura, se habla de la personalidad de Cortázar, Aurora anota: “Las virtudes personales de Julio, bien conocidas por quienes lo estimaban e ignoradas por los demás, no son lo importante: lo que cuenta es la obra. En lo otro hay más posibilidades de duda. E incluso, ¿quién puede meterse a decir, con certeza, cómo era un hombre? En el caso de Julio, sus actos fueron a veces contradictorios: muchos de ellos te sorprenderían. No es el caso de convertirlo en paradigma. Le hubiera repelido. De lo que hay que hablar es de la obra. Para lo demás: silencio”.

Ella no quería hablar de todo lo que había pasado en su relación. Imagino que fue muy triste para los dos, seguro. Se liaron con problemas de los que ella no quería hablar.

El libro de Aurora es lo más lejos que ha estado esa mujer tan privada y tan hacia adentro de mostrarse también como una mujer para afuera.

Algunos comentarios a la nota de Juan Cruz

Adalberto Carbos Agozino:
La confiteria o bar "La London" donde escribía Cortazar se ubica en la esquina de las calles Av de Mayo y Perú. En el centro de la ciudad de Buenos Aires, a 500 metros de la Casa Rosada, sede del Gobieno Nacional. Por lo tanto, no es bonaerense sino "porteña". Los bonaerenses son los nacidos o residentes de la Provincia de Buenos Aires. Los nacidos o residentes de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires reciben el nombre de "porteños". Gracias.

Edgar Allan:
¿No quedamos en que ya no había "mujeres de"...? Se puede hablar de Aurora Bernárdez como traductora, y los que nos interese ya sabemos que era esposa de Cortázar, y muy buena esposa por cierto, pero a ver si se aclaran ustedes con ustedes mismos.

Guillermo de Ockhan:
Todos los que leíamos a Calvino en español conocíamos y valorábamos el trabajo de Bernardez.

Paco Morillo:
Otra vez el rollo políticamente correcto de "gran mujer tapada por gran hombre". Ni J.C. tapó a nadie, ni A. B. era una desconocida. Fue una traductora muy buena y prestigiosa, y sus traducciones son su obra. Si no publicó literatura propia fue porque no le dio la gana. Es más, aunque no fuera conocida por sus traducciones, si hubiese querido publicar cosas suyas, lo habría tenido muy fácil, precisamente por estar casada con J. C.

Rasi Nari:
Los españoles siempre tendremos que agradecerle a Aurora sus maravillosas traducciones en una época oscura de nuestro país en la que el acceso a los idiomas extranjeros por parte de la mayoría de la población era problemático y a determinados autores solo los podíamos leer en aquellas ediciones argentinas de Losada que luego fue adaptando y publicando Alianza. Mi mayor respeto y admiración para esta verdadera dama de la literatura.

Nicolás Bianchi:
"El País" sigue, sistemáticamente y sin acusar recibo, confundiendo 'bonaerense' (gentilicio de la PROVINCIA de Buenos Aires) con 'porteño' (lo propio de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires)....dos entidades territorial, política y jurídicamente distintas. Además de que Cortázar nació en Bélgica, un detalle menor en este caso...




jueves, 22 de junio de 2017

"¿Por qué necesitamos traducir una y otra vez los mismos libros?"

Traductor él mismo, el escritor y periodista Pablo Gianera publicó, en el diario La Nación del 15 de junio pasado, la siguiente columna motivada, probablemente, por la particularidad del premio Man Brooker, que se otorga tanto a un escritor como a su traductor al inglés.

El oficio más invisible

El premio de literatura Man Booker International, cuyo fallo se conoció ayer, tiene una particularidad: además de premiar a un autor, premia a su traductor al inglés. El premio es, por lo tanto, compartido en partes iguales. Es un verdadero acto de justicia con los lectores que, por lo general, dado que no podemos conocer todas las lenguas vivas y muertas, leemos las palabras que eligió el traductor y no las del autor. Ya sabemos que, bíblicamente, después de Babel vino Pentecostés, y la confusión de las lenguas quedó revertida en plena comprensión.

El santo patrono de la traducción es San Jerónimo, traductor de la Biblia al latín. Es famosa una epístola que el santo redactó en el año 395 en la que se defiende de acusaciones según las cuales habría traducido de manera deficiente un texto oficial. Esa defensa incluye una definición, una profesión de fe de la traducción que no le resultará extraña a ningún traductor: "Porque yo no solamente confieso, sino que proclamo en alta voz que, aparte de las Sagradas Escrituras, en que aun el orden de las palabras encierra
misterio, en la traducción de los griegos no expreso palabra d e palabra, sino sentido de sentido..."

Hace años escuché al poeta argentino Fabián Casas decir que para él la traducción era bastante parecida al cover de una canción. Personalmente, prefiero ver las cosas con una perspectiva un poco menos pop, aunque querría retener de su definición la idea de una versión. El texto original (la Divina Comedia, el Fausto de Goethe, el Fedro de Platón, el que ustedes prefieran) permanece invariable: fue escrito de una vez y para siempre. Pero esa misma condición inmodificable puede dar lugar a una cantidad indefinida de versiones (de sentido, según San Jerónimo) en una misma lengua.

¿Por qué necesitamos traducir una y otra vez los mismos libros? Bueno, una primera respuesta, muy superficial, es que porque los lectores no somos los mismos, y si bien el libro no cambia, cambia la manera de leerlo. La lectura es histórica. Considerada de esta manera, la traducción es una instantánea del estado de un texto en la historia. Necesitamos nuevas traducciones porque nuestra lengua cambia y cambia la manera en que un libro (el punto fijo) es leído.

