viernes, 17 de noviembre de 2017

Con la presencia de Sylvia Molloy se cierran las actividades públicas del Club de Traductores Literarios de Buenos Aires en 2017


Finalmente Sylvia Molloy estuvo en el Club de Traductores Literarios de Buenos Aires para cerrar las actividades públicas de 2017. La excusa fue Vivir entre lenguas, un libro del todo inclasificable, donde a través de una serie de textos de muy diverso orden, pero generlamente con un profundo sentido autobiográfico, la autora reflexiona sobre las lenguas en que vivimos y comparte con el lector sobre su propia experiencia trilingüe.

La charla se desarrolló en un clima francamente amable e informal y el público participó muy activamente con preguntas que la invitada contestó detalladamente y con mucho sentido del humor. 


Luego, aprovechando que la editorial Eterna Cadencia trajo ejemplares de varios de los títulos que Molloy publicó allí, se formó una cola para que cada uno de los presentes recibiera la correspondiente dedicatoria. 

En los próximos días aquí podrá verse el video de la reunión.

Sylvia Molloy (Buenos Aires, 1938) es una de las más importantes escritoras de la lengua. Doctorada en Literatura Comparada en La Sorbonne, fue becaria de la Fundación Guggenheim, del National Endowment for the Humanities, del Social Science Research Council y de la Fundación Civitella Ranieri. Fue profesora en las universidades de Yale y de Princeton y, en 2007, creó la maestría en escritura creativa en castellano de la New York University. Su obra crítica incluye La Diffusion de la littérature hispano-américaine en France au XXe siècle (1972), Las letras de Borges (1979), Acto de presencia: la literatura autobiográfica en Hispanoamérica (1997) y Poses de fin de siglo. Desbordes del género en la modernidad (2012). De su obra estrictamente creativa se mencionan En breve cárcel (1981), El común olvido (2002), Varia Imaginación (2003), Desarticulaciones. (2010) y Vivir entre lenguas (2016). En la actualidad es Albert Schweitzer Professor in the Humanities Emerita por la New York University.

jueves, 16 de noviembre de 2017

A modo de anticipo de la visita de Sylvia Molloy al Club de Traductores Literarios de Buenos Aires

El 28 de febrero de 2016, el escritor José María Brindisi publicó en La Nación, de Buenos Aires, una entrevista que realizó con Sylvia Molloy a propósito de Vivir entre lenguas, un magnífico y muy singular libro que por esas fechas publicaba la editorial Eterna Cadencia. A un día de realizarse el último encuentro del año, que tiene a ese autora y a ese libro como exclusivos protagonistas, parece entonces oportuno volver a leer el diálogo que en la oportunidad mantuvieron ambos escritores.

“Crítica y narración son para mí proyectos 
paralelos en constante diálogo”

Debe ser extraño eso de no estar y, al mismo tiempo, “estar cada vez más”. Porque a pesar de que hace más de cuatro décadas que vive fuera de la Argentina, en los últimos años –sobre todo– el nombre de Sylvia Molloy pasó de ser un secreto a voces para convertirse, lentamente, en una autora insoslayable. Mucho han tenido que ver las reediciones de los últimos tiempos, que posibilitaron no sólo leerla –En breve cárcel, su primera novela, apenas había circulado aquí en fotocopias de la versión española de Seix Barral, de 1981, hasta que la editó Simurg en 1998– sino que aportaron, además, nuevas miradas, una relectura de parte de su obra a partir de un contexto absolutamente diferente. En breve cárcel se convirtió en una suerte de paradigma, una novela que –acaso por primera vez en el país– narraba sin tapujos y a la vez con extrema sutileza un amor lésbico. “Una historia de encuentros y desencuentros”, como la misma Molloy sintetizó en más de una ocasión, con la particularidad –para la literatura– de que ese amor era entre mujeres. Pero con todo lo que tiene de político ese gesto, leerla desde una nueva perspectiva permite redescubrir, o terminar de descubrir, una escritura. En ese sentido, el reciente rescate de Ricardo Piglia para su Serie del Recienvenido de esa novela –la colección que dirige en Fondo de Cultura Económica–, cuyo objetivo es volver visibles libros que no tuvieron la difusión que merecían, resultó fundamental por su valor simbólico y por sus implicancias literarias. 

Pero en ese estar y no estar de Molloy, que además de producir una obra crítica y ensayística notable ha trabajado durante mucho tiempo en algunas de las más prestigiosas universidades norteamericanas –Yale, Princeton, NYU–, hay un factor que se torna particularmente activo: su condición de trilingüe. Es decir, en ese ir y venir con total naturalidad entre el inglés –en el que le hablaba su padre–, el francés que estudió más tarde y el castellano natal se da un estado de alteración. “El bilingüe nunca se desaltera”, escribe Molloy en su flamante Vivir entre lenguas (Eterna Cadencia) –que presentará en Buenos Aires el viernes 11 de marzo– en el sentido de alguien que no tiene un control completo de sus reacciones, alguien que está momentáneamente en un sitio –una lengua– pero renunciando a otros. Entonces ese vaivén constante, ese escribir “desde una ausencia”, eligiendo un idioma y “afantasmando” los otros –que nunca desaparecen–, es desde siempre para Molloy un entrevero cotidiano, un modo de situarse en una suerte de vacío o no lugar. Una pelea que se da en su relación con el lenguaje, pero que desde luego va mucho más allá. 

–En uno de los pasajes más significativos del libro, usted habla de haber estado en algún momento de su vida “suspendida entre lenguas”, sin poder escribir. ¿Qué significaba exactamente esa crisis, y cómo encontró el antídoto para escapar de ella? 
Creo que no se puede escapar de la crisis sino, de alguna manera, asumirla. Es decir, aceptar que tanto la vida como la escritura son un ir y venir entre lenguas, y que si bien ese vaivén depara complicaciones también es fuente de creación. En el caso preciso que menciona, la única manera de escapar fue convencerme de que no tenía que elegir, que podía comenzar a escribir en cualquiera de mis lenguas porque si no me salía bien siempre me quedaba el recurso de traducirme a otra.

–El título original era Vivir en dos lenguas. El cambio parece revelador en cuanto a esa suspensión de la que hablaba.
–Preferí Vivir entre lenguas porque me parece crucial señalar el intersticio, el lugar intermedio donde se mezclan y contaminan saludablemente las lenguas, que en mi caso no son dos sino tres.


–Le llevó bastante tiempo concretar este libro. ¿A qué se debió? ¿Hubo alguna resistencia, precisamente, algo así como la sensación de estar perdida entre lenguas, países y la experiencia de toda una vida?
–Resistencia, no, tampoco sensación de pérdida, sino una suerte de desconcierto fecundo. Hace mucho que pienso entre lenguas, es lo que le toca al sujeto que maneja más de un idioma como propio. Somos muchos los que vivimos en vaivén lingüístico, especialmente en estos tiempos de desplazamientos, exilios, asentamientos provisorios, derivas de todo tipo. Yo me fui de la Argentina hace más de cuarenta años. No estaba perdida entre lenguas pero sí algo insegura. Había escrito critica en español y francés, y alguno que otro cuento en inglés y en español. ¿En qué idioma iba a escribir una novela?

–Al comienzo, usted menciona el hecho de haber aprendido el idioma francés como un acto de “recuperación” (la lengua en la que hablaba su abuela materna, y que su madre no había aprendido). Pero el inglés, que empezó a hablar apenas murió su abuela paterna, ¿no funcionó de un modo similar?
–No del todo. Aprender francés fue una iniciativa mía (avalada, debo decir, por mi madre, para quien el francés era lengua postergada y por lo tanto objeto de deseo), mientras que el inglés se dio naturalmente, si cabe el término, porque era la lengua activa de mi padre. No tuve que decidir que quería aprenderlo, el inglés que oía en boca de mi padre decidió por mí.

–La particular mixtura que hace entre narración y reflexión la emparienta con autores como Sebald, Cozarinsky, Magris o Piglia. ¿Qué le interesa particularmente de ese mestizaje? ¿Es el contexto en el que puede escribir con mayor libertad?
–Para mí la narración y la crítica son dos proyectos paralelos que están en constante diálogo. Casi siempre manejo dos proyectos a la vez, dejando que se enriquezcan mutuamente, que se contaminen. Cuando escribía En breve cárcel estaba pensando en las diversas formas y objetivos de la escritura confesional y de ahí salió no sólo la novela sino también el impulso para mi libro sobre la autobiografía. Lo mismo con El común olvido, escrito a la par que reflexionaba críticamente sobre narrativas de regreso para un libro que aún no he terminado. Del mismo modo, El común olvido me ha servido para incentivar la reflexión sobre el vivir entre lenguas.

–La palabra y la idea de “switchear”, refiriéndose al zigzagueo entre diversas lenguas, es un concepto central en todo el libro. ¿Ese “switcheo” produce, a veces, cruces inesperados, incluso extraños? Pienso en la referencia a Jorge Porcel, por ejemplo.
–Todo depende del efecto que se quiera obtener. Interrumpir el flujo de una lengua para dejar caer una o varias palabras en otra puede ser una afectación cultural, una manera de lucirse, como es bien sabido. Pero puede ser también una necesidad. Cuando el que vive entre lenguas “switchea”, lo hace porque la palabra en la otra lengua surge primero y se impone, o porque no encuentra la palabra en la lengua que está hablando, o porque la palabra en la otra lengua “lo dice mejor”. Pero una cosa es zigzaguear entre lenguas, y otra cosa es navegar entre referencias culturales. Cuando la narradora de Vivir entre lenguas habla de Porcel no es, desde luego, para impresionar al lector con la referencia cultural ni, en este caso, para impresionar a las gallinas a quienes les canta “A la cama con Porcel” cuando las hace entrar al galpón. Es una suerte de travesura, una especie de nonsense a la que se entrega cuando nadie la oye.

–El suyo es un caso muy diferente, pero ¿qué piensa de los escritores –como sucede hoy con frecuencia en América Latina– que se instalan en Estados Unidos detrás de una mayor circulación o, sobre todo, legitimación?
–No creo que las cosas se den en ese orden; es decir, no creo que los escritores latinoamericanos vayan a Estados Unidos con el propósito principal de encontrar mayor circulación y legitimación. La mayoría de los escritores latinoamericanos que conozco han llegado a Estados Unidos por necesidad: una beca de estudios, un empleo, un puesto en una universidad. Son exiliados, no siempre por razones políticas, cuya motivación principal es escribir y no necesariamente encontrar mayor circulación o legitimación. Porque ¿quién se las daría? Como es bien sabido el mercado editorial norteamericano está cada vez más restringido para el escritor extranjero a quien, salvo excepciones, tiende a ignorar. No se lo traduce, no se lo publica. Las grandes editoriales se dan el lujo de promover uno o dos escritores extranjeros como máximo para lucirse –pongamos por caso César Aira y Roberto Bolaño en New Directions o Bolaño, póstumamente, en Farrar, Straus & Giroux–, pero eso de la mayor circulación es, más bien, un mito.

–Usted menciona a W. H. Hudson, quien luego de treinta años se fue a Inglaterra a convertirse en un “escritor inglés”. Hay algo muy doblemente argentino en la relación que tenemos con él: o nos lo apropiamos –olvidando que escribía en inglés–, o lo vemos como una suerte de traidor?
–Creo que más bien nos lo apropiamos, ¿no? En efecto elegimos olvidar que lo leemos en traducción, olvidar que eligió ser un escritor inglés, olvidar que el título completo de la primera edición de La tierra purpúrea era The Purple Land that England Lost, título que luego acortó, sabiamente despojándolo de sus connotaciones imperiales que, para un lector argentino, traicionaría la admiración que le inspira el autor.

Vivir entre lenguas es uno de los libros en que su yo ha quedado más expuesto. ¿Ha logrado, aun así, establecer esa distancia que muchas veces le ha resultado indispensable para poder escribir?
–Me gusta la idea de exponerme a través de la lengua, a través de los cambios de lengua. Hay algo un poco louche (ya ve, no puedo con mi tendencia a mezclar) en la idea de descubrirse, en los dos sentidos del término, a través de esos cambios.