"Hablamos de máquinas de traducir", cuenta Adolfo Bioy Casares en sus diarios sobre Borges. "No creo que existan", dice Borges. "¿Quién las inventó? ¿Otra máquina?" Las máquinas de traducir existen desde hace mucho. Un amigo hizo una vez un poema con el siguiente procedimiento: escribió el poema en castellano, lo sometió a una traducción automática al inglés (todo era primitivo, no estaba el Google Translate) y luego tradujo el poema del inglés nuevamente al castellano. Por supuesto, el resultado no fue el poema inicial. El experimento era desopilante, pero tenía un punto cierto: no hay verdad en la traducción, porque traducir es interpretar, del mismo modo que un pianista clásico puede interpretar una sonata de Beethoven. Del librito Sobre la traducción, de Paul Ricoeur es oportuna la tercera parte, "Un «pasaje»: traducir lo intraducible", justamente porque allí se refiere al problema del sentido, definido como algo inmaterial que se hace carne en la letra. Eso es también la interpretación.

La traducción es también el oficio más inmaterial, el más invisible, de todos, acaso el más refinado. El traductor trabaja para la gloria de alguien, otro, que no es él. Traducir es pagar una deuda afectiva. Me acuerdo de un escritor amigo que me dijo una vez que traducía para compensar los libros que él mismo escribía. Ahí también había una deuda. Lo que uno escribe hay que pagarlo traduciendo los libros de quienes son de veras buenos en el oficio (o el arte) de escribir. Si para algo sigo traduciendo, aunque sea de tanto en tanto, es para cumplir con esa obligación intelectual.

miércoles, 21 de junio de 2017

Elecciones en CADRA: Julia al gobierno, los traductores al poder

Por primera vez una traductora podría integrar la Comisión Directiva de CADRA (Centro de Administración de Derechos Reprográficos) si su postulación obtiene los votos necesarios en la próxima Asamblea General Ordinaria a realizarse el próximo 12 de julio, en la que se renovarán sus autoridades. 

CADRA es una asociación civil sin fines de lucro, integrada por autores y editores de Argentina, que reconoce al traductor como autor, sin distinción. Hasta ahora, la Comisión Directiva siempre estuvo integrada por editores y por autores en su condición de escritores, pero ésta sería la primera vez que podría integrarla una traductora.

Se trata de Julia Benseñor, traductora editorial egresada del INES en Lenguas Vivas, que se sumó a fines del año 2015 al grupo de colegas que vienen impulsando un proyecto de ley de derechos de los traductores y la mejora de sus condiciones contractuales y laborales.

Sin duda, CADRA ofrece un marco institucional interesante para abordar la problemática que afecta al sector de los traductores, ya que reúne en su seno a todos los actores involucrados.

martes, 20 de junio de 2017

Tres editores hablan de sus políticas de traducción


En la sesión de ayer, el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires recibió a Víctor Malumián, Julia Ariza y Anne Gauthey para hablar de qué y cómo traducen las nuevas editoriales argentinas

A partir de 2001, cuando las empresas multinacionales ya no se hicieron cargo de editar y traducir libros en la Argentina, apareció un gran número de pequeñas editoriales que se cargaron sobre los hombros la responsabilidad de editar a los autores nacionales y traducir todo aquello que las “grandes editoriales” decidieron dejar de lado. A esa primera ola de pequeños sellos hoy consolidados, la sucedió otra entre la que se cuentan Godot, Fiordo y, más recientemente, Milena París, tres magníficos ejemplos de cómo la inteligencia y la imaginación pueden ponerse al servicio de la edición. 

La charla giró alrededor de las políticas de edición de cada editorial, su forma de distribución, el armado de sus catálogos y el tipo de trabajo que privilegian a la hora de traducir.

El video respectivo puede consultarse siguiendo este vínculo:
https://www.youtube.com/watch?v=g0zYb2ovcW0&feature=youtu.be


Víctor Malumián (Godot) es Licenciado en Ciencias de la Comunicación (UBA). Junto a Hernán López Winne fundó en 2008 Ediciones Godot. En el 2012 generaron la Feria de Editores que ha recibido en su última edición más de 85 editoriales de Argentina, Chile, Colombia, Ecuador, México, Uruguay y Venezuela. En el 2016 publicó como coautor el libro Independientes ¿de qué? a través de Fondo de Cultura Económica México.




Julia Ariza (Fiordo) es Licenciada en Artes por la Universidad de Buenos Aires. Ha sido becaria del Conicet y actualmente finaliza su doctorado en la UBA. En 2012 fundó junto a Salvador Cristofaro la editorial Fiordo, que ha publicado primeras traducciones al español de obras de autores como Marghanita Laski, Anthony Powell, Riikka Pelo y Shirley Jackson. 


Anne Gauthey (Milena París) es actriz, narradora y poeta. Es diplomada en la educación popular con la especialidad escritura-lectura-oralidad. En 2012 crea Milena Paris un proyecto literario escrito y oral que nace de su encuentro con el editor Matias Reck. Relaciona la edición con la creación artística. Empieza a editar libros en bilingüe y autores argentinos exiliados en Francia. En 2014 junto con Sol Gil crea la colección Extremcontemporaneo dedicada a los autores franceses publicados entre los años ochenta hasta ahora que designa la literatura actual en constante devenir como Annie Ernaux y François Bon. En 2016 edita a Pablo Nemirovsky traducido al francés con el editor Renaud Bouk.