–En más de una ocasión ha planteado la práctica de la escritura como traslado, como “traducción”. ¿Cómo actúa esa doble traslación, en su caso, cuando escribe en inglés? ¿El castellano sigue siendo ese idioma “desde” el que es trilingüe?
–Totalmente. Si bien el ir y venir entre lenguas complica la escritura, también la estimula. Cuando me cuesta empezar un texto que he elegido escribir en español, lo hago en inglés (o, rara vez, en francés), la lengua relegada, para luego traducirme.

–En algún pasaje se refiere al “desamparo lingüístico” de su madre. ¿En verdad le otorga ese peso o se refiere a la lengua materna que a ella se le había negado?
–Me refiero a la lengua materna que le fue negada, el francés que sus padres hablaban con los hijos mayores pero que dejaron de hablar con los menores y que ella extrañaba. Sólo quedaban resabios de ese francés en el habla de mi madre, términos de costura, nombres de platos de comida, de algún mueble, mínimos pedacitos de la lengua materna afantasmada.

–Como mínimo, usted regresa a la Argentina una vez al año. ¿Logra sentirse en casa, es decir, convertirse en esa otra que no desea que la “agarren desprevenida”?
–Logro sentirme en casa justamente porque me fui de casa, y los retornos son maneras de convencerse –o de casi convencerse– de que uno nunca se fue. Pero el que vuelve siempre, de algún modo, muestra la hilacha: se sorprende de algún cambio que cree reciente cuando ese cambio ocurrió hace tiempo, o usa una palabra de otra época, o sigue pensando que la avenida Santa Fe es calle de mano única.

–El libro cierra con una pregunta, sencilla pero de múltiples significaciones: “¿En qué idioma soy?” ¿Ha podido responderla? ¿Hay una respuesta posible?
–No, no hay respuesta posible. Lo más que puedo decir es que no “soy” en este idioma o aquel, sino en el cruce mismo de mis idiomas, sitio imperceptible y precario donde una lengua desemboca en la otra y luego vuelve “en sí” contaminada por el desliz. No recuerdo qué escritor francés de origen ruso decía de sí mismo y de otros bilingües que eran todos “infectados de la lengua”, usando el término “infectar” como se usa en francés, al hablar de pintura: se dice que un color “infecta” a otro queriendo decir que tiñe el otro, que lo penetra, lo mancha. Es en ese precario cruce lingüístico donde me siento por fin en casa: es decir, donde soy.


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Una versión española del canon (14)

Traductora de francés e italiano a castellano, especializada en arte contemporáneo, ciencias sociales y narrativa contemporánea. María José Furió Liu (Valencia, 1962) es, además de narradora, una de las más lúcidas ensayistas españolas actuales. Reside en Barcelona, ciudad donde cursó estudios de Filología Hispánica, especializándose en Literatura. Cursó el Doctorado en Literatura Comparada (Universitat Pompeu Fabra, 1ªedic., dirigida por Claudio Guillén 1994-1996). Desde 1992 colabora regularmente como crítica literaria en diversas publicaciones. En 1997 la editorial Mondadori publicó la novela  La mentira. Ha publicado además diversos relatos en Renacimiento (Sevilla) y  Galerna (Nueva York). En 2011 la revista mexicana La Tempestad  publicó en su número 80 el relato Tongo. Como fotógrafa, con intención de documentar las novelas que prepara, viajó por  Argelia, Egipto, París, Miami, Cuba, y también a Valencia, Madrid, Teruel y otros puntos de España. En 2003 Cultura/s publicó el foto-poema Los elegidos para ser felices, exhibidó en 2000 en la galería H20 junto con la foto-novela: Est-ce que la vie est un roman? Algunas de sus traducciones son La democracia asesinada (2001),de  J. P. Berdah , Las ambiciones de la Historia (2001), de Fernand  Braudel,  El asesinato de Lumumba (2002), de Ludo de Witte, Arquitecturas, ciudades, visiones (2007), de Gabriele Basilico, entre otros títulos.

Los dueños del idioma, un rapto, 
una intemperie

Formo parte de la lista de personas que han ido abandonado ACETT, disgustada por su política de tolerar la indefensión de todo aquel que tiene algún problema relacionado con la Ley de Propiedad Intelectual, un desencuentro contractual con editores o sufre abuso de posición de editores de mesa o de traductores que usan malas artes para hacerse con la exclusiva de un escritor. Ya desde fuera de la asociación y viendo confirmado mi juicio sobre el grupo, he criticado con dureza su política frente a la bajada de tarifas impuestas por grandes grupos editoriales. En resumen, es una de esas siglas que eludo así la veo aparecer al lado de cualquier noticia o fotografía. Me produce no escepticismo sino aborrecimiento por el recuerdo de la impotencia sufrida, lo cual no impide que varios de sus miembros merezcan mi respeto como excelentes traductores que son y buenos compañeros. Es el caso de Teresa Gallego Urrutia, muy activa en dignificar la profesión de traductor en España, además de muy generosa con sus conocimientos, hecho verificable dentro de la lista de la asociación y en privado.

Como la asociación francesa, ACETT aloja a traductores profesionales allá donde la asociación argentina exige una titulación específica. Sin embargo, ni mi recuerdo de ACETT ni mi opinión sobre el nivel de las discusiones y comentarios dentro de la lista de correos son halagüeños para sus componentes, ni soy aficionada a las listas, así que la ya famosa de “traducciones canónicas” que aquí se comenta me supo a nada. A la intrascendencia deliberada habitual. Al cadáver en el armario. El debate, por otro lado, me pareció un pretexto para activar un rencor contra España que a mi juicio está desplazado del que debiera ser un objetivo más certero.

Dejando al margen algunas afirmaciones que han hecho los colegas que me han precedido, entiendo que uno de los errores es mezclar tiempos. Se reivindican los nombres de Cortázar y de Borges pasando por alto que eran coetáneos de escritores e intelectuales españoles asimismo exigentes con su tarea literaria y que el sentido y el peso mismo de la literatura y de la cultura eran muy diferentes del que hoy tienen.  Hoy no creo que se publicara El erotismo (de Georges Bataille) porque los conceptos de “sagrado” y de “transgresión” parecen desvanecidos pero también, sobre todo, el vínculo entre un deseo profundo, poco transparente, y la actividad creativa. En España, la literatura se ha hecho comercio y comercio de nombres propios. Por usar un término psicoanalítico, es como si el “ello” hubiese sido asesinado e instalado en su lugar su simulacro, suplantado por un superyó que se despliega en ese apetito de posiciones de relieve, de ventas y de galardones. No hay alegría ni transgresión, no hay ruptura ni horizonte de ruptura, todo está mediatizado por la marca: de la editorial, del periódico que promociona, del escritor.

Incluso cuando se presenta a tal o cual escritor como figura contracorriente, como gurú lúcido, no es más que otra mercancía para saciar el apetito de exquisiteces de un sector del mercado. No hay ni que decir que la capacidad transgresora del “disidente” está por completo neutralizada por esa función. Darío Jaramillo ofrecía una lista de dueños del idioma. Me resultó conmovedora como una película antigua porque los reales dueños del español son actualmente los directivos de las grandes corporaciones editoriales, en cuya “cumbre” figuran personas sin un átomo de talento literario.

Aquí se ha afirmado que algunos traductores argentinos lograron romper barreras y establecerse profesionalmente en España: me parece una generalización abusiva, pues probablemente lo hicieron antes de la eclosión del sector editorial como industria en pos del máximo beneficio. Pudieron instalarse cuando no había la competencia feroz actual entre profesionales y cuando un elevado nivel de cultura era un valor en sí mismo y la traducción una tarea casi artesanal. No rompieron barreras: crearon un lugar de la nada, a la par que los traductores españoles de esa época. Asegurar que las traducciones españolas son malísimas es otra hipérbole compensatoria, comprensible, por la autoestima herida del traductor latinoamericano canónico. He reescrito suficientes traducciones salidas de manos de argentinos como para asegurar que en todos lados cuecen habas (no conozco la versión americana de este dicho).

Con todo, el problema sigue estando en otros puntos. Se habla de “España” cuando hay dos “frentes” editoriales que funcionan de modo diferente en lo que hace al idioma. El español que se habla en Cataluña está bastante degradado y no podemos fijarnos únicamente en los grandes títulos para determinar la calidad del nivel de traducción de una zona. Es habitual, por no decir la norma, que sean catalanoparlantes lo que estén al mando de los departamentos de edición y me he encontrado más de una vez con que se me pide que rebaje el nivel para adaptarlo a un público distinto de aquel al que el autor del original se dirigía. Percibo una distancia que me violenta y ofende cuando mi editor es alguien que no tiene el español como lengua materna, por no hablar de lo insultante que resulta la convicción, muy extendida aquí, de que un castellanoparlante es socialmente inferior al catalán. Y las consecuencias que se derivan de dicha convicción en términos de desarrollo profesional. He reescrito libros enteros de figuras mediáticas a precio de derribo porque los profesores de mi facultad o los editores y directores de revistas que explotaron mi trabajo han preferido siempre promocionar a catalanes de esa burguesía ilustrada tan típica de Barcelona –no sé si también de Madrid-- que cree ser progresista mientras desarrolla una actividad cultural reaccionaria, de buen tono, historicista, clasista, misógina, antimoderna.

No creo que deba hablarse de “imperialismo” sino de ignorancia o de mala fe. De un lado, existiría la convicción de que España y los países latinoamericanos son independientes y tienen las mismas armas para defender sus mercados –lo cual no es cierto en lo que se refiere a la capacidad invasora de los productos de las grandes corporaciones editoriales y de las dos o tres grandes independientes españolas que puedan quedar, pero esto se compensa con el mayor prestigio del que gozan los escritores latinoamericanos. Basta con seguir el listado de autores premiados por editoriales como Anagrama o Seix Barral y el tratamiento que se les da en prensa para verificar mis palabras.  Obsérvese el lugar y prestigio otorgados a Aira, Piglia, Pron, Fresán, Pauls y Villoro, nombres habituales en España.

El problema principal a mi entender está en los cambios que se produjeron en los años ochenta y noventa en España. Por eso la Barcelona de los 70 es ya solo quimera. Cada vez que se ha pretendido modernizar la cultura se optó por mirar a Estados Unidos y se copiaron sus maneras publicitarias cuando la península debería plantearse un enfoque emancipatorio de nuestros conflictos políticos y culturales, incluido de los que mantenemos con toda América, desde la perspectiva que ofrecen los estudios poscoloniales, que plantean conceptos muy estimulantes. La actividad teórica actual en dos de las grandes zonas poscoloniales, África y el Caribe, son para mí un ejemplo. En los noventa se produjo en España una eclosión de nuevos escritores, que se dio en calificar de “light”; fue una decisión de editores, que en definitiva son quienes eligen qué publican y cómo modelar ideológicamente el mercado. Lo digo desde mi experiencia y como mujer: se promocionó una infantilización de los argumentos, proliferaron como setas escritoras treintañeras y personajes que parecían haberse quedado en la fase anal, para estupor de quienes teníamos otra formación e influencias diferentes del gore o el grunge anglosajón. Decía Walter Benjamin que la moda es una eterna repetición de lo nuevo y que además garantiza que nada cambie en las relaciones sociales. Ese ha sido, según observo, el “proyecto cultural” que ha quedado establecido. En España no hay debate auténtico ni polémica: es teatro; se ha instalado una jerarquización radical que ha provocado una subproletarización infamante de un porcentaje nada desdeñable de los actores de la cultura mientras se publicitan hasta la náusea una pequeña porción de nombres, instalados en la rueda de los prestigios en los años ochenta y noventa, cuando llegó el dinero de Europa que acalló a las elites antaño radicales instalándolas en universidades, organismos de prestigio, periódicos, etc., y que dieron por bueno lo ocurrido porque les benefició.

En España hay grupos editoriales que favorecen el plagio, que premian libros escritos por un grupo de profesionales para provocar algún revuelo mediático, hay editores y agentes literarios que chanchullean con el ministerio de Cultura (o el nombre que actualmente ostente) por ciertos beneficios exclusivamente comerciales, hay agentes editoriales que persiguen repetir el pelotazo editorial equivalente al último de Estados Unidos y sacrifican a escritores literarios, hay escasez de becas para la creación, hay críticos que son, estrictamente hablando, publicistas de sus intereses y de los de sus amigos y que no tienen un solo volumen publicado de teoría crítica –las recopilaciones de reseñas no son teoría literaria—, pero sí poder para hundir carreras y reputaciones; el acoso sexual y la difamación pasan impunemente como males menores o necesarios dentro de una carrera profesional porque en conjunto hoy pervive el sálvese quien pueda y lo mal que esté el otro deja hueco al que quiera instalarse. Por eso, una lista estrambótica como la publicada por El País me parece el síntoma de un problema mayor, estrictamente español, y que ese problema, de numerosas facetas, es el que no se quiere abordar y, sobre todo, no quieren abordar los traductores ni los escritores e intelectuales españoles.


martes, 14 de noviembre de 2017

Una versión española del canon (12) y (13)

Despacio, sin estridencias, discretamente y con un tesón extraordinario, la poeta y traductora Silvia Camerotto (Lomas de Zamora, Pcia. de Buenos Aires, 1959), tanto por el alcance de sus elecciones como por la calidad de sus versiones, se ha ido convirtiendo en una de las más consecuentes traductoras de poesía de la Argentina. Tanto en su blog De Sibilas y Pitias (http://desibilasypitias.blogspot.com.ar/) como en su reciente sitio web (https://caligrama59.wixsite.com/silviacamerotto) ha ido publicando sus versiones de Emily Dickinson, Christina Georgina Rossetti, Robert Browning, Edna St. Vincent Millay, Ezra Pound, T. S. Eliot, Edwin Arlington Robinson, Carl Sandburg, D. H. Lawrence, William Carlos Williams (de quien prepara una edición de Paterson), Wallace Stevens, Amy Lowell,  Basil Bunting, Charles Causley, Dylan Thomas, Elizabeth Bishop, Sylvia Plath, Adrienne Rich, Raymond Carver, Audre Lorde, Edwin Brock, Charles Wright, Billy Collins, Anne Carson, William Wadsworth, Jude Nutter, Ron Padgett, Sam Shepard, Mark Strand, Tiffany Atkinson y, muchos más (la lista es realmente asombrosa), dando a conocer nuevas versiones de poemas ya traducidos así como poemas nunca antes vertidos al castellano. Su última libro de poemas publicado es La Grosse Fuge (Buenos Aires, Ediciones del Dock, 2012). 

Nec spe nec metu

¿Es España acaso ruta y destino del español? No. Pero ella se ve a sí misma como la única y verdadera manifestación del activo cultural hispanohablante. Cualquier iniciativa de promoción y difusión es avara y centralizadora. Un hecho de usura que deriva del miedo.

Han publicado una lista en la que la traducción no es patente de todos los hispanohablantes. Una lista que defrauda los intereses verdaderos de la lengua y de los usos de la lengua. Que defrauda, no por menos, al genio creador latinoamericano, que impulsa –sobre todo y más que ninguna otra cosa- la discriminación lingüística.

No resulta inaudito que España ejerza su latrocinio o monopolio, ni que desconozca olímpicamente los factores de riqueza intelectual que aportan todos y cada uno de los hablantes y de las comunidades que hablan el español lejos de la ex madre patria. Tampoco es inaudito que ignore adrede el trabajo de los traductores no españoles.

La manipulación tiene un valor económico que pareciera reportar beneficios a los únicos y aparentes dueños del idioma: los españoles de España.

Ni listas como esta, ni el hecho de que editoriales como Cátedra manejen los derechos exclusivos de publicación en español en Argentina y quizá en otros países hispanohablantes son novedad. Lo peor es la complicidad entre España y los otros monopolios que le ceden los derechos.

El canon referido no es nada más soberbia, sino también temor a enfrentar las amenazas de otras áreas lingüísticas.

¿De qué temor hablamos? Del temor a ser superados y sobrepasados. De temor a la pérdida de la hegemonía apostando a una política unificadora, pero con el pie encima. Una política que ejerce lo peor de la globalización. Una bajeza, en fin.

Y lo hacen, como diría Pound “sin dignidad, ni tragedia […] obstructores del conocimiento, obstructores de la distribución”.


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Traductor de Andréiev, Afanásiev, Bulgákov, Chejov, Dostoievski, Tólstoi, Turguéniev, Vigotski, Zamiatín, Lenin y Trotski, entre otros autores, Alejandro González (Buenos Aires, 1973) ganó en 2014 el 1er. Premio en el II Premio Internacional de Traducción Read Russia, Instituto de Traducción de Rusia, por El doble. Dos versiones: 1846 y 1866, de Fiódor Dostoievski. Licenciado en Sociología (UBA), realizó estudios de posgrado en la Facultad de Filología de la Universidad de Petrozavodsk, Rusia. Eslavista, investigador y traductor científico-literario, actualmente enseña en la Universidad Nacional de San Martín, donde forma parte del programa Lectura Mundi.

h) incluidas en esta clasificación

Hace años que dejé de creer en todo listado no ligado directamente a una necesidad específica (productos a comprar en el supermercado, documentos a reunir para un trámite burocrático,medicamentos a adquirir en una farmacia, objetos a llevar/traer en un viaje) y de admirar boba y culposamente las infatigables listas de libros, películas, discos, destinos turísticos, automóviles, mujeres más hermosas de Hollywood y frutas y verduras que sí y casi siempre no he leído, visto, escuchado, visitado, conducido, amado, probado ni jamás haré.

Acaso por eso la lista que nos llega desde ACEtt no me inquieta. En lo personal, no oigo tambores de guerra tras esa abúlica iniciativa de un periódico que, como tal, debe llenar espacios a como dé lugar para sus en muchos casos abúlicos lectores.

Dicho esto, no deja de entristecerme el empobrecedor provincialismo que ha guiado la selección y la falta de voluntad de trascender lo español a la hora de pensar el patrimonio cultural en lengua castellana.

Por lo que hace al listado (a todo listado) y los criterios de clasificación, no me queda sino remitir a los lectores al idioma analítico de John Wilkins e invitara los colegas a reflexionar si no convendría ir desechando esa práctica tan darwinista, autocomplaciente e innecesaria.






lunes, 13 de noviembre de 2017

Una versión española del canon (11)

La poeta, ensayista y traductora Ana Franco Ortuño (Ciudad de México, 1969) obtuvo los grados de licenciatura y maestría en Literaturas hispánicas en la UNAM, donde se especializó en poesía mexicana. Como poeta, recientemente publicó El libro de las ideas (Ciudad de México, Ediciones Sin nombre-SCGDF, 2012), la plaquette Peligro de extinción (Barcelona, Carmina in minima re, 2012), y participa en el libro colectivo Enemies/Enemigos. Poesía de la Ciudad de México y Londres (EBL-conaculta, 2014). De 2007 a la actualidad ha sido Coordinadora editorial y Subdirectora del Periódico de Poesía de la UNAM (publicación mensual): www.periodicodepoesia.unam.mx. También coordinó el festival Poesía en Voz Alta en Casa del Lago, del que en 2015 fue también programadora. Como antologadora hizo la selección de poetas argentinos en Animales distintos, muestra de poetas argentinos, españoles y mexicanos nacidos en los sesentas, (Ciudad de México, Arlequín-CONACULTA, 2008); la selección de poetas jóvenes de México para la revista Fórnix 8-9, Lima, Perú, 2009; ha publicado en revistas nacionales como Punto de Partida, P.D., Parteaguas y Blanco Móvil y en España ha publicado en Quimera y Paraíso. Como poeta participado en encuentros y festivales en México, Argentina, España y Portugal. Sus poemas han sido traducidos al inglés, portugués y mixteco. Recientemente ha publicado Inestibilidad: poesía contemporánea de Francia y México (Veracruz, Intersticios/Universidad Veracruzana, 2016) y coordinado y editado la serie de ensayos Cocina y literatura. Ensayos literarios sobre gastronomía y ensayos gastronómicos sobre literatura (Santiago de chile, LOM, 2017). 

Sobre la traducción, lo canónico y otras inocencias

He escuchado y leído muchas posiciones y debates acerca de las necesidades, características y posibilidades de traducir; sé bien el apasionamiento de los traductores para hablar de lo suyo, probablemente porque los antecede una historia cargada de metáforas morales, como la idea del traductor traidor (que hay quien cita con un envejecido aire de dignidad todavía), o como la ensombrecida posición en ediciones que siguen sin referir el nombre de quien hace tal o cual versión de un clásico.

En nada de esto hay inocencia: detrás de una edición hay una economía, detrás de una lengua hay siempre la jugosa posibilidad de un imperialismo.

El estado oculto de los traductores fue, como el de tantas otras sombras humanas, el de un doble inexistente; hasta que importó, y los traductores ahora se organizan como cualquier otro gremio, y aparecen, discuten, cobran y legislan.

Como hemos visto en esta serie de entradas de Una versión española del canon, Librotea celebró el 30 de septiembre (Día Internacional del Traductor), con una lista de traducciones recomendadas por la ACETT, de España. Desde luego, cualquier institución puede hacer su lista de favoritos y cualquier lista de favoritos es válida, como lo es cualquier antología, en el entendido de que la propuesta o la reunión es ésa y no otra (es decir, ese universo, en tanto código de selección trata de los incluidos y no de los faltantes). Con todo, las listas tampoco son inocentes y los lectores confían en la recomendación, a sabiendas de que la hace un experto (o una asociación de expertos, en este caso, no sólo en traducción, sino evidentemente en lengua y literatura).

El artículo de Matías Battistón (décima entrada de esta serie), nos deja bien clara la definición de la palabra ‘canon’, y su autor articula algunas de sus posibilidades para entender las sugerencias de Librotea y la ACETT. Los nueve autores que lo preceden problematizaron la situación de América Latina frente a España en tema de la traducción, y han demostrado con un montón de razones la malintencionada sordera de una publicación tan prestigiada como el diario el País y su recomendador de libros.

Pensemos que el supuesto error se encuentra entonces en el título de la lista. Sin embargo, al avanzar en la propuesta (el elogio) que justifica a los títulos y traductores elegidos, la lectura continúa en su enrarecimiento:

1) cuando se refiere a las versiones de las ‘señoras’ Daloway y Bovary, la sorprendida ACETT afirma la idea (“bastante absurda”, dice, con una sonrisa) de que las posibilidades de una traducción entre géneros (hombre-mujer, por supuesto), sí existen, y lo demuestra con las menciones de López Muñoz, quien no solo logra esa odisea de traducir la voz de una mujer (aunque sea un personaje), sino ¡de dos!, en Mrs. Dalloway, en osada intuición de la sensibilidad del Otro (históricamente indecodificable); y de Gallego Urrutia, quien encuentra el “vocabulario adecuado” para traducir a Flaubert (autor), aunque sea un hombre. Es decir, la ACETT no distingue entre autores y personajes para maravillarse con el arrojo de sus traductores favoritos, quienes viajan con éxito al enfrentar el evidente opuesto humano.

2) otra sorpresa que se llevan estos lectores profesionales es la de la “rabiosa actualidad a pesar de los años que tienen” los poemas de Amor, duelo, contradicciones, de Erich Fried, en traducción de Jorge Riechmann “pese a que su traducción no es nada fácil”. El libro data del final de los años 70. La actualidad de Homero debe congelar a quienes escribieron el artículo; la dificultad de Joyce, ni se diga.

3) una tercera maravilla es la de la credibilidad del lenguaje en Mi padre es mujer de la limpieza, de Saphia Azzeddine, en traducción de Begoña Díez Zearsolo.

¿Qué decir? Es posible que quien escribió este artículo, a nombre de una institución que dice “defender los intereses y derechos jurídicos, patrimoniales y de cualquier otro tipo de los traductores de libros”, sea más bien, un entusiasta. Pero, como dije, a estas alturas (y a esos niveles) no creo en inocencias. Retomar la discusión del lenguaje propio de lo masculino y lo femenino, o recomendar libros por su credibilidad y su rabiosa actualidad pese a los años, resulta indignante, en el mercado de la imposición simbólica y económica de idiomas y de ventas millonarias.

El anticuado pero efectivo adueñamiento de una lengua y sus formas será siempre un modo del fascismo. Debiera ser ya innecesario luchar contra estupidez tan evidente y, no obstante, estamos aquí, empezando de nuevo a clamar que todas las palabras tienen alma.


viernes, 10 de noviembre de 2017

Una versión española del canon (10)

Probablemente uno de los traductores jóvenes más activos de Argentina, Matías Battistón (Buenos Aires,  1986) es además docente de traducción literaria en la Universidad de Belgrano, y ha dictado seminarios de traducción en la Maestría en Traducción Literaria en el Trinity College Dublin. Ha traducido, entre otros, a John Cage, Marcel Proust, Oscar Wilde, James Joyce, Édouard Levé, Gustave Flaubert, Samuel Beckett, Jean-Luc Godard y Ed Wood. Y éstas son las reflexiones que le ha producido la grotesca lista publicada por ACEtt.

Help a ACEtt

Es difícil medir hasta qué punto condiciona la lectura el título de un texto. De hecho, más de una vez me pregunté si no sería mejor atribuir los títulos de algunas obras a otras distintas, si por ejemplo Pulgarcito no se leería con más entusiasmo de llamarse Abaddón el Exterminador, si Platero y yo no ganaría un poco de necesario suspenso si lo rebautizáramos La bestia debe morir. Creo que algo similar habrá pasado en la redacción de El País para que la lista que publicaron el 30 de septiembre pasado se titule “Traducciones canónicas”.Alguien simplemente le habrá puesto el título que menos se parecía al contenido, a lo mejor tomado de un artículo diferente, para que uno lo lea con la perplejidad y la intriga que generaría cualquier policial posmoderno.

En mi caso, lo primero que pensé es que para celebrar el Día del Traductor, ACEtt (la Sección Autónoma de Traductores de Libros de la Asociación Colegial de Escritores de España) había facilitado a El País una lista de veinte traducciones canonizadas, es decir, según supuse, veinte traducciones al castellano que por diversas razones habían perdurado en el tiempo, habían ejercido una influencia y una admiración patente en sus lectores, y merecían descubrirse o redescubrirse. La idea es buena. Recordé el Pessoa de Paz, el Henry James de Bianco, el Joyce de Subirat. O experimentos enormes, como el Shakespeare multilatino tramado por Marcelo Cohen, o más pequeños y secretos, como la Daisy Ashford de Aira. Incluso me imaginé que la lista podría tocar el tema de las traducciones que pasan al canon del idioma de llegada aunque sus originales queden en la periferia, como Las palmeras salvajes en traducción de Borges, quizá el libro por antonomasia de Faulkner en América latina y una obra relativamente menor para sus lectores anglófonos.

Miré la lista por encima. No figuraba ninguna de esas traducciones, ninguno de esos traductores. Supuse entonces que el foco estaría puesto en traducciones ejemplares pero recientes, poco conocidas. Sentí curiosidad. Me gustó la idea de considerar canónicos a traductores vivos y desconocidos, como si viviéramos rodeados de clásicos, como si no pudiéramos sacar el auto sin correr el riesgo de atropellar a una leyenda. Algo, sin embargo, me empezó a inquietar a medida que leía las distintas entradas. Más allá de los cumplidos obligados, intercambiables y quizá adivinatorios (“gran dominio del español”, “muy buen criterio”), de los satisfechos elogios a la docilidad y la invisibilidad (“accesible”, “sin apenas notas”), y hasta las incursiones en el misticismo ucrónico (“la sensación de que Jane Austen habría escrito así de saber nuestro idioma”), poco a poco uno me iba topando con frases como esta, sobre Bilbao-New York-Bilbao: “Que sea Premio Nacional de Narrativa incluso traducido debería ser garantía de calidad de esta conmovedora historia”.

¿Cómo “incluso traducido”? Dejando de lado la enternecedora hipótesis de que un libro debe ser bueno porque ganó un premio nacional, ¿cuál es la idea? ¿“Es tan bueno el libro quese deja leer a pesar de estar traducido”? Toda la lista muestra la misma afición casi atlética a escribir con los pies, a calumniar con una sonrisa perdida lo mismo que dice reivindicar. “Una de las pocas veces en las que la novela negra ha sido traducida sin copiar los giros importados del cine” se lee en otra parte, como quien dijera “Sorprende encontrar una traducción tan poco tilinga”. A veces el elogio es apenas una conjetura: “El español de Orzeszek hace pensar que es posible disfrutar de Kapuściński sin perderse nada del original”. (Me imagino un primer borrador, todavía más borgeano: “que acaso no es imposible disfrutar…”).En otras, el tono ya es directamente perdonavidas: “la traducción de Fernando Gutiérrez [es] quizá algo literal o encorsetada en ocasiones, pero válida”. Si los que redactaron esta lista fueran del Ministerio de Turismo español, con toda probabilidad se les ocurrirían eslóganes como “Visite Sevilla, ni siquiera parece España”, o “Conozca Bilbao: que la haya premiado la Academia Sueca debería ser garantía de calidad, incluso si está llena de vascos”.

Por supuesto, es perfectamente válido sostener que la traducción en sí es un mal necesario, una condena, un castigo. Dios parece opinar lo mismo en el Antiguo Testamento, y mucha gente todavía tiene la mejor opinión de Él. Sin embargo, no sé si es la actitudmás coherente o sagaz para un grupo que dice defender a los traductores, en un artículo que quiere celebrar la traducción y fomentar su lectura. Siento que si ACEtt vendiera jamón y lo publicitara en El País, encontraría la manera de citar el Levítico.

Como fuere, “traducciones canónicas” no podía referirse, como había pensado, a traducciones canonizadas, canonizables, ejemplares. Después de todo, incluía explícitamente hasta las encorsetadas, las apenas válidas, lo peor es nada. ¿Qué podía significar, entonces? Como en la lista aparecen Nabokov, Flaubert, Dante, Homero, Woolf, Austen, por un segundo pensé que “traducciones canónicas”quería decir “traducciones de obras del canon”. Clásicos traducidos, digamos. Volví a leer la lista. De nuevo, algo no cuadraba. Admito que es posible que, dentro de varios siglos, nuestros descendientes se consuelen de su cruel mundo postapocalíptico aprendiendo y recitando de memoria pasajes de Mi padre es mujer de la limpieza, o tallando largas tesis de doctorado en la ladera de alguna montaña sobre Jules, “un cómic de personajes medio chiflados y divertidos”. Pero nada parece indicar que la lista pretenda que esos dos títulos, ni otros similares que también incluye, sean clásicos ni siquiera en potencia.

Miré con más atención. De las veinte obras originales listadas, solo ocho son previas a 1950. Siete son del siglo XXI. Por lo demás, todas las traducciones se publicaron en España y, salvo contadas excepciones,en los últimos años. De los veintiún traductores, dieciocho presentan al menos la mayoría de los síntomas asociados con estar vivo. Todos, salvo Ricardo Pochtar y Celia Filipetto (argentinos, pero que residen en España desde hace mucho), son españoles. Cuando me di cuenta deduje, como sugerí al principio, que tal vez lo de “canónicas”, lo haya aportado de formainconsultay petardera El País.Porque si uno saca el título,esta listase reduceclara y humildemente a una veintena de obras que ciertos miembros anónimos de ACEtt afirman haber disfrutado en algún momento, al parecer a pesar de estar traducidas, y por ellos mismos.

En cualquier caso, es apenas una suposición. Lo que me gustaría es que los autores de la lista salieran a defenderla, o por lo menos a aclarar el misterio. ¿Por qué omitieron olímpicamente toda traducción latinoamericana? ¿Qué quieren decir con “traducciones canónicas”? ¿Quién decidió incluir esas traducciones, quién (o qué) redactó esas entradas? Lo pregunto de pura curiosidad, con ganas de saber. Entretanto, es la ocasión perfecta para ir armando, menos en espíritu de recomendación comercial o de reproche que recopilatorio y enciclopédico, esa enorme obra futura y que todavía falta, un verdadero Diccionario de traducciones al castellano. El título, claro está, puede discutirse.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Una versión española del canon (9)

Yolanda Morató (Huelva, 1976) es poeta y Licenciada en Filología Inglesa y en Filología Hispánica por las Universidades de Huelva y Sevilla, respectivamente, Máster en Traducción e Interculturalidad por la Universidad de Sevilla, Máster “Modern Literatures in English” por el Birkbeck College (University of London) y Doctora en Filología por la Universidad de Sevilla, donde obtuvo el Premio Extraordinario de Doctorado con una edición y traducción del libro inglés de vanguardia El dibujo del califa (1919), de Wyndham Lewis. Ha sido profesora de lenguas extranjeras, civilización y literatura en SUP EUROPE y ESITC (Francia), así como en Harvard y MIT (EE UU) y en el departamento de Filología y  Traducción de la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla, España). Traductora de autores como Rebecca West, José María Blanco White, Martin Amis y Wyndham Lewis (del inglés), y de Maurice Barrès, Francis Carco y Manuel Chaves Nogales (del francés) entre otros, ha traducido y anotado Me acuerdo, de Georges Perec (Córdoba, Berenice, 2006) por el que ganó el premio de Traducción Tormenta en 2006. Por la autobiografía de Wyndham Lewis recibió el premio AEDEAN en 2008. Recientemente ha publicado una edición inédita con traducción de los artículos autobiográficos de F. Scott Fitzgerald, tal como éste se los planteó a Max Perkins, con el título Mi ciudad perdida. Ensayos autobiográficos. Su primer libro de poemas se llama Nadie vendrá a salvarnos (2016).

El triste binomio de nuestros días

Si algo distingue al canon es que consigue entrar en nosotros antes de que nosotros entremos en él. Se cuela y nos marca en esos momentos en los que todo queda grabado a fuego, pues los primeros libros, nuestras lecturas de iniciación al mundo literario, serán, con toda seguridad, parte de nuestro patrimonio inquebrantable. Esa es su principal fuerza: como se nos presenta cuando somos jóvenes, se las ingenia para quedarse entre nosotros por muchas lecturas que le echemos encima.

Para alguien que creció en la época dorada de la colección de Alianza de bolsillo en España, con aquellas simbólicas cubiertas de Daniel Gil, le será difícil olvidar traducciones canónicas que, a pesar de todo lo que hicieron –no sólo por traernos a nuestra lengua las historias que narraban, sino a los propios autores–, no asoman ya estos días. Cantaba Santiago Auserón “Annabel Lee” en un vídeo clip que repetían los sábados por la mañana en el programa La Bola de Cristal, con Alaska, una mexicana que le puso banda sonora a la movida madrileña, cuando me compré los Cuentos de Poe, traducidos por Julio Cortázar

En una tienda de Brighton me había agenciado por una libra los poemas de Emily Dickinson, que compré más tarde en la edición anotada de Silvina Ocampo que había sacado Tusquets. Y pronto estaba ya devorando las páginas de Lolita, de Nabokov, en la edición de Anagrama, obra de Enrique Tejedor y que no era otro que Enrique Pezzoni. Ahora que hago este ejercicio mental me doy cuenta de que accedí a las letras en lengua inglesa gracias a la traducción de tres argentinos que publicaron en tres grandes grupos editoriales con sede en España.

Lo que leo en estos días me recuerda a esa cita de Robert Louis Stevenson: “I've a grand memory for forgetting”, que tan apropiada parece aquí. No solo se han olvidado de grandes traductores, hombres y mujeres, que dedicaron sus vidas –sin traducciones anteriores, ni foros, ni Google– a acercarnos a autores que una gran parte del público desconocía, sino que, como sucede en el caso de Pezzoni, han sido suplantados por versiones que, añadiendo aquí y allá, se presentan como novedosas y definitivas, sin ser ni lo uno ni lo otro. La retraducción, ese concepto que tantas veces se pasea con burla por delante de la Ley de Propiedad Intelectual, y el olvido: el triste binomio de nuestros días.